Semanario de Prensa Libre • No. 140 • 11 de Marzo de 2007

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Punto final

México se pone
de moda en Hollywood

Por Sergio Muñoz Bata
Ilustración Juan Fernando Rodríguez

El contraste resultó tan inevitable como lacerante. No habían pasado 72 horas de la entrega de 15 narcotraficantes mexicanos para que fueran juzgados por la justicia estadounidense, entre ellos cuatro importantes capos de dos de los principales carteles, cuando un reporte en la primera plana de Los Angeles Times revelaba la enorme reducción del papel del aparato militar de la unión americana en la lucha antinarcóticos.

Así como en su momento a pesar de las bombas, los secuestros y las amenazas al presidente colombiano César Gaviria no le tembló la mano para extraditar a Estados Unidos a los grandes capos del narcotráfico que asolaban su país, ahora el presidente mexicano Felipe Calderón se arriesga políticamente extraditando criminales y enviando al ejército a la primera línea de la batalla contra el narcotráfico para mostrar que su gobierno no dudará en utilizar el legítimo monopolio de la violencia para imponer en su país el estado de Derecho.

El mismo estado de Derecho que la violencia del crimen organizado hace décadas ha tenido en jaque a Perú, Ecuador, Bolivia, los países de América Central, Puerto Rico y el resto del Caribe, hasta obligarlos a sacrificar a sus agentes del orden y a gastar fortunas que no tienen para recuperar su seguridad nacional.

A pesar de las lamentables declaraciones de políticos oportunistas, como el senador demócrata Joseph Biden, quien, en su afán por borrar de su expediente su bien ganada imagen de plagiario, busca reinventarse como candidato presidencial y acusa a México de ser el responsable del problema de drogadicción en Estados Unidos, pese a que la reciente extradición de los 15 dirigentes del Cartel de Sinaloa y del Golfo debería servirle a este país para medir la firmeza del compromiso del Gobierno mexicano para combatir el narcotráfico.

Aun con sus limitaciones, los países productores de drogas o que han visto su territorio convertido en ruta de tránsito de toneladas de droga que nunca satisfacen la insaciable demanda estadounidense, han ido cumpliendo su tarea. Pero para ganarle la batalla a los narcos es imprescindible que Estados Unidos no baje la guardia.

El problema, como bien ha demostrado el reportero Josh Meyer del LA Times, es que agobiadas por la demanda en los frentes de batalla en Irak y en Afganistán, las fuerzas armadas estadounidenses han disminuido de forma aterradora su participación en el combate al narco.

A partir de 1989, el Congreso nombró al Pentágono como la agencia principal en la detección y monitoreo de los embarques de narcóticos con destino a Estados Unidos, mientras que a la Guardia Costera se le encargó su interdicción. Sin embargo, según revelan una docena de fuentes al Times, el mandato del Congreso perdió fuerza a partir de 2002 y de entonces par acá.

El Pentágono ha reducido en más de 62 por ciento las horas de vuelo de observación continua en las rutas del Caribe y del Pacífico que los traficantes utilizan para transportar cocaína, marihuana y heroína.

La Marina ha recortado en un tercio el número de barcos que patrullan los océanos en persecución de los contrabandistas de drogas.

El Departamento de la Defensa ha declarado su intención de retirar 10 helicópteros Black Hawk que se venían utilizando en el combate a los narcos. Y ha desactivado los globos-radares de alta tecnología que proveían inteligencia por falta de fondos
Desde hace más de un año la GAO, una oficina que el Congreso utiliza para hacer sus investigaciones, ha manifestado su preocupación por lo que considera una alarmante falta de planeación del Pentágono y del Departamento de Seguridad Nacional en el combate al narcotráfico. La invariable respuesta de sus interlocutores ha sido que, dadas las condiciones actuales, no les queda más remedio que asignar sus limitados recursos adonde más los necesitan.

Y mientras tanto, la efedrina procedente de China o de la India sigue transitando del puerto de Long Beach a México. Y lo mismo puede decirse del armamento estadounidense indocumentado que cruza la frontera sur para llegar a los esbirros que siembran el terror en ciudades como Acapulco y Tijuana y en los pueblos de Michoacán que ahora el Ejército mexicano se apresta a recuperar para sus habitantes.

Hoy, Estados Unidos parece haberse desentendido de su obligación de disminuir el consumo y de cooperar plenamente en la interdicción. Lo que significa que, a pesar de la retórica, los estadounidenses han dejado de considerar la lucha contra el narcotráfico como una prioridad nacional, hasta olvidar que el combate al narco no puede tener éxito cuando uno de sus socios principales deja de cumplir su parte.


   

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