Ana María Pedroni
"El guatemalteco habla poco
y dice mucho"
Lleva más de medio siglo ejerciendo como docente, escritora y periodista.
La Ché nos abre las puertas de su casa y sus recuerdos
Por Gemma Gil Flores
Foto Carlos Sebastián
El espacio está dominado por las piezas de
cerámica, los libros
de lomos gastados por el uso y los cuadros que cubren con profusión las
paredes y cuentan historias que sólo ella conoce. Al fondo del salón,
al otro lado de las puertas de cristal, se abre un pequeño jardín
donde se pavonea con hermosa arrogancia su mascota, un gallo de pelea que le
regaló su hijo. “Se llama Juanito”, cuenta con orgullo, mientras
juzga con ojo crítico el anárquico crecimiento vegetal. “Es
que no me gusta el fascismo horticultural”, explica Ana María Pedroni
al acariciar sus plantas.
Le hubiera gustado ser médico y dirigir una orquesta, pero la vida la
llevó hacia los campos de la literatura y la lingüística.
Fiel a su espíritu docente, el pasado 23 de febrero presentó su
reciente libro El mundo como imagen, una obra didáctica que es fruto del
entusiasmo con el que afronta la vida. Como a ella le gusta decir: “Cuando
ya no tenés nada que aprender, ¿para qué seguir viviendo?”.
Hija del conocido poeta José Pedroni, la Ché, como muchos la conocen,
es una mujer apasionada. Nació hace casi 77 años en el seno de
una familia ítalo-francesa en Esperanza, la primera colonia agrícola
de Argentina. Creció en una ciudad de emigrantes suizos y alemanes y,
lleva casi medio siglo viviendo en Guatemala, credenciales suficientes para considerar
su biografía un cruce de caminos.

“La primera lucha
que tenés cuando llegás a la universidad
es que el estudiante, aunque tenga 40 años, empiece
a pensar por sí mismo”.
Ana María Pedroni |
¿Cómo se lleva lo de ser “hija
de”?
Es muy difícil. Estoy escribiendo un libro que se llama
Hija de poeta, porque eso es algo que me ha perseguido toda mi
vida. El ambiente en casa era increíble. Yo conocí a
(Leopoldo) Lugones, a Alfonsina (Storni), a Horacio Quiroga…,
pero ser hija de poeta es difícil, porque cuando vas a un
lugar y saben quién es tu padre, la relación que
se debería establecer en base en ti y tus cualidades, se
diluye.
¿Qué le trajo a Guatemala?
Me casé con un guatemalteco,
a quien conocí por esas
cosas que suceden en la vida. Mi hermano mayor era un hombre
de izquierda y durante la dictadura de Perón lo pusieron
preso en Villa Devoto. Un día que fui a llevarle comida
y cigarrillos me dijo que acababan de encarcelar a los exiliados
que habían
llegado tras la caída de Árbenz. Así que
tomé unos
cigarrillos para llevárselos a los guatemaltecos. Cuando
tocó el timbre de cambio de turno de los guardias, me
escondí debajo
de las gradas y esperé a que ingresara el nuevo turno
para colarme. Casualmente en ese momento bajaban las escaleras
unas chicas que estaban diciendo: “¡Qué bien
que está Valdés Díaz!”, y al subir
pregunté por él. ¡Por
supuesto, yo no lo había visto en mi vida!
Entonces fue amor a primera vista
Son esas cosas que pasan. Cuando volví a los pocos días
a visitarlo ya no estaba allí, pero me las ingenié para
localizarlo en Buenos Aires. Empezamos a vernos y acabamos juntos.
Tuvimos nuestros hijos allá, pero, como el guatemalteco
no se desprende fácilmente de su tierra, nos vinimos. En
principio sólo íbamos a estar seis meses.
¿Qué sabía entonces del país?
Hay algo increíble. Cuando tenía 12 años,
la profesora me eligió para que en la celebración
del Día de las Américas yo representara a Guatemala.
Ella me dio un fragmento de Miguel Ángel
Asturias que describía el Mercado Central. Subí al
escenario con una bandera de Guatemala hecha con papel de seda
sobre mi guardapolvo blanco y me puse a recitar el texto sobre
los volcanes de mangos olorosos, los jocotes, los chicozapotes
y los caimitos, palabras que no había escuchado en mi vida.
Cuando vine, 16 años después, mi marido me dijo: “Te
voy a llevar a conocer algo que nunca has visto”, y fuimos
al Mercado Central. Cuando entré, lo primero que vi fue
un montón de mangos, miré a Fernando y le dije: “Yo
ya estuve aquí”. Él me respondió que
eso se llamaba deja vú y le insistí “No, yo
ya estuve aquí”. De repente advertí que aún
recordaba a la perfección el texto de Asturias. Quizá ese
fragmento predeterminó mi vida, me refiero a que me enamorara
de un guatemalteco. Así es la seducción de un mensaje
estético.
Desde luego el país la sedujo,
porque vino por seis meses y lleva aquí 48 años...
Aquí la vida es más
fundamental y más agradable.
Acabo de estar en Argentina y amo mi país, pero no veía
la hora de regresar. El año antepasado estuve en Europa
y la desmitifiqué.
Conocí los pueblos donde habían nacido mis abuelos, fui
al Louvre y me senté en el suelo a mirar la Mona Lisa y no sé cuanto
tiempo estuve allí llorando de emoción, también
fui a Londres a ver el teatro de Shakespeare… pero ¡qué frío
es el europeo! En París, le pregunté a un francés
información
para tomar el tren y el hombre me miró como si hubiera visto a
un ser de otro planeta. Aquí, si te subes a una camioneta, la
gente establece comunicación contigo —a menos que vos seas
tóxico— y
si preguntas cómo llegar a un sitio inmediatamente tienes 10 gentes
que te informan. La gente está dispuesta a hablar. Estamos en
el mundo para comunicarnos.
Hablando de comunicación,
usted comenzó como profesora
de lengua y literatura inglesa. Estoy convencida de que no existe una vocación única. Cuando
uno abraza con interés lo que hace, eso te llega a apasionar.
En realidad, yo siempre quise ser médico, pero no pudo ser. Acabé estudiando
literatura y lengua inglesa y me enamoré de esa carrera. ¿Sabes
cómo aprendí inglés? En clase, frente a mí,
se sentaba un muchacho moreno y alto. Nos gustábamos, pero no
nos atrevíamos
a decirnos nada. Un día el profesor nos habló de Charles
Dickens y su importancia en el desarrollo de la novela moderna y él
se dio vuelta y me dijo: “¿A que no lees David Copperfield
en inglés?
Te apuesto cinco pesos a que no podés”. Yo acepté la
apuesta, aunque casi no sabía inglés y con un diccionario,
una gramática
bilingüe y mucho empeñó, lo leí. Tardé 10
días en decodificar la primera página, pero aprendí inglés.
¿Y cómo pasó al campo de la semiología?
Enviudé muy joven y cuando mis hijos se inscribieron en la universidad,
yo decidí inscribirme también. Opté por estudiar
Ciencias de la Información, un poco porque mi marido era periodista,
otro poco por la carga lingüística que tiene la carrera.
Me fui aficionando a la semiología. Entonces mis profesores sabían
tanto de esta materia como yo. Soy curiosa y me gusta estudiar, así que
fui aprendiendo. Cuando cerré el pénsum, comencé a
enseñar semiología
en la universidad. El libro Semiología: un acercamiento didáctico
son mis clases.
En su último trabajo, hace una extensa clasificación de
las imágenes. ¿Cómo
se proyecta Guatemala? La imagen que proyecta Guatemala es
cada vez menos guatemalteca. Una de las formas de penetración
es la superposición de imágenes.
El neocolonialismo del imperio penetra exportando sus imágenes,
como el McDonalds, los jeans o las tradiciones navideñas,
que si Jingle Bells, que si Blanca Navidad… ¡es
execrable! Entrás
a un centro comercial y las imágenes auditivas no son
guatemaltecas, las visuales mucho menos… Mira, acabo de
estar en Cancún,
una playa para hacer dinero. Sin embargo, todos los hoteles mantienen
un poco la imagen y la comida mexicana. Aquí, no. Es importante
que haya un compromiso para rescatar y preservar el imaginario guatemalteco.
Curriculum Vitae
> Nació en Esperanza,
Argentina, en 1930.
> Estudió Lengua
y Literatura Inglesa y se especializó en
Fonética, en la Universidad Nacional de La
Plata.
> Desde
1959 reside en Guatemala, donde ha ejercido
como docente.
> Ha
publicado tres libros: Semiología:
un acercamiento didáctico, Las manos de la
abuela (publicado por entregas en el diario La Hora)
y El mundo como imagen (presentado el 23 de febrero
recién pasado). |
¿Echa de menos la enseñanza?
Sí, he sido docente toda mi vida. He enseñado en todos los grados,
desde la educación primaria hasta la universidad. Lo más
hermoso es trabajar con los niños, porque son más creativos.
¿Cuál ha sido su
mayor satisfacción como docente?
Ayudar al otro no sólo a hacer, sino a desarrollarse. La mayor satisfacción
que he tenido últimamente me la dio el chofer que venía
a buscarme para ir a dar un taller a la (Universidad) Galileo. En el
camino, íbamos
platicando y lo animé a que estudiara. Un día me llamó y
me dijo que estaba haciendo el bachillerato por madurez.
¿Qué mensaje le gustaría
que sus alumnos no olvidaran nunca?
El primer año que empecé a dar clase de inglés no
tuve los mismos resultados que en Argentina y no entendía por
qué.
Tomé un taller del Ministerio de Educación que se llamaba
El Guatemalteco. Allí me di cuenta que en la escuela no se desarrolla
el pensamiento analítico crítico. La primera lucha que
tenés
cuando llegás a la universidad es que el estudiante, aunque tenga
40 a años, empiece a pensar por sí mismo. Lo más
importante para mí era que la gente escribiera y dijera lo que
pensaba y que no cayera en fundamentalismos políticos o religiosos.
¿Qué aspectos de la reforma
educativa le parecen más urgentes?
Que la gente se pueda educar en su lengua materna. Está demostrado que
los chicos que son obligados a estudiar en un idioma extranjero no desarrollan
toda su capacidad en su propia lengua. Un idioma es una forma de ver
e interpretar el mundo. Nunca olvidaré que hace años fui a un congreso
lingüístico
de los poqomames y uno de los principales del pueblo dijo: “Nosotros
entendemos la castilla y nos hacemos entender, pero el mundo sólo
lo entendemos en poqomam y queremos que nuestros hijos aprendan poqomam
en la escuela”. No podés entender a los guatemaltecos si
no aprendés
una de sus lenguas. Yo cuando vine estudié k'iche'.
¿Habla k'iche'?
Me encanta. Es una lengua extraordinaria
y me ayudó a
comprender muchas formas de actuar del guatemalteco porque la lengua
determina una forma de pensamiento. El guatemalteco habla poco y
dice mucho, porque los mayas no hablan con el nivel denotativo
sino con el connotativo. Una sola palabra tiene muchos niveles de
significación.
También elaboran metáforas
con gran facilidad. Ellos no construyen palabras
con la sufijación y la
prefijación,
sino que la fuerza de generación del
lenguaje es la metáfora;
por ejemplo: en k'iche', las ventanas son
los ojos de la casa, o la niebla es el aliento
de la Tierra. Las palabras se pueden ir creando.
No le asustan los retos...
Me encanta conocer y saber. Me gusta
vivir. Cuando hago algo, lo hago con pasión.
Intento ser eficiente y me gusta hablar
con la gente, sacarles sus historias. Cuando vivía en la Primero
de Julio me gustaba platicar con el basurero. Él
me decía que conocía a la
gente por el tipo de basura y la forma
en la que la saca. Sería un buen
tema para un estudio sociológico, ¿no?
Todo el mundo te puede enseñar algo.
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