Historias australes
Los confines del sur del mundo han sido una extraordinaria fuente
de inspiración para la literatura.
Sébastien Perrot-Minnot
El sueño no me venía, bajo la obsesión de inquietantes pensamientos de mi imaginación”, confiesa, al entrar a las comarcas antárticas, el señor Joerling, uno de los protagonistas de La Esfinge de los hielos, de Julio Verne (1897).
El continente y las islas australes, sometidas a un frío extremo, desoladas, batidas por los vientos, rodeadas por violentas corrientes oceánicas, intrigaron y fascinaron a varios notables escritores. Éstos, aunque no dejaron su huella en la inmaculada nieve de los sureños confines del planeta, tuvieron una inspiración que les permitió obsequiar a la humanidad un inmortal legado literario.

Un naufragio en la Antártica… Ilustración de la edición original de La Esfinge de los hielos, de Julio Verne (1897). |
Sus historias parecen adherir a las de los verdaderos exploradores, que estuvieron a veces, en sus escritos, en el límite entre la observación científica y las divagaciones de la imaginación.
Entre los primeros exploradores destaca el capitán inglés James Cook, quien se acercó de la Antártica en 1773 y divisó varias montañas de hielo que se perdían en la niebla. No obstante, Cook descartó la existencia de un continente.
Entre 1819 y 1824, otro intrépido marino británico, James Weddell, zarpó hacia las islas australes, interesado por cazar focas y lobos marinos. Llegó a pocas millas de las costas de la Antártica, pero cansado de no percibir tierra alguna en estas aguas situadas muy al sur, conjeturó que el “mar abierto” continuaba hasta el polo, y se rehusó a seguir. Las extraordinarias aventuras de Weddell, publicadas en 1825, impresionaron a generaciones de novelistas…
En 1840, una expedición francesa dirigida por Jules Dumont d’Urville descubrió finalmente el vasto continente antártico, aunque el polo no fue conquistado hasta en 1911, por el explorador noruego Roald Amundsen.
Los estadounidenses Edgar Allan Poe (1809-1849) y Howard Phillips Lovecraft (1890-1937) y los franceses Julio Verne (1828-1905) y René Barjavel (1911-1985) son algunos de los grandes escritores cuya imaginación recorrió las inquietantes tierras australes. En La Esfinge de los hielos, Verne se atrevió a inventar una continuación de las Aventuras de Arthur Gordon Pym de Poe (1838), a quien el autor francés veía como “el más prodigioso escritor de América”.
En todas estas obras se expresan preocupaciones científicas, a la vez que una mezcla de poderosos sentimientos y audaces visiones. Antes que todo, la Antártica y sus islas son el territorio de la soledad. Arthur Pym compara las lúgubres regiones con “Babilonia en ruina”, mientras que los personajes de La Esfinge de los hielos comprueban constantemente el carácter desolado, infértil e inhabitable de estos territorios. A tal punto que se puede tener la tentación de iniciar la conversación con los pingüinos… A lo largo del relato de Verne, las tierras australes albergan la desilusión y la decepción. En otra famosa obra maestra de este autor galo, Veinte mil leguas de viaje submarino (1869), el enigmático capitán Nemo, llegando al sur del globo a bordo del Nautilos, contempla allá tristes paisajes marcados por el volcanismo. En La noche de los tiempos de Barjavel (1968), la soledad golpea a las dos víctimas de un amor imposible, en una extinta civilización de la Antártica.
Breve bibliografía
> Entre los grandes literatos que se inspiraron en las inquietantes tierras australes se encuentran los estadounidenses Edgar Allan Poe (1809-1849) y Howard Phillips Lovecraft (1890-1937), y los franceses Julio Verne (1828-1905) y René Barjavel (1911-1985). Londres.
> Edgar Allan Poe (1809-1849) es el autor de las Aventuras de Arthur Gordon Pym, cuya intriga pasa en las misteriosas tierras australes. Su extraordinaria historia influenciaría a generaciones de escritores.
> Un naufragio en la Antártica es la narración en La Esfinge de los hielos, de Julio Verne (1828-1905).
> Las extraordinarias aventuras del intrépido marino británico James Weddell, publicadas en 1825, impresionaron a generaciones de novelistas. |
En las tierras australes se puede sentir, también, una atmósfera de misterio, que a veces da lugar a un profundo miedo. En La Esfinge de los hielos, la tripulación del barco Jane (del mismo nombre que uno de los buques de Weddell) en busca de náufragos, hace repetidamente frente a los “terrores de lo desconocido”, moviéndose “en medio de regiones que parecen fuera del campo terrestre”. El héroe de Robur El conquistador (1886), otra novela de Verne, sobrevuela, por su parte, dos volcanes de la Antártica, el Erebus y el Terror, no sin una intensa angustia ante la idea de caerse encima de estas puertas a las entrañas de la tierra. En Las montañas de la locura (1931) de Lovecraft, donde se reconocen influencias de Poe, el horror vivido por el narrador afectó hasta su salud mental.
El velo del misterio se levanta generalmente para descubrir la existencia de olvidadas civilizaciones. Los curiosos y crueles habitantes de la isla Tsalal, en la historia de Poe, fueron diezmados por terribles acontecimientos antes de la llegada de los héroes de La Esfinge, que sólo hallaron huesos. En Las montañas de la locura, una expedición científica encuentra, en medio de las heladas extensiones de la Antártica, las ruinas de una ciudad perdida. Y en la novela antes mencionada de Barjavel, un grupo de investigadores tiene la sorpresa de descubrir, a gran profundidad, los restos de una civilización de 900 mil años de antigüedad, un mundo utópico destruido por la irreprimible locura humana.
En realidad, sí hay ruinas en las austeras comarcas australes. Son los melancólicos remanentes dejados por los exploradores y el sinnúmero de anónimos pescadores y cazadores que, a veces más de un siglo atrás, se aventuraron a los confines del mundo para enriquecerse… pero que a menudo encontraron la decepción, el sufrimiento y la muerte, al cabo de una vida digna de un gran novela.
Hace apenas 10 años, el autor de ciencia ficción estadounidenses Kim Stanley Robinson publicó un libro titulado Antártica. La intriga, situada en un futuro cercano, tiene como tela de fondo las preocupantes amenazas al Tratado de la Antártica y la vital necesidad de preservar la belleza del continente austral. En esta novela considerada a veces como la mejor de Robinson, éste, al ejemplo de Poe, Verne, Lovecraft y Barjavel, demuestra un marcado interés por la historia de las exploraciones del continente blanco, que hoy permanece uno de los últimos “santuarios naturales” de nuestro planeta.
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