Semanario de Prensa Libre • No. 155• 24 de Junio de 2007

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En primera persona

Sobre un exorcismo
Urge reflexionar. Urge purificar nuestra fe

Cabe suponer que el título de este artículo llame la atención a más de uno. Aunque en los tiempos que corren —quién sabe— quizá no tanto. A ningún cristiano que tenga la cabeza en su sitio se le ocurre, ni de broma, pretender algún tipo de comunicación con Satanás.

La imagen no corresponde a un exorcismo, únicamente ilustra esta nota y pertenece a una tradicional “Quema del diablo” en Antigua Guatemala.

Es obligado reconocer, sin embargo, que no todos, ni mucho menos, tienen ese buen y elemental sentido. Sé que no revelo ningún secreto al afirmar que en esta nuestra querida tierra centroamericana hay un número relativamente alto de cristianos (al menos bautizados están) que, ya sea por su ignorancia religiosa unos, ya por una audacia temeraria otros, o quizá por una extraña mezcla de ambas cosas, buscan la manera de entrar en contacto con el morador del infierno. El episodio que paso a contar —y podría contarlos por docenas— ha tenido lugar hace pocos meses e invita a la reflexión. Los datos hablan por sí solos, ante todo para los católicos.

Se trata del caso de posesión diabólica de una mujer joven, de treinta y pico de años. En las cuatro o cinco primeras sesiones de exorcismo destacó la locuacidad del diablo, así como un continuo lloriqueo, debido al sufrimiento que le causan los exorcismos. Ya en la primera sesión se refirió a un tío abuelo de la “enferma”, del que dijo que se la había ofrecido a él antes de nacer; que hizo un pacto con él; que ya estaba con él (desde que murió, lógicamente) “en el cuarto infierno”.

A la pregunta que se le hizo acerca de su nombre, dijo llamarse Belzebú. Y, sin que se le preguntara, no tuvo inconveniente alguno en confesar —ya que presume de ello—, que está metido en personas que consumen drogas, alcohol y ejercen la prostitución. (No parece que esto haya que interpretarlo en el sentido fuerte de la expresión, a saber: que todas ellas sean posesas; si bien no sería de extrañar que algunas de ellas lo estén).

Como el exorcista le presionaba el pecho con una pequeña cruz, no ocultaba su sufrimiento: —Me presionas con esa cruz, con la que me venció en la Cruz. Esa cruz me lastima (...) Esa cruz no la puedo ver: es mi martirio.

En la segunda sesión —tres semanas después—, comenzar las letanías de los santos y empezar a manifestarse fue todo. Arrancó a hablar con calificativos insultantes a Jesús y a María. El exorcista, en latín, insta imperativamente al espíritu inmundo a que salga de ese cuerpo.

Para qué seguir. Creo que es más que suficiente. Más de 30 años lleva Satanás metido en ese cuerpo, y aún sigue, aunque ya con menos fuerza, como él mismo reconoce, pues los exorcismos de la Iglesia son el más formidable flagelo contra el poder del infierno. ¡Una criatura ofrecida a Satanás antes de nacer! ¡Ojalá fuera el único caso en esta tierra centroamericana! Pero no, los exorcistas somos testigos de que este tipo de casos no son tan raros. Urge reflexionar. Urge purificar nuestra fe.

Abelardo Pérez, Dbro


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