Semanario de Prensa Libre • No. 156• 01 de Julio de 2007

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En primera persona

El dolor de perder a un hijo
René era buen hermano, amigo, tío, padre

Era maestra rural en lugares lejanos de la capital, caminábamos mucho para llegar a la escuela. Pasábamos ríos y cruzábamos montañas para acortar el camino, como madre sola con cuatro hijos la vida era dura.

El más pequeño de ellos, René, tenía en ese tiempo dos años. Él siempre fue mi compañía, pues los más grandes estudiaban. En nuestro largo caminar surgían pláticas; me decía que cuando fuera grande yo ya no trabajaría, me compraría una casa, un carro y me llevaría de viaje.

Mi querido hijo creció, estudió en el colegio Loyola y en el San José de los Infantes. Después fue a la Universidad de San Carlos, se integró a la estudiantina a que siempre amó. Tenía una linda voz, tocaba piano, guitarra y cualquier otro instrumento musical. Al convertirse en profesional, a pesar de ser joven, tenía una gran personalidad; exitoso en su trabajo y un buen empresario. Me jubilé y cumplió su promesa: me compró mi casa, la amuebló, tuve carro y viajé. Me dio mucho amor y me regaló flores en cada ocasión.

Mi hijo era especial, buen hermano, amigo, tío, excelente esposo y padre. Ayudó a muchas personas. Ojalá que quienes quedaron en deuda le paguen a su familia. Caso contrario, su conciencia será su testigo.
René fue bueno y confiado, no veía mal en nadie; admitió la figura de un “amigo” en su casa, éste comía los tres tiempos y después mordió la mano de quien le ayudó como lo hacen los perros. Yo le llamaría “La traición de Judas”.

No sé si por esto o por alguna otra razón, mi hijo dos meses antes de su muerte entró en un estado de tristeza, pero a pesar de eso siguió en su trabajo y cumplió con sus obligaciones.

Mi hijo murió hace cuatro meses; Dios quiso llevárselo al cielo. Padeció una enfermedad repentina, o tal vez yo la ignoraba. La llamada a mi casa fue terrible, pues un día antes almorzamos. Cómo pensar que horas después estaría muerto.

Quedé paralizada; no lloré, no grité, estaba como anestesiada, caí en la incredulidad, tuve una reacción rara, no me moví. Llamé a alguien tranquilamente, se me hizo largo el camino de mi casa a la de mi hijo, pues vivíamos retirados. Al llegar vi gente llorando y oí a mi hija gritar. Entré sin ver ni oír nada. Sentía el cuerpo dormido, a sabiendas que adentro mi hijo estaba muerto. Simplemente me negué a aceptar lo sucedido. Ahora el dolor es inaguantable; no hay amigos, familiares, sacerdotes o psicólogos que puedan ayudarme.

Los muchachos de la estudiantina lo despidieron con bellas melodías y cantaron Un tuno que hoy se va. Las muchas personas presentes le demostraron su cariño a René al derramar sus lágrimas. Mi tristeza es profunda, siento un gran desamparo, tengo mucho dolor en mi corazón. Llego a su tumba y lloro, no con lágrimas de sangre, sino con torrentes de angustia. El Día de la Madre esperé su llamada, como no llegó, corrí en su búsqueda; con él lloré y regué mi llanto de norte a sur. Oí a mi hijo decir, “mamá, ¡feliz Día de la Madre!”, yo le dije, feliz día hijo, con la Virgen María allá en el cielo. Te quiero mucho hijo querido, Dios me ayudará…

Tu mamá,
Zoila Delia López Gutiérrez,
profesora de Educación Musical


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