Semanario de Prensa Libre • No. 139 • 4 de Marzo de 2007

Portada | Archivo | Contacto | Directorio


   > Editorial
   > En primera persona
   > Cartas
   > D todo un poco
   > D frente
   > D relax
   > D portafolio
   > D tecnología
   > D fondo
   > D deporte
   > D mundo
   > D cultura
   > D farándula
   > D viaje
   > Punto final

 


En primera persona

En tu memoria
Siento el dolor de todos los padres que han perdido a un hijo

El 5 de marzo del año pasado mi hijo Dennis fue atropellado por un picop conducido por un piloto en estado de ebriedad; Dennis falleció al día siguiente. Durante sus horas finales, fue desgarrador verlo partir y sentir cómo el calor de su cuerpo poco a poco se agotaba. Este suceso amargó completamente nuestras vidas, y cómo no, a Dennis (20 años) le sobraban energías, intenciones y voluntad para forjarse un excelente futuro. Ahora, a casi un año de su partida, en nuestro corazón, en nuestra casa, sólo hay vacíos.

En las épocas buenas, creemos en todos y en todas las instituciones; en el párroco de la iglesia, en los servicios médicos y hasta en la justicia, pero al estar afectados en forma directa, nos damos cuenta de que el dolor no importa, ni siquiera a los médicos, mucho menos a quienes se hacen cargo de la justicia, que con su lentitud e inoperancia pareciera ser que siempre están en contra de las víctimas; es difícil sufrir la pena y soportar el trato de algunas personas a las que debemos recurrir por los trámites legales.

Cada vez que paso por el fatídico lugar, veo hacia el cielo en espera de ubicar el rostro de mi hijo detrás de las nubes, y al final siento y creo que allí está y que es otro medio más para comunicarnos. Recuerdo la vez que me dijo: “Papá sin usted no sé qué haría”, y hoy quisiera saber qué hago yo sin él.

Sé que todos tenemos penas y aflicciones, máxime en este nuestro país tan agobiado por la violencia y crisis de justicia, pero cuando nos arrebatan un hijo, nos quitan lo más preciado de nuestro ser, y se llevan la alegría familiar y un sinfín de ilusiones.

El anhelo por compartir mi tragedia no tiene otro sentido que intentar hacer reflexionar a los que beben y manejan para que no lo hagan, pues pueden causar pérdidas irreparables, dolores, angustias e injustos arroyos de lágrimas; si lo hacen, están a tiempo de cambiar, después será tarde y con seguridad no se tendrá el valor para afrontar los errores; las leyes terrenales posiblemente nos cobijarán, pero la divina nos alcanzará a través del tiempo.

Oswaldo Samayoa
Malacatancito, Huehuetenango


La vida está llena de anécdotas, unas tristes, otras alegres,
pero también hay sucesos fantásticos y heroicos. Cuéntenos la suya.
Envíela a revistad@prensalibre.com.gt o por correo a 13 calle 9-31 zona 1, 9o. piso.


   

© Copyright 2004 Prensa Libre. Derechos Reservados.
Se prohibe la reproducción total o parcial de este sitio web sin autorización de Prensa Libre.

www.prensalibre.com