Semanario de Prensa Libre • No. 141 • 18 de Marzo de 2007

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D frente

Rafael Hernández
"Confieso que he vivido"
Velorio, cómico internacional, ha sido el portador del folclor guatemalteco en varios países

Por Francisco Mauricio Martínez
Foto Carlos Sebastián

Para Rafael Hernández las “malas palabras” no existen, lo único que hay son palabras mal dichas o pronunciadas. De lo que está seguro este cómico guatemalteco es que su éxito radica en el uso del lenguaje vulgar, que la mayoría de los guatemaltecos habla cotidianamente. “De esto, no cabe duda”, señala quien desde hace 52 años se dedica a hacer reír y lleva 34 de encarnar al cómico Velorio.

¿Por qué el seudónimo de Velorio?

Nací en el barrio de Gerona, en donde, por la década de 1940 y 1950, a los muertos los velaban en sus casas y era una verdadera fiesta donde regalaban licor, se jugaba cartas y contaban chistes. Yo quise dejar una remembranza de esa época, por eso elegí el nombre artístico de Velorio. Eso sucedió cuando vivía en Los Ángeles y vine a grabar mi primer disco, el cual tuvo como portada la fotografía de un velatorio.

"Si Dios me dijera: Vaya a aquel lado a hacer reír a las almas, yo iría, con mucho gusto, eso sí, sin ganar nada".

Rafael Hernández

¿Qué tanto han cambiado los velatorios?

La gente ya no amanece en las capillas; ahora, a las 10 de la noche, las funerarias ya están vacías. Se van porque son muy aburridos, y quienes asisten pasan el tiempo para verse la cara unos con otros y hablan tonterías de la vida cotidiana. Antes, la gente se distraía, inclusive, muchas parejas se conocieron en un funeral y al final resultaron siendo esposos.

Antes de Velorio le decían Gorilita, ¿por qué?

Los apodos, en los barrios, siempre son divertidos y no sé por qué me pusieron así. Algunos amigos de mi infancia aún me dicen Gorilita y yo les digo: No me digas así, mejor decime Velorio y me contestan: No puedo, yo te conocí como Gorilita. Los apodos son un sello para toda la vida, no hay para dónde. Que le dejen de decir Conejo al presidente es imposible. Hay personas que piensan mucho en el nombre que le van a poner a sus hijos y en la escuela se resultan paseando en ellos con un apodo. En Gerona, por ejemplo, había un zoológico pues existía una Lombriz, Gorila, Rana y un montón de apodos.

¿Existe diferencia entre Rafael Hernández y Velorio?

Yo veo a Velorio ajeno a Rafael Hernández. El segundo es el empresario del primero, con quien hay que hablar para que Velorio vaya a actuar a algún lado. Hernández es una persona común y corriente a la que le gustan las cosas buenas. Velorio es el malcriadote que va al escenario a contar chistes. Es la imagen del guatemalteco vulgar y me refiero a albañiles, abogados, médicos, científicos e intelectuales... todos son vulgares. Miguel Ángel Asturias era vulgar, me lo han contado y, si no, veamos la obra El Señor Presidente. He sido el portador del folclor de Guatemala a través de la palabra.

Para usted, ¿qué es ser “malcriado”?

Es usar algunas de las expresiones que más dice el guatemalteco cuando platica. Para mí, son parte del folclor, porque fueron aceptadas y están escritas en el Diccionario de la Real Academia Española; así que no son malas, sino buenas. No se le puede llamar vino a la cerveza, si es vino. Esto es lo que hace Velorio, utilizar el lenguaje de los patojos y viejos de Guatemala.

Entonces, ¿por qué se escandaliza la gente?

Las religiones se han venido a pasear en todo; el evangelista no quiere oír “malas palabras” y los únicos malcriados, escandalosos y borrachos somos los católicos, pero eso es pura hipocresía, porque en el fondo todos quieren ser malcriados. Cuando alguna pareja de esposos se pelea es mejor que se digan malas palabras y no que se golpeen. En la calle muchos conductores pitan, hace señas y dice vulgaridades, lo cual es menos grave que si se bajan del automóvil, porque la cosa se pondría peligrosa. Yo nunca he peleado y el día que me toque me van a pegar, pero sí he insultado a medio mundo.

“Morir de la risa” ¿es sólo una hipérbole?

En algunas reuniones he contado chistes que la gente se ha pasado hasta media hora riéndose y no puedo continuar porque la risa no lo permite. Una vez, en Los Ángeles, se iba a morir un argentino en una reunión de amigos, debido a que se ahogó con su propia risa, cayó al piso y comenzamos todos a darle aire. Hubiera sido algo fenomenal, un titular: Velorio mata de la risa a una persona. Hubiera sido fantástico.

¿Cómo aprendió a hacer reír?

Cuando tenía 10 años escuchaba los boletines de la Huelga de Dolores en el parque central y me daba cuenta cómo insultaban a monseñor y al presidente y veía cómo la gente se mataba de la risa, entonces, crecí con eso. Yo comencé a conocer a las prostitutas cuando tenía siete años, en la 17 calle de la zona 1, debido a que era amigo de los hijos de ellas y espiábamos... entonces, ¿cómo no puede estar mi mente pícara y putrefacta? Pero así me tocó nacer y vivir. Yo fui niño de calle, pues lustraba, vendía periódicos y chicles. El Centro Histórico siempre ha sido mi casa y aquí me quiero morir, porque en este lugar me gané mis primeros centavos y lo sigo haciendo de viejo.

¿Cuál es su principal veta de chistes?

A mí me alimenta la gente en la calle, porque saben que vivo de los chistes. Me los cuentan y si (alguno) es bueno lo apunto y si es malo lo olvido. Lo que me gusta de un chiste es que tenga actualidad, como el de Álvaro Colom, que le preguntó a un ciego: ¿Me conoces? (con su característica vos) y el no vidente le contestó: Vos sos Colom. Verdad que mirás, hijo de..., le respondió el presidenciable.

¿Cuáles son los chistes que más fama le han dado?

El éxito de Velorio se debe al personaje Tío Chema Orellana, quien fue un anciano que nació en Estanzuela, Zacapa, y no conocí; pero me contaron sus anécdotas y empecé a grabar, hasta que llegó el momento en que este personaje dejó de ser zacapaneco y se convirtió en internacional. Cuento chistes de todo tipo de indígenas, negros, gays, Pepito, turcos, gringos, de todo. He grabado mil 200 chistes.

¿Ha tenido problemas por algunos chistes?

No. A todas las personas que les he hecho chistes, hasta gracias me han dado. La familia de Tío Chema, cuando me encuentra, me echa bendiciones. Creo que hacerle chiste a una persona es enaltecerla y debería sentirse orgullosa. Cuando comencé a actuar era imitador y lo hice con (los presidentes) Kjell (Laugerud), (Miguel) Ydígoras, Julio César Méndez y (Carlos) Arana. A Ydígoras es el que más chistes le he hecho, debido a que tres veces fue candidato a la presidencia y el pueblo lo catalogaba como un personaje loco; a Méndez, como borracho y Kjell, por trompudo.

"Bien bebido,
pero mal comido"
> Nació en el barrio de Gerona en 1939 y a los 15 años se trasladó al de La Candelaria, ambos en la zona 1.

> Su cambio de residencia coincidió con su inicio en el mundo del espectáculo, pues durante las noches actuaba en clubes nocturnos de la capital.

> En 1969 se fue a vivir a Los Ángeles, California, y en 1973 regresó al país con el único objetivo de grabar su primer disco de chistes.

> En esa ciudad vivió hasta 1997 y regresó a Guatemala debido a su edad. Desde hace 10 años administra un parqueo.

> Durante los últimos años ha sido sometido a varias cirugías de la próstata y el colon. Al respecto, dice: “Cualquier mal lo acepto con cariño, porque reconozco que he llevado una vida muy desordenada, bien fumado, bien bebido y mal comido”.

¿Se ha reído de usted mismo?

Sí, cuando estoy en público siempre digo: Yo tengo sangre de oriente por mi mamá, de la costa sur por mi papá y de Puerto Barrios por un amigo de mi papá (me imagino el brinco que ha de dar mi mamá dentro de su tumba).

¿Hacer reír le ha dado fortuna?

Me ha dado para vivir tranquilo. Yo nunca me he atenido a las actuaciones y por eso siempre he estado en el negocio (en los 28 años que estuvo en Estados Unidos, junto a su esposa tuvo un supermercado y un restaurante y, en la actualidad, administra un parqueo). Pero me ha dado la fortuna de haber llegado al corazón de los guatemaltecos. Me voy tranquilo de esta vida, pues siento que hay muchas personas que me quieren, porque es triste que una persona se muera y digan: Se murió este hijo de tantas... creo que el día que yo ya no esté en este mundo muchas personas van a llorar, pero me voy satisfecho de haberle dado a Guatemala el personaje Velorio.

Ha pensado alguna vez en la muerte?

No le tengo miedo. La muerte es una transformación a una vida mejor, porque si uno tiene salud vale la pena vivir, pero si no la tiene, no vale la pena, porque por más que uno tenga bienes materiales, ya no se puede disfrutar. Entonces, ¿para qué estar en este mundo robando oxígeno‘? Yo me he reído de la muerte y no tengo por qué acobardarme a la hora de cerrar los ojos.

Puede decirle a la vida: “Nada te debo, nada me debes”.

Cometí muchos errores y el primero fue haber pasado una etapa de mi juventud en la política, que es lo más asqueroso que he visto en mi vida. Muchos años de mi trabajo los dediqué a la vida nocturna, fui maestro de ceremonia de strip tease, compartí el escenario con mujeres desnudas en distintos centros de la capital. Ahora que tengo fama, estoy enfermo y no puedo cumplir con muchos contratos; pero no protesto porque ya viví... tengo 67 años de edad y reconozco que he llevado una vida desordenada. Tengo 67, pero vividos 134. Como dijo Pablo Neruda: “Confieso que he vivido”. Viajé por toda Europa y América y cuando hice giras en Estados Unidos, volaba hasta 54 horas en 16 días. Cuando yo no había subido a un avión, le dije a Dios: Señor, yo quiero subir en un aparato de esos, y se le fue la mano, porque cuando subía a las aeronaves terminaba con el fondillo escaldado.

¿Cree en la vida después de la muerte?

Creo mucho en eso y considero que no estoy por gusto en la Tierra, sino que alguien me mandó para acá. Cuando morimos nuestro espíritu se da cuenta de lo que hacen nuestros seres queridos y si uno ha sido una persona buena tiene un premio y lo mandan a la luz eterna; pero si es malo lo regresan al infierno que es éste que vivimos en la Tierra.

Y en esa vida ¿va a seguir siendo cómico?

Si me lo permiten sí, pero como es en espíritu creo que no nos vamos a reconocer por allá. Solamente que Dios lo permitiera y me dijera: Vaya a aquel lado a hacer reír a las almas, yo iría con mucho gusto, eso sí, sin ganar nada, porque ahí no hay dinero. Lo que ha arruinado al mundo es la moneda y la ambición.


   

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