Semanario de Prensa Libre • No. 155• 24 de Junio de 2007

Portada | Archivo | Contacto | Directorio


   > Editorial
   > En primera persona
   > Cartas
   > D todo un poco
   > D frente
   > D educación
   > D portafolio
   > D tradición
   > D fondo
   > D ciudad
   > D mundo
   > D farándula
   > D viaje
   > Punto final

 


D frente

Roberto Díaz Gomar
Disfruto actuar de malo
La represión de las dictaduras militares hizo que se marchara a España, donde permaneció durante 20 años, lo cual le permitió participar en cine, teatro y series de televisión

Por Francisco Mauricio Martínez
Foto Carlos Sebastián

Roberto Díaz Gomar (1946) es uno de los referentes del teatro y cine guatemaltecos. Durante su prolífera vida ha participado en, aproximadamente, 32 películas, 40 series de televisión y 50 obras de teatro, tanto en España, donde vivió durante 20 años, como en esta tierra. Uno de los últimos filmes donde participó es VIP la otra casa (guatemalteco) el cual está por estrenarse y es dirigido por Elías Jiménez.
Durante su estadía en el país Ibérico (1978-1998) estudió cine y teatro. Trabajó como payaso de calle y circo. Participó en películas como Las edades de Lulú, dirigida por Bigas Luna y El día nunca por la tarde, de Julián Esteban Rivera. También lo hizo en la serie de televisión Este es mi barrio.

“El terror hizo que en Guatemala sólo sobreviviera el teatro de tracanada como le decían algunos, o sea el cómico e intrascendente y lo tenían que presentar a otra hora por
la violencia”.

¿Por qué se fue de Guatemala?

Cuando aumentó la represión por la brutal guerra nos tuvimos que ir casi todos, yo lo hice baleado, en 1978. Llegué a España donde había un auge, debido a que tres años antes había muerto (Francisco) Franco y su periodo de opresión terrible, por lo que entré en la etapa del destape de todas las corrientes. Mientras eso sucedía, en Guatemala empezaba una etapa de decadencia, debido a que daba miedo salir a las calles. Hacer teatro de denuncia no era posible, debido a la autocensura; habían baleado el Teatro de Arte Universitario (TAU), donde murieron varias personas y otras quedaron heridas.
Ese terror hizo que en Guatemala sólo sobreviviera el teatro de tracanada, como le decían algunos, o sea el cómico e intrascendente, y lo tenían que presentar a otra hora por la violencia. Las salas principiaron a quebrar y convertirse en otra cosa.

¿Cómo le fue en España?

Allá logré estudiar actuación y dirección en una academia. Empecé a hacer teatro en las casas y calles, sobre todo los domingos, y de eso vivía. Como era el mismo parque, teníamos que presentar algo diferente cada domingo, por lo que hacíamos un montaje de 10 minutos y lo demás era animación infantil y fue así como empecé a ingresar al mundo del circo, en el cual hice circo rico y pobre, y en varios pueblos me fui con los enanos.
Al terminar una etapa de dos años en Málaga (1983), regresé a Madrid y me propuse ingresar al cine y empecé a presentarme a casting para agencias de publicidad. Antes de dos meses tuve mi primera participación en el cine en Luces de Bohemia, que fue la primera película en la que participé como extra. Tuve suerte porque luego gané para hacer un anuncio, pero a los dos años me había quemado, porque no se sabía a qué empresa estaba anunciando, debido a que mi rostro lo habían utilizado mucho como actor tipo. Después entré a una película y a hacer televisión, y así fui aumentando mis escenas y cuando me di cuenta había aumentado mi producción.

¿Cuándo regresó al país?

En 1992. Vine a ver cómo estaba la situación y, con miedo, estuve durante 25 días. De repente me encontré con que salía una nueva película: El Silencio de Neto, de Luis Argueta y Justo Chang. La fui a ver y me emocionó tremendamente, era una película bien hecha, que presentaba el problema de los guatemaltecos. Seguí viniendo cada año y me establecí, nuevamente, el 17 de octubre 1998, a los 20 años exactos de haber salido del país.

¿Su producción le ha permitido vivir?

En España, sí; lo cual no quiere decir que sobreviviera maravillosamente. Cuando empecé, ganábamos el domingo para comer la semana, pagar la renta y la luz, pero también tenía otros trabajos. Con el cine tenía para vivir tres meses, pero también hubo momentos que sólo vivíamos con lo que nos daban las fiestas infantiles los sábados y domingos. Aquí en Guatemala se vive de las rentas, se tiene otro trabajo o se trabaja en el teatro de comedia, aunque en el cine ya están empezando a pagar bien.

¿Cuál considera que ha sido su mejor etapa?

Creo que no ha sucedido. Tengo muchas ganas de seguir trabajando y en estos días estoy leyendo un guión de un proyecto. Creo que vienen mejores tiempos.

¿Y lo peor que le ha pasado?

Toda etapa ha tenido su momento álgido y durante el conflicto armado, por ejemplo, sucedieron cosas insólitas como una vez que estábamos presentando Quincho Barrilete en un asentamiento de la capital y llegó una patrulla del Ejército, por lo que tuvimos que salir corriendo. El Festival de Teatro en Costa Rica también fue un gran riesgo, porque presentamos la obra Los Desaparecidos (caso real), la cual nunca se escenificó en Guatemala.

¿Qué papel le gusta más hacer: de bueno o de malo?

Depende de los personajes, pero lo que más me ha gustado hacer es el de malo; me encanta. Le dan más posibilidades. En una versión cubana de Medea hice un personaje que era retorcido, hacía brujerías y entraba en trance y, además, cantaba mal y bailaba.

¿Disfruta ser el villano?

Disfruto actuar, llega un momento en que uno vive la vida del personaje en el escenario, lo cual es muy sabroso cuando se da.

Inicios

> En Escuintla, donde nací (1946), tenía acceso gratis al cine debido a que el local era de mis padres y lo alquilaban. Ahí daban diferente película cada día, por lo que entraba en la tarde y por la noche, lo cual me deslumbró. La primera vez que actué tenía 4 años y fue en el kiosco del parque. A partir de ahí me quedó fijado que quería ser actor de cine, aunque al inicio fui de teatro. A pesar de que me gradué de abogado, siempre estuve haciendo teatro. Empecé en la escuela primaria, luego en el Liceo Javier, donde presentamos dos obras, y en la Universidad de San Carlos formé parte del grupo de teatro de Derecho. Actuamos en el Teatro de Arte Universitario, que en aquel tiempo era muy activo, debido a que cada una de las facultades tenía su grupo teatral y hacíamos festivales que organizaba la Universidad Popular y Rubén Morales Monroy. También participamos en el Festival Centroamericano de Cultura en Costa Rica, donde ganamos todos los premios, entre éstos, el de mejor dirección ( 1971), el cual me correspondió.

¿Con qué personaje se ha identificado más?

Difícil mencionar uno en especial. Hice el papel de un padre que buscaba a su hijo desaparecido durante el conflicto armado, para lo cual caminaba entre el público con la foto de la víctima. Con ese me identifique mucho y la foto que utilizaba era la de un amigo que había desaparecido por la guerra y que después apareció y murió de bolo: era un gran amigo poeta. Utilicé la foto y mi vivencia para construir ese personaje. La obra se llamaba Así se compone un son, la cual estaba inspirada en los textos Los desaparecidos y Pedro Navaja de Rubén Blades. Ese personaje sí me movió mucho y tuve cuidado de no meterme mucho para no dañarme psicológicamente.

De todos los personajes que ha interpretado, ¿cuál le hubiera gustado ser en la vida real?

Ninguno; estoy contento con ser yo. Hay un personaje tirano en la obra El canciller cadejo, de Manuel Galich. Éste me fascinaba, pero era el tirano, el ogro; siempre me gustaba para actuar, pero para la vida real es mejor dejar durmiendo al personaje después de la obra y uno regresar a la vida.

Después de interpretar tantas personalidades, ¿cómo se define usted?

Es difícil decirlo. Creo que soy una persona que trata de estudiar el tema, me gusta ser muy riguroso con el estudio de los personajes, porque no soy de los que les gusta andar improvisando. Soy un actor fácil, o intento serlo. El problema es que puedo ser muy temperamental, casi violento, pero eso cada vez es menos debido a la madurez que he ido adquiriendo. Me dedico a estudiar mucho lo que hago, porque tanto el teatro como el cine constantemente están en evolución, porque en el momento que dejamos de transformarnos, empezamos a irnos para atrás.

¿Su formación teatral le ha sido útil en su vida cotidiana?

Procuro que no sea así, porque con tantos personajes que hecho estaría todo deformado y no sabría ni cómo se camina; trato de que no afecten para nada mi vida. Se puede utilizar pero no es una cosa recurrente. Tengo un compañero que lo capturaron durante el conflicto armado, lo torturaron y lo dejaron sordo; pero logró salir vivo debido a los ejercicios de teatro que había hecho en una obra. Fue jugando con los que lo estaban torturando y logró salir adelante porque supo manejar a los torturadores. Sólo ese caso conozco de manera muy directa. Esta persona vive en Francia y hace teatro de otra forma.

¿Qué personajes le quedan por hacer?

Montones. Ahora me ofrecieron uno que me gusta mucho. Es un viejo abogado que ha peleado toda su vida por la justicia y hasta se peleó con los de la Revolución. Ese personaje me encanta y es muy real en Guatemala.

Y en su vida, ¿con qué no está satisfecho?

Quizá me debería meter a dirigir, porque lo he hecho con cortometrajes, pero no con una película. Esa era una de mis metas, pero me he ido quedando porque me sale mucho trabajo, entonces me voy más en los proyectos de los demás que en los míos y creo que debo ponerle más tiempo a esto.

Al final, ¿la vida es un teatro?

Puede ser; también se dice que La vida es sueño (obra de teatro de Pedro Calderón de la Barca). Yo siento que la vida es la obra más grande que logramos hacer durante el tiempo que vivimos. Lo que hacemos constantemente es lo que está dotando de vida a la vida y no siempre nos damos cuenta para disfrutar lo que estamos viviendo.


   

© Copyright 2004 Prensa Libre. Derechos Reservados.
Se prohibe la reproducción total o parcial de este sitio web sin autorización de Prensa Libre.

www.prensalibre.com