Lima
Testimonio de exuberancia colonial
Un amplio conjunto de iglesias, monasterios,
basílicas y conventos se erigen por todo el Centro Histórico de esta ciudad
Por Angels Masó
Foto EFE
A orillas del río Rímac, entre la tradición y la modernidad,
se alza el Centro Histórico de Lima. Declarado Patrimonio de la Humanidad
por la Unesco, convertido en una de las mejores muestras de arquitectura colonial
en Latinoamérica. Este “casco viejo” alberga más de
600 monumentos.
Fundada por Francisco Pizarro el 18 de enero de
1535 con el nombre de Ciudad de los Reyes, Lima fue el corazón
de la Corona española en Sudamérica y ejerció un
papel hegemónico sobre toda la región desde el siglo
XVI hasta principios del XIX. La presencia española fue
determinante en la definición de su arquitectura inicial,
de la que hoy se conserva poco, ya que en 1746 un gran terremoto
sacudió la tierra de la entonces capital del Virreinato
de Perú.

Panoramica de la Plaza de
Armas. |
Reconstruido después de la catástrofe, el actual
Centro Histórico, también conocido como “Cercado
de Lima”, recuperó su esplendor y en 1988 la Unesco
lo declaró Patrimonio de la Humanidad por su originalidad
y abundancia de monumentos hispánicos. La zona acoge muestras
de arquitectura religiosa, como la Catedral, la Iglesia de San
Francisco o el Monasterio de Santo Domingo, que se alzan junto
a otras distinguidas construcciones civiles, como el Palacio de
Gobierno o el Congreso Nacional.
La impresionante Plaza de Armas, conocida por su vibrante vida
nocturna, reúne un elenco de edificios neocoloniales. Fue
renovada por completo en 1997 y acoge una fuente de bronce de 1650.
Por sus dimensiones y situación, esta plaza es punto de
encuentro de niños y adultos que la frecuentan sobre todo
los fines de semana para disfrutar del bullicio. Pero su mejor
imagen llega con la caída del Sol. Es, entonces, cuando
la luz de las primeras farolas se mezcla con los tonos rosados
del atardecer. En contraste con las amarillentas fachadas de la Plaza Mayor, se
levanta imponente la Catedral. Se trata de un edificio de estilo
barroco, restaurado por última vez en 1940, que destaca
por su austera fachada blanca y una portada tallada íntegramente
en piedra. En su interior cuenta con altares de diferentes estilos —barroco,
rococó y neoclásico—, así como con una
amplia variedad de esculturas y pinturas. Su hermosa sillería
del coro del altar mayor y la capilla que acoge los restos de Francisco
Pizarro, cuyos huesos se descubrieron en la cripta en 1980, son
algunos de sus principales atractivos. Casonas y balcones
Una de las más gratas sorpresas
que ofrece el Centro Histórico
de Lima, más allá de sus plazas y edificios, son
los balcones de madera que adornan las fachadas de muchas casonas
coloniales. Aunque con dificultades, estas joyas de la época
hispánica han superado el paso del tiempo y las inclemencias.
Se cifran en más de mil 600 los balcones repartidos por
la vieja ciudad. Un paseo por la Plaza de Armas da muestra de la
proliferación de este tipo de arquitectura, que embriaga
al viajero especialmente cuando se detiene ante la impresionante
fachada barroca del Palacio Arzobispal. Allí, en este edificio
ubicado junto a la Catedral, se aprecia la multitud de detalles
de estas joyas al aire libre.
Frente al Palacio Arzobispal se alza la Casa del Oidor, uno de
los edificios más antiguos de la capital peruana y que era
habitado en la época colonial por el Oidor, una figura creada
por la Corona para escuchar las quejas del pueblo. Sus balcones
se integran a los restantes de la Plaza de Armas formando un bello
conjunto.
No lejos de la Casa del Oidor, al final del Jirón de La
Unión, se erige la Casa de Aliaga, construida en 1535 sobre
un santuario prehispánico. Ha sido habitada desde la fundación
de Lima por la misma familia y sus imponentes balcones miran al
Rímac, que limita con el barrio que lleva el mismo nombre.
Este suburbio, que antaño acogía las viviendas de
la aristocracia española, ofrece actualmente una imagen
deteriorada y figura entre las zonas más pobres e incluso
inseguras de la capital. Una mirada a sus viviendas, construidas
con material endeble, recuerda que Perú es un país
con la mitad de la población sumida en la pobreza. A pocos
metros, entre las callejuelas que rodean la Plaza de Armas, se
alcanza la Casa Osambela, levantada en 1807. Este edificio, que
se halla entre pequeños talleres artesanales, cuenta con
cinco balcones, que lucen de nuevo tras un período de restauración.
Para muchos la mejor muestra de balcones, y por extensión
de arquitectura colonial, se encuentra en el Palacio de Torre Tagle,
sede del Ministerio de Relaciones Exteriores. Fue edificado por
el marqués de Torre Tagle, tesorero de la Armada Real Española,
en 1735, y destaca por su gran originalidad debido a la confluencia
de diversos estilos (barroco, mudéjar y criollo).
Estas casonas, auténticos testimonios de la exuberancia
virreinal, se debaten entre la belleza y la supervivencia, al encontrarse
algunas en pésimas condiciones de conservación. Para
garantizarles un futuro mejor y evitar que la magnificencia de
antaño pase a la historia, la Municipalidad de Lima ha decidido
invertir una destacada partida para recuperar al menos 25 de estos
inmuebles.
Religiosidad en el virreinato
Uno de los monumentos más significativos
en Lima es la Iglesia y Monasterio de San Francisco, conocido por
sus claustrofóbicas catacumbas. Se estima que unas 25 mil
personas fueron enterradas en ellas en la época colonial.
Las tumbas tienen cuatro metros de profundidad y acogían
los cuerpos de los fallecidos unos encima de otros cubiertos de
cal viva.
Su iglesia tiene además un gran valor artístico,
con capillas laterales de estilo mudéjar, estatuas barrocas
de madera policromada, retratos de los grandes doctores y filósofos
de la orden franciscana en la sala capitular y un hermoso claustro
cubierto de azulejos sevillanos del siglo XVII.
El Monasterio y Claustro de Santo Domingo, una de las primeras
construcciones edificadas por los españoles en Perú,
es el siguiente edificio religioso en importancia. En su interior
descansan los restos de Santa Rosa, patrona de Lima, y San Martín
de Porres. La ruta religiosa incluye San Pedro y La Merced. La
primera destaca por su rica ornamentación interior, sobre
todo los azulejos policromos, mientras que la segunda sorprende
por la decoración exterior, y en concreto por la confluencia
de diferentes tonos en su fachada.
La Merced se levanta sobre el Jirón de La Unión,
una popular calle peatonal en la que se dan cita los más
característicos elementos de la vida limeña: comercios,
cines, tiendas, niños mendigos y limpiabotas, quioscos ambulantes,
cambistas de divisas y algún que otro estafador dispuesto
a sacar partido de las visitas turísticas.
Al final de tanto bullicio, la Plaza de San Martín, inaugurada
el 27 de julio de 1921 con motivo del centenario de la independencia
de Perú y renovada en 1997. En el centro se levanta una
estatua ecuestre del Libertador y a un lateral el mítico
Gran Hotel Bolívar, antaño el más elegante
de Lima, pero hoy abandonado a manos de los empleados que, amenazados
con el despido, optaron por hacerse cargo de la gestión.
Merece la pena un descanso, disfrutar de un “pisco sour” y
tomar fuerzas en el Gran Hotel Bolívar para terminar de
divisar esta mítica plaza, flanqueada por el grupo escultórico
de Las Tres Gracias y el Teatro Colón, y que el escritor
Mario Vargas Llosa logró llenar en cada uno de sus recordados
mítines de campaña a la presidencia, en 1990. |