Una Centroamérica unida
El proceso de integración nació hace
casi medio siglo. Desde entonces, se han logrado más avances
en lo económico que en lo político
Por Gemma Gil Flores
Fotoarte Billy Melgar
La extensión territorial de los países
que integran el Parlamento Centroamericano (Parlacen) —Guatemala,
El Salvador, Honduras, Nicaragua y Panamá— supone
un 0.30 por ciento de la superficie mundial. Mientras, un estudio
elaborado en 2002 señalaba que sus exportaciones significaban
un 0.000001 por ciento de los intercambios a escala global, un
perfil lo suficientemente bajo como para estar dispuesto a construir
alianzas estratégicas.
Se dice que la unión hace la fuerza; por eso, Rodolfo Martínez,
habitante de Esquipulas, está convencido de que habría que retomar
el viejo sueño de la integración centroamericana. “Compartimos
la misma cultura de frijoles”, resume, encogiéndose de hombros.
En lo alto del cerrito Morolas, acaba de señalarnos el terreno baldío
que un día se compró para la edificación del Parlacen. A
pesar de que su ciudad sintió un descenso de visitantes salvadoreños,
a raíz del asesinato de tres diputados a aquella institución, Martínez,
como muchos esquipultecos, recuerda con orgullo que su ciudad fue símbolo
y escenario del proceso que logró pacificar la región.

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Rodrigo López es uno de ellos. “Yo me siento centroamericano.
Aquí tenemos alumnos que vienen del cordón fronterizo
o que tienen familia en alguno de los otros países”,
explica este director de instituto. En lo personal, López
forma parte de una de las asociaciones que trabajan por tender
lazos de amistad y convivencia en el trifinio (área de confluencia
de las fronteras entre Guatemala, El Salvador y Honduras). Por
eso, en las aulas del establecimiento de educación secundaria
que dirige, se trabajan conceptos como la hospitalidad y la solidaridad
con los vecinos. “Queremos que los jóvenes conozcan
las corrientes de integración. No podemos escapar de la
globalización y tenemos que ser capaces de responder a mercados
más exigentes”, dice el docente.
Lejos de allí, en la Ciudad de Guatemala, Alfredo Trinidad,
experto en temas de integración, considera que la cuestión
es más que evidente: “¿Cómo no vamos
a unirnos, si somos tan pequeños y tenemos los mismos problemas
de narcotráfico, inseguridad y amenazas medioambientales?
En un mundo que se abre al comercio, ¿cómo no vamos
a negociar unidos? Nos integramos para ganar. ¿Por qué no
armonizar nuestros programas educativos? ¿O temas de salud,
como las vacunas, si hacer compras regionales saldría más
barato?”, se pregunta.
La idea de adoptar una sola voz en el escenario internacional no
es nueva, pero recupera su actualidad a instancias de la Unión
Europea, organización que desea firmar un acuerdo de asociación
con Centroamérica siempre y cuando se cumpla una condición:
que de Guatemala a Costa Rica —la integración del
territorio histórico no incluye a Panamá, aunque
este país forme parte del Parlacen— los gobiernos
se pongan de acuerdo para designar a un solo interlocutor. El reto
no es pequeño.
En un estudio efectuado en mayo de 2006, entre 13 partidos políticos
y 22 organizaciones civiles, se llegaba a la conclusión
de que más del 90 por ciento de los encuestados estaba de
acuerdo con la eliminación de fronteras, la creación
de un pasaporte centroamericano, el establecimiento de una moneda única
y el libre derecho a trabajar en cualquier país de la región.
Extraoficialmente, la interdependencia es obvia, el contrabando
es un fenómeno histórico, las fronteras son porosas
y las relaciones familiares entre ciudadanos de distintos países
del Istmo son un hecho. En el ámbito oficial, los caminos
de la integración, como los del Señor, a veces son
inescrutables. Decía Séneca que no hay viento favorable
para quien no sabe a dónde va. ¿Lo sabe Centroamérica?
Política a la deriva
A principios de la década de 1960, los estados centroamericanos firmaron
las bases para una integración económica y política. Desde
entonces, el brazo económico ha sido capaz de tirar del proceso con más
fuerza que el político.
Tras la creación del Parlamento y el Sistema de Integración, en
1991, los logros han sido más formales que reales. Por ejemplo, Costa
Rica participa de lo económico, pero elige excluirse de lo político,
en un claro gesto de falta de confianza en el proceso. Razones tampoco le faltan.
“Todos hemos violado los tratados. Somos poco serios y no sancionamos a
quien incumple lo acordado. El problema es la falta de voluntad política”,
resume Trinidad.
Una opinión que comparte Roberto Carpio, ex vicepresidente
de Guatemala y precursor del Parlacen: “Me pregunto si los políticos
entienden la integración o es que no les interesa. Si usted mira nuestra
historia, se dará cuenta de que no se trata de integrarse, sino de reintegrarse”,
dice, frente a una placa grabada con el credo y el escudo de los Estados Unidos
Centroamericanos que adorna la entrada de su casa en la zona 15. “Quisiera
que fuéramos una nación. Nací guatemalteco, pero quiero
morir centroamericano”, expresa. El ideal del estadista ha sido una constante
histórica desde 1821. ¿Qué haría falta esta vez para
aprobar la asignatura de la unión?
Un largo proceso
hacia la integración
Bajo tutela mexicana
> Tras la independencia las provincias centroamericanas, se produce la anexión
imperio mexicano de Iturbide.
El primer intento
> En 1822, el prócer José Cecilio del Valle publicaba en el
periódico El amigo de la Patria la siguiente visión del continente
de habla hispana: “Separadas unas de otras siendo colocadas en un mismo
hemisferio, el mediodía no existe para el norte, y el centro parece extranjero
para el sur”. Un año más tarde, Guatemala, El Salvador, Honduras,
Nicaragua y Costar Rica crean la República Federal Centroamericana.
Fracaso de la Federación
> En 1829, Costa Rica es la primera en abandonar la Federación. Hacia
1840, tras una guerra civil, no quedaba nada del intento de unión.
Las aspiraciones de Morazán
> En 1842, el hondureño Francisco Morazán, quien había
sido presidente de la Federación, se lanza a la conquista de las antiguas
provincias para resucitar la República Centroamericana. Ese mismo año
es derrocado y fusilado en Costa Rica. En respuesta, los otros países
crean una Confederación que duró hasta 1844.
Y las de Justo Rufino Barrios
> En 1884, el presidente de Guatemala, apoyado por Honduras, intentó resucitar
la unión, con la fuerza de las armas. Muere un año más tarde,
mientras luchaba contra tropas salvadoreñas.
Un intento sin Guatemala
> Antes de que finalizara el siglo, Honduras, Nicaragua y El Salvador volverían
a intentar crear una república federal, entre 1896 y 1898.
La idea de una
integración gradual
> En 1951, se creó la Organización de Estados Centroamericanos
(Odeca), para promover los desarrollos económico, social y cultural de
la región. La institución no pudo evitar enfrentamientos, como
la llamada Guerra del Futbol, entre Honduras y el Salvador, en 1969.
Hacia una unión económica
> En 1960 se firmó el tratado de creación del Mercado Común
Centroamericano, con vistas a sentar las bases para una Unión Económica.
Se impulsa
la integración política
> En 1991, se crea el Sistema de Integración Centroamericana (Sica),
cuyo órgano principal es la reunión de presidentes. Nació también
el Parlacen. |
“Es importante que los negociadores tengan capacidad técnica, que
se fortalezcan las instituciones y que los ciudadanos crean en el sistema”,
explica Claudia Escobar, de la asociación Fiddi, entidad dedicada a fomentar
la integración, la institucionalidad democrática y el estado de
Derecho. Aunque, quizá, lo más importante es que la clase política
esté dispuesta a ejercer colectivamente la soberanía, lo que implicaría,
por ejemplo, otorgar poderes vinculantes al Parlacen —hasta ahora limitado
a hacer recomendaciones—, para convertirlo en un órgano legislativo.
Pero, ¿serán capaces de crear un organismo supranacional eficiente
los mismos estados que no han podido satisfacer necesidades básicas de
su población? Una duda que Roberto Carpio responde con otras interrogantes. “¿Cómo
atacar problemas regionales como el crimen organizado, si Centroamérica
no actúa como nación? ¿Cómo beneficiarnos cuando
cada país compite con el vecino para dar facilidades a los inversionistas,
y no actuamos en forma común?”, cuestiona el político, con
la convicción de que la integración no debe confundirse con un
tratado de libre comercio.
Un comercio floreciente
En lo concerniente a lo económico, la integración ha dado pasos
más firmes. Las cifras hablan por sí solas. Según datos
del Sistema de Integración Económica Centroamericana, en 1985,
el comercio interregional no alcanzaba los US$500 millones. El año último,
el valor de las exportaciones dentro del mercado común alcanzó los
US$4 mil 427 millones. No sólo eso; con el 35.7 por ciento de las exportaciones,
Guatemala fue el principal vendedor de la región, seguido de Costa Rica
(24.4 por ciento) y El Salvador (23.2 por ciento).
En la actualidad, la producción local de Guatemala, El Salvador, Honduras,
Nicaragua y Costa Rica circula con libertad por el territorio, a excepción
de productos sensibles como el azúcar, el café y algunos derivados
del alcohol y del petróleo. En marzo del año recién pasado,
los presidentes acordaron dar el último paso hacia la unión aduanera.
Esto significa que se liberalizará el mercado para los productos protegidos
y que se permitirá a las mercancías procedentes de terceros países
circular sin restricciones.
“Los países pequeños son inviables en la globalización.
Si nos integramos, seremos un mercado más apetecible para las transnacionales,
generaremos más economías de escalas y lograremos más inversiones
centroamericanas, lo que repercutirá en crear más puestos de trabajo
y ofrecer mejores productos a mejores precios”, afirma Enrique Rivera Ortiz,
secretario de la Federación de Cámaras y Asociaciones Industriales
Centroamericanas y de República Dominicana.
El modelo europeo
En la región, el sector privado ha sido uno de los precursores de la integración,
atraído por un mercado de 37 millones de consumidores. Sin embargo, la
expansión comercial no ha implicado desarrollo humano. A la hora de ilustrar
sobre los beneficios de una integración regional se suele señalar
el caso de la Unión Europea, pero pocas veces se recuerda que el acelerado
desarrollo de países como Portugal, España, Irlanda o Grecia se
debió, en buena medida, a las ayudas proporcionadas por naciones más
ricas, como Alemania o Francia, para que modernizaran sus sectores productivos
y mejoraran sus infraestructuras.
En Centroamérica, el comercio intrarregional ha crecido de manera ininterrumpida
en los últimos 20 años, pero, si atendemos a los datos del Banco
Centroamericano de Integración, la mitad de sus habitantes vive en condiciones
de extrema pobreza, y el 10 por ciento de la población con ingresos más
elevados se beneficia de entre 30 y 40 por ciento del ingreso nacional. Es decir,
el crecimiento comercial, aunque saludable, no ha logrado solventar las cuentas
pendientes en cuestiones como la pobreza o la inequidad. Por eso, grupos civiles
se muestran preocupados por qué tipo de integración se debe construir.
“Tenemos que hablar de justicia social, de medio ambiente, de una política
agrícola común que salvaguarde la seguridad alimentaria, y eso
pasa por la democratización de la tierra y de los medios productivos.
Muy probablemente habrá gente que esté cansada de escuchar las
mismas cosas, pero es lo que sigue faltando”, explica Guillermo Barrios,
de Coordinación de Organizaciones no Gubernamentales y Cooperativas.
El debate está servido: la integración
puede traer grandes beneficios, pero lo que está por resolverse
es cómo conseguir que tales beneficios
sean para todos.
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