María Eugenia Solís
"Soy más comunista que ecológica"
La mayor parte del trabajo de María
Eugenia Solís se
ha desarrollado en el tema de género
Por Ingrid Roldán Martínez
Foto Carlos Sebastián
Se describe a sí misma como alguien poco solemne, irreverente y con sentido
del humor. Ha alzado su voz para que muchas cosas cambien en favor de las mujeres
y los niños. Como abogada, ha hecho carrera en el campo del Derecho laboral,
sindical, derechos humanos y, hace poco, también en la ecología.
Es de las fundadoras del consejo editorial de la publicación mensual La
Cuerda que, asegura, “sacó del clóset” al feminismo
guatemalteco. Su vida se desarrolla entre sesiones con distintos grupos.

María Eugenia Solís
|
Después de 10 años de trabajar en los derechos de la mujer, ¿cuál
es su balance?
Soy optimista, creo que habría que hablar de muchísimos logros.
El avance de la legislación a nivel internacional, que Guatemala ratifica,
y que nos sirve para exigir transformaciones en nuestras leyes, es el resultado
del trabajo de feministas que estamos en todo el mundo presionando en la ONU
y en la OEA. Cada día está más cuestionado el maltrato contra
las niñas, porque serán adultas que reproducirán ese esquema
que las hace creer que es normal tener un hombre abusivo y maltratador, tal y
como les pasó a sus madres y abuelas. Nos falta profundizar en el análisis,
cuestionar los poderes que están detrás de esa violencia.
¿En qué momento de su carrera decidió enfocarse al género?
Cuando se dio la transición democrática, con el gobierno constitucional
de Vinicio Cerezo, su esposa, Raquel Blandón, propició la entrada
y el trabajo en Guatemala de Unicef (Fondo de Naciones unidas para la Infancia)
y Unifem (Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer). Yo entré al
feminismo y a los derechos de las mujeres, porque recibí información.
Empezó con más elaboración y cuestionamiento sistemático
en los 90, quizá en el 95. Desde el 82 leía unas cuantas cosas
sobre mujeres y eso empata directo con lo que uno ha vivido y visto en este país.
Antes, ¿a qué se dedicaba?
Tengo una vocación por la carrera de Derecho. Trabajé más
de una década en el Juzgado de Trabajo. Además, en la facultad
hice trabajo de orientación sindical. Tanto el derecho laboral como colectivo
fueron mis materias, mi vocación y a eso me aferré. Era lo que
más me gustaba y me pagaron por aprender. Sigue siendo mi gusto y mi gana
el Derecho laboral, pero ahora se desarrolla con una perspectiva distinta a favor
de la niñez y de las mujeres.
¿En ambos temas al mismo tiempo?
Las dos problemáticas me sacudieron al mismo tiempo. Yo estaba trabajando
en una nueva legislación de la niñez, en la Convención sobre
los Derechos del Niño, cuando vino toda mi formación desde la perspectiva
de género y los convenios internacionales.
¿Tiene hijos?
Sí, tengo una de 22, nació en 1985. No fui una mamá precoz.
De 29 años decidí tener a mi hija. No tenía prisa, me lo
pensé muchísimo hasta que conseguí el marido chilero que,
además, creí que iba a ser buen tata. Lo de la maternidad siempre
lo vi, y lo sigo viendo como una gran responsabilidad. Yo quería relaciones
más democráticas en la familia, tanto con la pareja como con los
hijos e hijas.
¿El entorno en el que creció era más
de mujeres que de hombres?
Somos tres mujeres y dos hombres, pero ellos son los grandes y
además
tienen todavía el poder simbólico en mi casa. En nuestra sociedad,
el poder lo poseen los hombres; ellos no tienen que hacer nada, es un poder instalado.
Sólo mire a las familias, puede ver a una hija y a las nietas joderse
para cuidar a los viejitos, pero llega el hijo o el nieto y lo que ellos dicen
es importantísimo, trascendental, aunque no los cuiden, no los mantengan
ni se jodan cuidándolos. En mi casa es bastante equitativo, somos tres
fieras.
¿Las tres son feministas?
No, sólo
yo. Hay mucho prejuicio hacia las feministas. O somos unas gordas,
feas, locas, “putas”, huecas o un montón de homofobias.
Hay sistemáticamente una deslegitimación de quiénes
somos. A mis hermanas sí les da algo de recelo pero, cuando
veo, le están
diciendo un montón de cosas a los hijos y los maridos. Lo que
pasa es que no se quieren autonombrar. Muchas mujeres creen que hay
que odiarlos cuando, para nada, a mí me encantan los hombres,
además, desde pequeñita
tengo amigos entrañables. De los afectos fuertes de mi vida,
mis amigos son fundamentales; me gusta estar con hombres, me encanta
trabajar con ellos.
Mucha gente cuestiona la postura feminista porque dicen que son
las mismas mujeres las que reproducen el esquema machista.
Creo que es peligrosa esa ruta de razonamiento. Si bien ha sido
la tarea histórica
que nos han asignado formar, trasladar valores, tradiciones, educación,
hábitos en hijas e hijos, no somos la única influencia a la que
están sometidos los varones. Está comprobado que tienen un referente
fuertísimo en la televisión, en el cine, en la música, en
la iglesia, en las otras familias, en la comunidad. Puedo intentarlo, pero hay
toda una tendencia a mantener el estereotipo de que pobrecitos los niños
hay que atenderlos porque son “hombrecitos”. Pienso que sí es
importante que las mujeres transformemos esos estereotipos y pautas de crianza. Luchar por la reivindicación de los derechos de la mujer ¿es un
tema político, de género o en qué área
se encausa?
Es un tema de derechos humanos. Abarca la vida, la salud, el trabajo,
la vivienda, su participación política, el derecho a su cuerpo, a decidir cómo
ejerce su sexualidad, si quiere o no formar familia, tener hijos. Es mucho más
amplio que encasillarlo en lo económico, social, político. Es de
existencia y de relaciones. Es, antes que nada, el derecho de las mujeres a su
dignidad como personas.
¿Qué diferencia el feminismo actual del de la década
de 1970?
Ha variado en que tenemos más derechos. En el 70 conseguimos leyes e instituciones
y ahora, a principios de este siglo, estamos exigiendo que se generen estadísticas
de todas las denuncias, que responda el sistema de justicia y todas sus instituciones.
Ella...
> María Eugenia Solís es
abogada y notaria, egresada de la Universidad de San
Carlos.
> Estudió una
maestría en Derechos Humanos en la
Universidad Rafael Landívar.
> Durante
14 años trabajó en el Organismo
Judicial, en juzgados de Trabajo. Su práctica
universitaria se centró en el tema sindical.
> A mediados de
la década de 1990 se involucró de lleno
en el tema de género.
> Entre
1997 y 1998 fundó, junto a otras seis
mujeres, el periódico feminista La Cuerda, que
en septiembre de 1996 inició el trámite
para convertirse en asociación civil no lucrativa.
Lo considera un reto que en el inicio “sacó del
clóset” al feminismo guatemalteco y es
hoy un canal de expresión con nueve años
de existencia.
> Solís
ha participado en actividades feministas por
Europa, Asia y África. |
¿Y la postura radical?
Feminismos hay muchos. Hay toda una variante porque no somos un
conglomerado homogéneo; hay unas más radicales que otras. Yo no haría
demasiada diferencia en Guatemala; casi todas queremos transformar pautas de
crianza, relaciones, cuestionamos el sistema que acumula riqueza a costa del
trabajo de unos cuantos. El feminismo tiene una vocación rebelde, tiene
una tradición transformadora. Hay una tradición de tres siglos
donde se mantiene esa lucha por reconocer que el sistema no nos cría y
no nos trata de forma igualitaria.
¿Qué tanta conciencia tiene
la mujer rural de esto?
Tanto las rurales como los pueblos indígenas tienen que desarrollar una
conciencia de género, tarde o temprano, que de verdad revisemos todos.
Lo que necesitan las mujeres son unos cuantos elementos de análisis para
ver su realidad y esto no es occidentalizarlas. No puedo creer que haya pueblos
que aprueben la violencia contra las mujeres o que no se les eduque, o que sean
discriminadas.
¿Desde cuándo se involucró también en el tema ecológico?
Yo no me caso con las instituciones ni con las organizaciones;
a veces hago virajes y cambios. Después de derechos humanos, justicia, desmilitarización,
crimen organizado y poderes ocultos, dispuse estar un tiempo a la libre, sola,
independiente, en ejercicio de la profesión. La organización Madre
Selva me contrató como asesora legal. La verdad es que soy más
roja que verde, más comunista que ecológica. Para mí ha
sido toda una revelación, un aprendizaje. Ellos son de otra forma, son
gente pacífica, tranquila; me han enriquecido mucho, además, es
un colectivo valiente. Me parece que la lucha ecológica con la reinvindicación
de identidades y derechos indígenas empatan perfectamente.
¿Y con la Corte Penal Internacional?
Antes era activista para que se construyera una corte con perspectiva
feminista, ahora estamos monitoreando. Tengo el honor de ser
la única latinoamericana
que pertenece a la junta directiva de una organización mundial que se
llama Iniciativa de Mujeres por una Justicia de Género. Estamos con víctimas
de República Democrática del Congo, Huganda y Darfur, en Sudán,
donde se trabaja sobre todo con mujeres víctimas de violencia. El primer
caso es el de un alto jefe militar de una de las guerrillas de la República
Democrática del Congo. Resulta que el fiscal construye un caso de la utilización
de menores en conflicto armado, pero no coloca niñas que son utilizadas
como soldadas ni como combatientes. Tampoco fue capaz, a la hora de construir
la investigación y el caso, de señalar que también hay un
delito de violencia sexual permanente: hay violaciones de esas niñas reclutadas
como soldados. Estamos fiscalizando porque nadie lo está haciendo. Queremos
una Corte distinta, que haga justicia, que luche contra la impunidad pero, además,
que los delitos contra las mujeres sean investigados y juzgados.
Cuando no está en esas actividades, ¿qué hace?
Antes era nadadora y de vez en vez vuelvo a eso. Fui parte
del equipo del colegio Monte María y lo hice durante 25 años. Me gusta ir a pasear. Cuando
no estoy en todo ese activismo tengo una vida familiar muy fuerte, amorosa. Nos
gusta juntarnos a hablar del pasado y nos burlamos hasta de lo más sagrado,
realegre. Me gusta no hacer nada, también ver televisión.
¿A dónde vuelve siempre?
A casa de mis papás, a mis
amistades de décadas, a esos amores,
a esos recuerdos cariñosos muy intensos. Vuelvo
a mis gustos y aficiones que tengo muy profundos, a la
comida, a la buena compañía, a lugares
que fueron especiales.
|