Semanario de Prensa Libre • No. 140 • 11 de Marzo de 2007

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D frente

Ana María Pedroni
"El guatemalteco habla poco
y dice mucho"

Lleva más de medio siglo ejerciendo como docente, escritora y periodista. La Ché nos abre las puertas de su casa y sus recuerdos

Por Gemma Gil Flores
Foto Carlos Sebastián

El espacio está dominado por las piezas de cerámica, los libros de lomos gastados por el uso y los cuadros que cubren con profusión las paredes y cuentan historias que sólo ella conoce. Al fondo del salón, al otro lado de las puertas de cristal, se abre un pequeño jardín donde se pavonea con hermosa arrogancia su mascota, un gallo de pelea que le regaló su hijo. “Se llama Juanito”, cuenta con orgullo, mientras juzga con ojo crítico el anárquico crecimiento vegetal. “Es que no me gusta el fascismo horticultural”, explica Ana María Pedroni al acariciar sus plantas.

Le hubiera gustado ser médico y dirigir una orquesta, pero la vida la llevó hacia los campos de la literatura y la lingüística. Fiel a su espíritu docente, el pasado 23 de febrero presentó su reciente libro El mundo como imagen, una obra didáctica que es fruto del entusiasmo con el que afronta la vida. Como a ella le gusta decir: “Cuando ya no tenés nada que aprender, ¿para qué seguir viviendo?”.

Hija del conocido poeta José Pedroni, la Ché, como muchos la conocen, es una mujer apasionada. Nació hace casi 77 años en el seno de una familia ítalo-francesa en Esperanza, la primera colonia agrícola de Argentina. Creció en una ciudad de emigrantes suizos y alemanes y, lleva casi medio siglo viviendo en Guatemala, credenciales suficientes para considerar su biografía un cruce de caminos.

“La primera lucha que tenés cuando llegás a la universidad es que el estudiante, aunque tenga 40 años, empiece a pensar por sí mismo”.

Ana María Pedroni

¿Cómo se lleva lo de ser “hija de”?

Es muy difícil. Estoy escribiendo un libro que se llama Hija de poeta, porque eso es algo que me ha perseguido toda mi vida. El ambiente en casa era increíble. Yo conocí a (Leopoldo) Lugones, a Alfonsina (Storni), a Horacio Quiroga…, pero ser hija de poeta es difícil, porque cuando vas a un lugar y saben quién es tu padre, la relación que se debería establecer en base en ti y tus cualidades, se diluye.

¿Qué le trajo a Guatemala?

Me casé con un guatemalteco, a quien conocí por esas cosas que suceden en la vida. Mi hermano mayor era un hombre de izquierda y durante la dictadura de Perón lo pusieron preso en Villa Devoto. Un día que fui a llevarle comida y cigarrillos me dijo que acababan de encarcelar a los exiliados que habían llegado tras la caída de Árbenz. Así que tomé unos cigarrillos para llevárselos a los guatemaltecos. Cuando tocó el timbre de cambio de turno de los guardias, me escondí debajo de las gradas y esperé a que ingresara el nuevo turno para colarme. Casualmente en ese momento bajaban las escaleras unas chicas que estaban diciendo: “¡Qué bien que está Valdés Díaz!”, y al subir pregunté por él. ¡Por supuesto, yo no lo había visto en mi vida!

Entonces fue amor a primera vista

Son esas cosas que pasan. Cuando volví a los pocos días a visitarlo ya no estaba allí, pero me las ingenié para localizarlo en Buenos Aires. Empezamos a vernos y acabamos juntos. Tuvimos nuestros hijos allá, pero, como el guatemalteco no se desprende fácilmente de su tierra, nos vinimos. En principio sólo íbamos a estar seis meses.

¿Qué sabía entonces del país?

Hay algo increíble. Cuando tenía 12 años, la profesora me eligió para que en la celebración del Día de las Américas yo representara a Guatemala. Ella me dio un fragmento de Miguel Ángel Asturias que describía el Mercado Central. Subí al escenario con una bandera de Guatemala hecha con papel de seda sobre mi guardapolvo blanco y me puse a recitar el texto sobre los volcanes de mangos olorosos, los jocotes, los chicozapotes y los caimitos, palabras que no había escuchado en mi vida. Cuando vine, 16 años después, mi marido me dijo: “Te voy a llevar a conocer algo que nunca has visto”, y fuimos al Mercado Central. Cuando entré, lo primero que vi fue un montón de mangos, miré a Fernando y le dije: “Yo ya estuve aquí”. Él me respondió que eso se llamaba deja vú y le insistí “No, yo ya estuve aquí”. De repente advertí que aún recordaba a la perfección el texto de Asturias. Quizá ese fragmento predeterminó mi vida, me refiero a que me enamorara de un guatemalteco. Así es la seducción de un mensaje estético.

Desde luego el país la sedujo, porque vino por seis meses y lleva aquí 48 años...

Aquí la vida es más fundamental y más agradable. Acabo de estar en Argentina y amo mi país, pero no veía la hora de regresar. El año antepasado estuve en Europa y la desmitifiqué. Conocí los pueblos donde habían nacido mis abuelos, fui al Louvre y me senté en el suelo a mirar la Mona Lisa y no sé cuanto tiempo estuve allí llorando de emoción, también fui a Londres a ver el teatro de Shakespeare… pero ¡qué frío es el europeo! En París, le pregunté a un francés información para tomar el tren y el hombre me miró como si hubiera visto a un ser de otro planeta. Aquí, si te subes a una camioneta, la gente establece comunicación contigo —a menos que vos seas tóxico— y si preguntas cómo llegar a un sitio inmediatamente tienes 10 gentes que te informan. La gente está dispuesta a hablar. Estamos en el mundo para comunicarnos.

Hablando de comunicación, usted comenzó como profesora de lengua y literatura inglesa.

Estoy convencida de que no existe una vocación única. Cuando uno abraza con interés lo que hace, eso te llega a apasionar. En realidad, yo siempre quise ser médico, pero no pudo ser. Acabé estudiando literatura y lengua inglesa y me enamoré de esa carrera. ¿Sabes cómo aprendí inglés? En clase, frente a mí, se sentaba un muchacho moreno y alto. Nos gustábamos, pero no nos atrevíamos a decirnos nada. Un día el profesor nos habló de Charles Dickens y su importancia en el desarrollo de la novela moderna y él se dio vuelta y me dijo: “¿A que no lees David Copperfield en inglés? Te apuesto cinco pesos a que no podés”. Yo acepté la apuesta, aunque casi no sabía inglés y con un diccionario, una gramática bilingüe y mucho empeñó, lo leí. Tardé 10 días en decodificar la primera página, pero aprendí inglés.

¿Y cómo pasó al campo de la semiología?

Enviudé muy joven y cuando mis hijos se inscribieron en la universidad, yo decidí inscribirme también. Opté por estudiar Ciencias de la Información, un poco porque mi marido era periodista, otro poco por la carga lingüística que tiene la carrera. Me fui aficionando a la semiología. Entonces mis profesores sabían tanto de esta materia como yo. Soy curiosa y me gusta estudiar, así que fui aprendiendo. Cuando cerré el pénsum, comencé a enseñar semiología en la universidad. El libro Semiología: un acercamiento didáctico son mis clases.

En su último trabajo, hace una extensa clasificación de las imágenes. ¿Cómo se proyecta Guatemala?

La imagen que proyecta Guatemala es cada vez menos guatemalteca. Una de las formas de penetración es la superposición de imágenes. El neocolonialismo del imperio penetra exportando sus imágenes, como el McDonalds, los jeans o las tradiciones navideñas, que si Jingle Bells, que si Blanca Navidad… ¡es execrable! Entrás a un centro comercial y las imágenes auditivas no son guatemaltecas, las visuales mucho menos… Mira, acabo de estar en Cancún, una playa para hacer dinero. Sin embargo, todos los hoteles mantienen un poco la imagen y la comida mexicana. Aquí, no. Es importante que haya un compromiso para rescatar y preservar el imaginario guatemalteco.

Curriculum Vitae
> Nació en Esperanza, Argentina, en 1930.

> Estudió Lengua y Literatura Inglesa y se especializó en Fonética, en la Universidad Nacional de La Plata.

> Desde 1959 reside en Guatemala, donde ha ejercido como docente.

> Ha publicado tres libros: Semiología: un acercamiento didáctico, Las manos de la abuela (publicado por entregas en el diario La Hora) y El mundo como imagen (presentado el 23 de febrero recién pasado).

¿Echa de menos la enseñanza?

Sí, he sido docente toda mi vida. He enseñado en todos los grados, desde la educación primaria hasta la universidad. Lo más hermoso es trabajar con los niños, porque son más creativos.

¿Cuál ha sido su mayor satisfacción como docente?

Ayudar al otro no sólo a hacer, sino a desarrollarse. La mayor satisfacción que he tenido últimamente me la dio el chofer que venía a buscarme para ir a dar un taller a la (Universidad) Galileo. En el camino, íbamos platicando y lo animé a que estudiara. Un día me llamó y me dijo que estaba haciendo el bachillerato por madurez.

¿Qué mensaje le gustaría que sus alumnos no olvidaran nunca?

El primer año que empecé a dar clase de inglés no tuve los mismos resultados que en Argentina y no entendía por qué. Tomé un taller del Ministerio de Educación que se llamaba El Guatemalteco. Allí me di cuenta que en la escuela no se desarrolla el pensamiento analítico crítico. La primera lucha que tenés cuando llegás a la universidad es que el estudiante, aunque tenga 40 a años, empiece a pensar por sí mismo. Lo más importante para mí era que la gente escribiera y dijera lo que pensaba y que no cayera en fundamentalismos políticos o religiosos.

¿Qué aspectos de la reforma educativa le parecen más urgentes?

Que la gente se pueda educar en su lengua materna. Está demostrado que los chicos que son obligados a estudiar en un idioma extranjero no desarrollan toda su capacidad en su propia lengua. Un idioma es una forma de ver e interpretar el mundo. Nunca olvidaré que hace años fui a un congreso lingüístico de los poqomames y uno de los principales del pueblo dijo: “Nosotros entendemos la castilla y nos hacemos entender, pero el mundo sólo lo entendemos en poqomam y queremos que nuestros hijos aprendan poqomam en la escuela”. No podés entender a los guatemaltecos si no aprendés una de sus lenguas. Yo cuando vine estudié k'iche'.

¿Habla k'iche'?

Me encanta. Es una lengua extraordinaria y me ayudó a comprender muchas formas de actuar del guatemalteco porque la lengua determina una forma de pensamiento. El guatemalteco habla poco y dice mucho, porque los mayas no hablan con el nivel denotativo sino con el connotativo. Una sola palabra tiene muchos niveles de significación. También elaboran metáforas con gran facilidad. Ellos no construyen palabras con la sufijación y la prefijación, sino que la fuerza de generación del lenguaje es la metáfora; por ejemplo: en k'iche', las ventanas son los ojos de la casa, o la niebla es el aliento de la Tierra. Las palabras se pueden ir creando.

No le asustan los retos...

Me encanta conocer y saber. Me gusta vivir. Cuando hago algo, lo hago con pasión. Intento ser eficiente y me gusta hablar con la gente, sacarles sus historias. Cuando vivía en la Primero de Julio me gustaba platicar con el basurero. Él me decía que conocía a la gente por el tipo de basura y la forma en la que la saca. Sería un buen tema para un estudio sociológico, ¿no? Todo el mundo te puede enseñar algo.


   

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