México se pone
de moda en Hollywood
Por Sergio Muñoz
Bata
Ilustración Juan Fernando Rodríguez
El contraste resultó tan inevitable como
lacerante. No habían pasado 72 horas de la entrega de 15
narcotraficantes mexicanos para que fueran juzgados por la justicia
estadounidense, entre ellos cuatro importantes capos de dos de
los principales carteles, cuando un reporte en la primera plana
de Los Angeles Times revelaba la enorme reducción del papel
del aparato militar de la unión americana en la lucha antinarcóticos.
Así como en su momento a pesar de las bombas, los secuestros y las amenazas
al presidente colombiano César Gaviria no le tembló la mano para
extraditar a Estados Unidos a los grandes capos del narcotráfico que
asolaban su país, ahora el presidente mexicano Felipe Calderón
se arriesga políticamente extraditando criminales y enviando al ejército
a la primera línea de la batalla contra el narcotráfico para
mostrar que su gobierno no dudará en utilizar el legítimo monopolio
de la violencia para imponer en su país el estado de Derecho.
El mismo estado de Derecho que la violencia del crimen organizado
hace décadas ha tenido en jaque a Perú, Ecuador,
Bolivia, los países de América Central, Puerto Rico
y el resto del Caribe, hasta obligarlos a sacrificar a sus agentes
del orden y a gastar fortunas que no tienen para recuperar su seguridad
nacional.
A pesar de las lamentables declaraciones de políticos oportunistas,
como el senador demócrata Joseph Biden, quien, en su afán por
borrar de su expediente su bien ganada imagen de plagiario, busca reinventarse
como candidato presidencial y acusa a México de ser el responsable del
problema de drogadicción en Estados Unidos, pese a que la reciente extradición
de los 15 dirigentes del Cartel de Sinaloa y del Golfo debería servirle
a este país para medir la firmeza del compromiso del Gobierno mexicano
para combatir el narcotráfico. Aun con sus limitaciones, los países productores de drogas o que han
visto su territorio convertido en ruta de tránsito de toneladas de droga
que nunca satisfacen la insaciable demanda estadounidense, han ido cumpliendo
su tarea. Pero para ganarle la batalla a los narcos es imprescindible que Estados
Unidos no baje la guardia.
El problema, como bien ha demostrado el reportero Josh Meyer del LA Times,
es que agobiadas por la demanda en los frentes de batalla en Irak y en Afganistán,
las fuerzas armadas estadounidenses han disminuido de forma aterradora su participación
en el combate al narco.
A partir de 1989, el Congreso nombró al Pentágono como la agencia
principal en la detección y monitoreo de los embarques de narcóticos
con destino a Estados Unidos, mientras que a la Guardia Costera se le encargó su
interdicción. Sin embargo, según revelan una docena de fuentes
al Times, el mandato del Congreso perdió fuerza a partir de 2002 y de
entonces par acá.
El Pentágono ha reducido en más de 62 por ciento las horas de
vuelo de observación continua en las rutas del Caribe y del Pacífico
que los traficantes utilizan para transportar cocaína, marihuana y heroína.
La Marina ha recortado en un tercio el número de barcos que patrullan
los océanos en persecución de los contrabandistas de drogas.
El Departamento de la Defensa ha declarado su intención de retirar 10
helicópteros Black Hawk que se venían utilizando en el combate
a los narcos. Y ha desactivado los globos-radares de alta tecnología
que proveían inteligencia por falta de fondos
Desde hace más de un año la GAO, una oficina que el Congreso
utiliza para hacer sus investigaciones, ha manifestado su preocupación
por lo que considera una alarmante falta de planeación del Pentágono
y del Departamento de Seguridad Nacional en el combate al narcotráfico.
La invariable respuesta de sus interlocutores ha sido que, dadas las condiciones
actuales, no les queda más remedio que asignar sus limitados recursos
adonde más los necesitan.
Y mientras tanto, la efedrina procedente de China o de la India sigue
transitando del puerto de Long Beach a México. Y lo mismo puede decirse del armamento
estadounidense indocumentado que cruza la frontera sur para llegar a los esbirros
que siembran el terror en ciudades como Acapulco y Tijuana y en los pueblos
de Michoacán que ahora el Ejército mexicano se apresta a recuperar
para sus habitantes.
Hoy, Estados Unidos parece haberse desentendido de su obligación de
disminuir el consumo y de cooperar plenamente en la interdicción. Lo
que significa que, a pesar de la retórica, los estadounidenses han dejado
de considerar la lucha contra el narcotráfico como una prioridad nacional,
hasta olvidar que el combate al narco no puede tener éxito cuando uno
de sus socios principales deja de cumplir su parte. |