Semanario de Prensa Libre • No. 139 • 4 de Marzo de 2007

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D frente

María Eugenia Solís
"Soy más comunista que ecológica"
La mayor parte del trabajo de María Eugenia Solís se ha desarrollado en el tema de género

Por Ingrid Roldán Martínez
Foto Carlos Sebastián

Se describe a sí misma como alguien poco solemne, irreverente y con sentido del humor. Ha alzado su voz para que muchas cosas cambien en favor de las mujeres y los niños. Como abogada, ha hecho carrera en el campo del Derecho laboral, sindical, derechos humanos y, hace poco, también en la ecología. Es de las fundadoras del consejo editorial de la publicación mensual La Cuerda que, asegura, “sacó del clóset” al feminismo guatemalteco. Su vida se desarrolla entre sesiones con distintos grupos.

María Eugenia Solís

Después de 10 años de trabajar en los derechos de la mujer, ¿cuál es su balance?

Soy optimista, creo que habría que hablar de muchísimos logros. El avance de la legislación a nivel internacional, que Guatemala ratifica, y que nos sirve para exigir transformaciones en nuestras leyes, es el resultado del trabajo de feministas que estamos en todo el mundo presionando en la ONU y en la OEA. Cada día está más cuestionado el maltrato contra las niñas, porque serán adultas que reproducirán ese esquema que las hace creer que es normal tener un hombre abusivo y maltratador, tal y como les pasó a sus madres y abuelas. Nos falta profundizar en el análisis, cuestionar los poderes que están detrás de esa violencia.

¿En qué momento de su carrera decidió enfocarse al género?

Cuando se dio la transición democrática, con el gobierno constitucional de Vinicio Cerezo, su esposa, Raquel Blandón, propició la entrada y el trabajo en Guatemala de Unicef (Fondo de Naciones unidas para la Infancia) y Unifem (Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer). Yo entré al feminismo y a los derechos de las mujeres, porque recibí información. Empezó con más elaboración y cuestionamiento sistemático en los 90, quizá en el 95. Desde el 82 leía unas cuantas cosas sobre mujeres y eso empata directo con lo que uno ha vivido y visto en este país.

Antes, ¿a qué se dedicaba?

Tengo una vocación por la carrera de Derecho. Trabajé más de una década en el Juzgado de Trabajo. Además, en la facultad hice trabajo de orientación sindical. Tanto el derecho laboral como colectivo fueron mis materias, mi vocación y a eso me aferré. Era lo que más me gustaba y me pagaron por aprender. Sigue siendo mi gusto y mi gana el Derecho laboral, pero ahora se desarrolla con una perspectiva distinta a favor de la niñez y de las mujeres.

¿En ambos temas al mismo tiempo?

Las dos problemáticas me sacudieron al mismo tiempo. Yo estaba trabajando en una nueva legislación de la niñez, en la Convención sobre los Derechos del Niño, cuando vino toda mi formación desde la perspectiva de género y los convenios internacionales.

¿Tiene hijos?

Sí, tengo una de 22, nació en 1985. No fui una mamá precoz. De 29 años decidí tener a mi hija. No tenía prisa, me lo pensé muchísimo hasta que conseguí el marido chilero que, además, creí que iba a ser buen tata. Lo de la maternidad siempre lo vi, y lo sigo viendo como una gran responsabilidad. Yo quería relaciones más democráticas en la familia, tanto con la pareja como con los hijos e hijas.

¿El entorno en el que creció era más de mujeres que de hombres?

Somos tres mujeres y dos hombres, pero ellos son los grandes y además tienen todavía el poder simbólico en mi casa. En nuestra sociedad, el poder lo poseen los hombres; ellos no tienen que hacer nada, es un poder instalado. Sólo mire a las familias, puede ver a una hija y a las nietas joderse para cuidar a los viejitos, pero llega el hijo o el nieto y lo que ellos dicen es importantísimo, trascendental, aunque no los cuiden, no los mantengan ni se jodan cuidándolos. En mi casa es bastante equitativo, somos tres fieras.

¿Las tres son feministas?

No, sólo yo. Hay mucho prejuicio hacia las feministas. O somos unas gordas, feas, locas, “putas”, huecas o un montón de homofobias. Hay sistemáticamente una deslegitimación de quiénes somos. A mis hermanas sí les da algo de recelo pero, cuando veo, le están diciendo un montón de cosas a los hijos y los maridos. Lo que pasa es que no se quieren autonombrar. Muchas mujeres creen que hay que odiarlos cuando, para nada, a mí me encantan los hombres, además, desde pequeñita tengo amigos entrañables. De los afectos fuertes de mi vida, mis amigos son fundamentales; me gusta estar con hombres, me encanta trabajar con ellos.

Mucha gente cuestiona la postura feminista porque dicen que son las mismas mujeres las que reproducen el esquema machista.

Creo que es peligrosa esa ruta de razonamiento. Si bien ha sido la tarea histórica que nos han asignado formar, trasladar valores, tradiciones, educación, hábitos en hijas e hijos, no somos la única influencia a la que están sometidos los varones. Está comprobado que tienen un referente fuertísimo en la televisión, en el cine, en la música, en la iglesia, en las otras familias, en la comunidad. Puedo intentarlo, pero hay toda una tendencia a mantener el estereotipo de que pobrecitos los niños hay que atenderlos porque son “hombrecitos”. Pienso que sí es importante que las mujeres transformemos esos estereotipos y pautas de crianza.

Luchar por la reivindicación de los derechos de la mujer ¿es un tema político, de género o en qué área se encausa?

Es un tema de derechos humanos. Abarca la vida, la salud, el trabajo, la vivienda, su participación política, el derecho a su cuerpo, a decidir cómo ejerce su sexualidad, si quiere o no formar familia, tener hijos. Es mucho más amplio que encasillarlo en lo económico, social, político. Es de existencia y de relaciones. Es, antes que nada, el derecho de las mujeres a su dignidad como personas.

¿Qué diferencia el feminismo actual del de la década de 1970?

Ha variado en que tenemos más derechos. En el 70 conseguimos leyes e instituciones y ahora, a principios de este siglo, estamos exigiendo que se generen estadísticas de todas las denuncias, que responda el sistema de justicia y todas sus instituciones.

Ella...
> María Eugenia Solís es abogada y notaria, egresada de la Universidad de San Carlos.

> Estudió una maestría en Derechos Humanos en la Universidad Rafael Landívar.

> Durante 14 años trabajó en el Organismo Judicial, en juzgados de Trabajo. Su práctica universitaria se centró en el tema sindical.

> A mediados de la década de 1990 se involucró de lleno en el tema de género.

> Entre 1997 y 1998 fundó, junto a otras seis mujeres, el periódico feminista La Cuerda, que en septiembre de 1996 inició el trámite para convertirse en asociación civil no lucrativa. Lo considera un reto que en el inicio “sacó del clóset” al feminismo guatemalteco y es hoy un canal de expresión con nueve años de existencia.

> Solís ha participado en actividades feministas por Europa, Asia y África.

¿Y la postura radical?

Feminismos hay muchos. Hay toda una variante porque no somos un conglomerado homogéneo; hay unas más radicales que otras. Yo no haría demasiada diferencia en Guatemala; casi todas queremos transformar pautas de crianza, relaciones, cuestionamos el sistema que acumula riqueza a costa del trabajo de unos cuantos. El feminismo tiene una vocación rebelde, tiene una tradición transformadora. Hay una tradición de tres siglos donde se mantiene esa lucha por reconocer que el sistema no nos cría y no nos trata de forma igualitaria.

¿Qué tanta conciencia tiene la mujer rural de esto?

Tanto las rurales como los pueblos indígenas tienen que desarrollar una conciencia de género, tarde o temprano, que de verdad revisemos todos. Lo que necesitan las mujeres son unos cuantos elementos de análisis para ver su realidad y esto no es occidentalizarlas. No puedo creer que haya pueblos que aprueben la violencia contra las mujeres o que no se les eduque, o que sean discriminadas.

¿Desde cuándo se involucró también en el tema ecológico?

Yo no me caso con las instituciones ni con las organizaciones; a veces hago virajes y cambios. Después de derechos humanos, justicia, desmilitarización, crimen organizado y poderes ocultos, dispuse estar un tiempo a la libre, sola, independiente, en ejercicio de la profesión. La organización Madre Selva me contrató como asesora legal. La verdad es que soy más roja que verde, más comunista que ecológica. Para mí ha sido toda una revelación, un aprendizaje. Ellos son de otra forma, son gente pacífica, tranquila; me han enriquecido mucho, además, es un colectivo valiente. Me parece que la lucha ecológica con la reinvindicación de identidades y derechos indígenas empatan perfectamente.

¿Y con la Corte Penal Internacional?

Antes era activista para que se construyera una corte con perspectiva feminista, ahora estamos monitoreando. Tengo el honor de ser la única latinoamericana que pertenece a la junta directiva de una organización mundial que se llama Iniciativa de Mujeres por una Justicia de Género. Estamos con víctimas de República Democrática del Congo, Huganda y Darfur, en Sudán, donde se trabaja sobre todo con mujeres víctimas de violencia. El primer caso es el de un alto jefe militar de una de las guerrillas de la República Democrática del Congo. Resulta que el fiscal construye un caso de la utilización de menores en conflicto armado, pero no coloca niñas que son utilizadas como soldadas ni como combatientes. Tampoco fue capaz, a la hora de construir la investigación y el caso, de señalar que también hay un delito de violencia sexual permanente: hay violaciones de esas niñas reclutadas como soldados. Estamos fiscalizando porque nadie lo está haciendo. Queremos una Corte distinta, que haga justicia, que luche contra la impunidad pero, además, que los delitos contra las mujeres sean investigados y juzgados.

Cuando no está en esas actividades, ¿qué hace?

Antes era nadadora y de vez en vez vuelvo a eso. Fui parte del equipo del colegio Monte María y lo hice durante 25 años. Me gusta ir a pasear. Cuando no estoy en todo ese activismo tengo una vida familiar muy fuerte, amorosa. Nos gusta juntarnos a hablar del pasado y nos burlamos hasta de lo más sagrado, realegre. Me gusta no hacer nada, también ver televisión.

¿A dónde vuelve siempre?

A casa de mis papás, a mis amistades de décadas, a esos amores, a esos recuerdos cariñosos muy intensos. Vuelvo a mis gustos y aficiones que tengo muy profundos, a la comida, a la buena compañía, a lugares que fueron especiales.


   

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