Semanario de Prensa Libre • No. 138 • 25 de Febrero de 2007

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En primera persona

Mi abuelo merece mucho
Trabajó toda su vida, y ahora el IGSS no le da nada

Mi infancia la viví en casa de mis abuelos maternos. Mi abuelo, Juan Carranza, me llevaba a todos lados. Íbamos al campo o a su trabajo; era albañil. Me contaba que empezó a trabajar a los 16 años en instituciones que todo el tiempo le descontaron de su sueldo el pago del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS).

Pasaron los años y mi abuelo ya no es el mismo hombre, se hizo viejo. Como él me acompañó en mi niñez, ahora yo lo hago; y siempre lo llevo a sus citas en el IGSS; pero este lugar se ha vuelto un cáncer. Cada vez que llegamos hay que esperar horas, hemos vivido las interminables citas. En el carné escriben que a las 11 horas lo recibirán, pero lo hacen tres horas más tarde. Al llegar, una secretaria atiende de mal modo y las enfermeras tratan mal a los ancianos. Además, para recibir la medicina hay que hacer otra cola de dos horas, y al final dicen que no hay de ese medicamento. Esto es lo que ha hecho el IGSS por mi abuelo.

Lo más doloroso fue el trámite de su jubilación. Empezó por juntar toda la papelería que le pidieron; a los seis meses de haber presentado su expediente, llegó una trabajadora social a la casa, ha decirle que faltaba poco para obtener la compensación a la que tiene derecho. Mas no fue así. Pasaron otros seis meses y nada, y cuando preguntábamos por el caso nos respondían que estaba en trámite. Después de un año de averiguaciones, nos dieron una cita con una licenciada, quien dijo que el caso de mi abuelo no procedía, pues hacían falta cuotas por pagar, pero agregó que esas contribuciones estaban en los archivos y las buscarían. Así estuvimos otro año, hasta que al fin tuvo resolución; pensamos que sería positiva, pero no fue así, por el problema de las cuotas, porque no eran suficientes para jubilarse?

Recuerdo la expresión de mi abuelo al oír la decisión. Se le salieron las lágrimas; tres años de lucha, de interminable espera y colas, que no sirvieron para nada. Mi abuelo trabajó toda su vida para nada. ¿Cómo es posible que una institución que ayuda al trabajador no le dé lo que por ley merece.

Tanto él como yo luchamos todavía para que algún día le entreguen la jubilación. Lo más triste es que no sé si vaya a disfrutar de lo que tiene derecho por haber trabajado toda su vida.

Carlos Lechuz Ochoa


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