Semanario de Prensa Libre • No. 158• 15 de Julio de 2007

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D fondo

Personajes que el habla
convirtió en leyenda
Las historias de Tío Chema, Don Chebo, Tatalapo o
los huitecos han pasado de generación en generación

Por Julieta Sandoval
Ilustraciones: Ángel García

Sus nombres son sinónimo de historias, cuentos o anécdotas populares, por lo que al escucharlos parecen tan familiares como que fueran nuestros tíos o vecinos.

Mas estos personajes, que son parte de la tradición guatemalteca y que muchos consideran imaginarios, fueron hombres de carne y hueso que caminaron un día por alguna calle del país, tuvieron familia, casa y trabajo. Pero su forma de ser, o un rasgo muy particular, los hizo quedarse en la memoria de aquellos que los conocieron, y fueron éstos por medio de la tradición oral, los que se encargaron de inmortalizarlos.

“Son parte del anecdotario tradicional”, dice el historiador Celso Lara. Existieron y tuvieron una vida. “Ellos se han perpetuado al igual que las leyendas, porque se fundamentan en los consejos y las moralejas que dejan”, comenta.

Contar relatos extraordinarios que sucedieron en un tiempo y lugar específico, pero agregando detalles a veces imaginarios, ha sido común, en especial antes de la entrada de la radiodifusión en Guatemala (1929). En ese entonces era frecuente que se hicieran reuniones o tertulias familiares o de amigos, a manera de entretenimiento, y de ahí surgieron muchas de estas celebridades. “Quizá ahora, por la globalización y la tecnología, han perdido fuerza, pero eso no significa que desaparezcan de la tradición”, indica Lara. Ellos seguirán ahí, siempre se les recordará, aunque hayan vivido hace décadas.

Ocurrencias de Don Chebo

Es común escuchar anécdotas protagonizadas por Don Chebo, sobre todo aquellas que tienen por objetivo demostrar el comportamiento tonto del personaje. Éste ya es parte del vocabulario guatemalteco, como sinónimo de ingenuo, bobo o ignorante.

Don Chebo existió. Era don Eusebio Ibarra, un hombre acaudalado y muy reconocido que vivió en Quetzaltenango. Entre sus propiedades que aún se conocen está una edificación que hizo para un teatro llamado Ibarra; debido a que no funcionó la convirtió en su casa, ahora es la prisión de mujeres. La Policía Nacional Civil ocupa otra de sus viviendas.

¿Por qué Don Chebo? El historiador Horacio Cabezas dice que fue una figurada creada, a principios del siglo XX, para ridiculizar a Eusebio Ibarra, quien a pesar de ser adinerado era ingenuo; de ahí surgen los chascarrillos. En la ciudad altense se dice que su apelativo se originó porque éste heredó en vida todas sus propiedades a sus tres hijos. Al preguntarle la razón, simplemente respondía: “Por Chebo”. Tal es su fama que han publicado algunos documentos como Aventuras de don Chebo, (Marcela Valdeavellano, Editorial Piedra Santa), en la cual relata que una vez Don Chebo salió a vender su caballo, pero, en el camino, creyendo que hacía un gran negocio, lo cambió por una vaca; más adelante cambió a la vaca por una cabra vieja; después, a la cabra por un coche flaco; luego a éste por un chompipe con piojillo; de ahí, al chompipe por una gallina, y a la gallina por un cesto de manzanas podridas que le llevó a su mujer, quien se puso feliz, porque no tenía dientes y podría comer manzanas muy suaves.

El historiador e investigador quetzalteco Francisco Cajas Ovando lo describe como un hombre de 1.70 metros, aproximadamente, complexión delgada y con mucha clase.

Siempre vestía traje de casimir y sombrero. Usaba un bigote propio de su época.
La inscripción en su tumba, en el cementerio de Quetzaltenango, es difícil de leer, pero todos saben que ahí descansan los restos de Don Chebo.

Con información de Carlos Benigno Loarca.

Las historias de Tío Chema

“Yo sí puedo llamarlo Tío Chema, porque en verdad lo era”, cuenta don Salvador Orellana, hijo del primo hermano de José María Orellana, más conocido como Tío Chema, nacido en Estanzuela.

En su casa de Zacapa, el sobrino de esta figura guatemalteca recuerda a su familiar, y explica el porqué de su reconocimiento nacional y perpetuidad a través del tiempo.

Un hombre alto, blanco y fuerte. Siempre fumaba puro y descansaba en su hamaca, algo común en oriente. Una persona muy franca, a quien no le gustaba la hipocresía. Un día (Carlos) Arana —presidente de 1970 a 1974— vino a su casa con el gabinete de gobierno, y le dijo: “Vengo a tomarme un trago con usted”. Entonces puso en la mesa las botellas que había llevado. Pero Tío Chema sacó otro licor y comentó: “Vamos a tomar, pero del pagado, no del hueviado”. “Esa era la forma de ser de mi tío, por eso se distinguió y fue muy querido en todo el departamento”, dice Salvador, quien tiene 70 años.

José María Orellana vivía a la orilla del río Motagua, cerca del kilómetro 145. Era una de esas casas típicas del área rural, con paredes anchas y de barro. Al llegar al lugar y preguntar por el terreno de Tío Chema, cualquiera sabe dónde está, pero la vivienda es sólo un recuerdo, pues el Mitch y el Stan la derribaron.

Otras figuras

En Guatemala existen muchos personajes anecdóticos que fueron reales

Tiburcio Estrada fue un comediante y empresario teatral conocido como Tata Bucho. Se le considera uno de los precursores del teatro guatemalteco, dice el historiador Horacio Cabezas. Al representar a sus personajes lo hacía de manera simpática y especial, alteraba el texto por nerviosismo, dificultad de memoria o por tartamudo.
Roberto Isaac Barillas (1907-1968) fue un delincuente convicto, recluido en la Penitenciaría Central, allí se le conoció como Tata Dios, por el poder que adquirió durante su larga condena, al desempeñarse como encargado de vigilancia de otros presos, y era quien castigaba a los prisioneros, en especial a los de orden político, explica el historiador.

Otro fue Antonino Solares, su sobrenombre fue Tata Tonino. Un general, político conservador y comandante de Santa Rosa. Fue contemporáneo de Serapio Cruz, quien lo derrotó y lo hizo prisionero. Los cuerpos de los dos fueron mutilados después de su muerte.

Celso Lara también menciona a Juan Chapín y Pie de Lana, quienes aparecieron en el siglo XIX, en la ciudad y sus alrededores. El primero exaltaba al guatemalteco, creado por José Milla y Vidaurre (Salomé Jil).

El segundo fue una versión de Robin Hood, aquel que le robaba a los ricos para darle a los pobres. Dicen que vivió frente al Cerrito del Carmen y que enterraba el botín en una de las cuevas ubicadas bajo el puente Belice. “Èstos fueron creados por la tradición oral para darle sentido y unidad a la nueva ciudad”, comenta el historiador.

El llamado Tucurú fue un bandido que atemorizaba a los habitantes de la capital. Cuentan que un día, por huir de la Guardia Jocoteca, se escondió en la Iglesia de Candelaria, le quitó la ropa al Nazareno y se puso en su lugar, pero fue descubierto por los pies, capturado y llevado a prisión.

Aunque la mayoría han sido característicos del país, otros fueron tomados de historias extranjeras. Pedro Urdemales viene de Europa, “pero de tanto repetirse ya es casi propio de Guatemala”, indica Lara. Se le conoce como Pedro Tecomate, su particularidad era el engaño.

También se escucha de Tío Coyote y Tío Conejo, narraciones ficticias que han sido tomadas de otros lugares, a las que les han sido incluidas propiedades guatemaltecas.

En Argentina es Tío Zorro y Tío Quirquincho (el armadillo). En Venezuela es Tía Zorra y Tío Conejo. “Es de los cuentos más antiguos del mundo”, dice el antropólogo.

En los chistes de Velorio

Velorio (Rafael Hernández) ha incluido a Tío Chema en su espectáculo desde 1973. En una entrevista que le hicieron en radio Fabulosa descubrió la riqueza del personaje cuando uno de los trabajadores de la emisora le contó unas anécdotas que después grabó. Tuvo tal aceptación que le dijeron que hiciera otras sobre esta figura. “En algunas presentaciones se acercan personas que me dicen ser familiares de aquella celebridad”, indica.
Para muchos Tío Chema caracteriza al hombre mayor de oriente que habla con comicidad, pero a la vez con sabiduría.

En los tiempos de Tatalapo

Este hombre que los libros de historia registran como un caudillo, y del que se cree nació en Sanguayabá, Palencia, pero sin determinarse la fecha, ha perdurado a través de los años por la frase tan célebre: “En los tiempos de Tatalapo”.

El día y año de su muerte sí se conocen, la noche del 23 de enero de 1870, por considerarse un hecho importante, ya que participó en una de las batallas libradas después de la Independencia.

Serapio Cruz fue asesinado al ser sorprendido, en Palencia, por fuerzas gubernamentales después de haberse levantado en contra del presidente Vicente Cerna (1865-1871). Los vencedores mutilaron su cuerpo y colgaron su cabeza en la ceiba de la plaza, después la trasladaron a la ciudad de Guatemala donde la pasearon como trofeo de guerra. En el Museo Nacional de Historia existen fotografías de él.

Cruz fue mariscal de la época, que se le conoció como Tatalapo. El historiador Miguel Álvarez explica que se le miraba como superior, y en ese entonces quienes tenían alta jerarquía eran llamados “Tata” por los subalternos. Pero la frase: “En los tiempos de Tatalapo” corresponde a que su vida y muerte marcaron algo importante en la sociedad de esos años. Ella resumía todo lo ocurrido, pero después ya no sólo se refería a esa época, sino llegó a tener el significado de tiempos lejanos. Así, se emplea cuando, por ejemplo se dice: “Tú eres del tiempo de Tatalapo”, lo cual denota que es una persona mayor.

Pero Tatalapo no siempre estuvo en contra del régimen, ya que durante la Guerra Nacional, para desalojar a los filibusteros de Nicaragua, fue nombrado jefe de columna. En 1848 se levantó en apoyo de la Independencia del Estado de Los Altos, y fue vencido por Rafael Carrera. Después volvió a levantar las armas, esta vez en Sanarate y de ahí su derrota, refiere el Diccionario Histórico Biográfico de Guatemala, de la Asociación Amigos del País.

La gracia e ingenio de los huitecos

“Nosotros no contamos chistes”, dice don David Portillo, huiteco cien por ciento, quien además es integrante de la Asociación Zacapaneca de Contadores de Cuentos (Azca). Les ha molestado que los consideren “casi unos payasos”. Pero ese humor especial que tienen para responder de una forma oportuna es el culpable de que se les considere unas personas divertidas.

“Una vez llegué a un consultorio médico y la secretaria me preguntó de dónde era originario, al contestarle que de Huité, me dijo: Entonces cuénteme un chiste; eso molesta”, explica. Los huitecos se divierten en sus reuniones, cuando hablan de anécdotas que les han sucedido a ellos o a sus vecinos, pero alguien de fuera no lo entendería, porque no conoce el contexto, como el del “italiano con suerte”. Se le llamó así a un italiano que, pese al nombre que tenía (Pascuale) se casó con una mujer zacapaneca, bonita y con dinero. “Todos pensamos que se hubiera cambiado el nombre antes de venir aquí”, dice don David, que grabó la historia en un disco, al igual que otras.

El mote de los huitecos como “tontos” es muy conocido, algo que ellos no aceptan. Es así como Huité ha entrado en el esquema de la nación, pero no como el ejemplo a seguir, sino como un paria, un excluido, por no entender la modernidad y por ser muy rural; así se les describe en los chistes, según el estudio Mayanización y Vida Cotidiana —La ideología y el discurso multicultural en la sociedad guatemalteca—, de Felipe Girón, de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales y Cirma.

Esa característica ha servido para darles fama a nivel nacional y hasta traspasar fronteras, en especial con montajes de teatro. Jairon Salguero, productor y actor en este género, fue el primero en utilizar a los huitecos en representaciones. “Mis padres son de Zacapa, y tengo familiares en Huité; crecí oyendo lo que la gente de allá hablaba, pues tienen el chiste en la punta de la lengua”. Dos huitecos en Nueva York se llamó el espectáculo de 1998; después de éste ha aparecido una gran cantidad de tramas jocosas con estos singulares personajes, refiere.


   

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