Los dayaks
De cortadores de cabezas
a tribu amenazada
Viven en el interior de Borneo, la cuarta isla más grande
del mundo, ubicada entre Indonesia, Malasia y Brunei
Por Redacción Revista D
La fiera tribu de los
dayaks, temidos cortadores de cabezas, ha habitado durante siglos
a lo largo de los 950 kilómetros del río Mahakam,
uno de los más largos de la isla de Borneo. Ahora el clan
tiene que adaptarse a los nuevos tiempos y permanecer con amenaza
de extinción...
En los márgenes del río Mahakam se alinean incontables pequeñas
aldeas flotantes. Las aguas reflejan, como espejos, ropas tendidas al sol,
mujeres bañándose, niños jugando e incesantes idas y venidas
en barcas. Pocos kilómetros selva adentro se escucha con claridad el
canto de pájaros de intensos colores azul eléctrico y amarillo
que cruzan como relámpagos el río, una y otra vez. Desde la atalaya privilegiada de los árboles, monos proboscis
o narigudos, endémicos de los bosques tropicales borneos,
siguen con curiosidad el paso de los visitantes.
Borneo, la cuarta isla más grande del mundo, ubicada entre
Indonesia, Malasia y Brunei, cuenta aún con áreas
tan desconocidas que las expediciones biológicas descubren
especies nuevas cuando las visitan, como el “carnívoro
rojo” fotografiado por WWF el año pasado.
Fuera de la selva, sin embargo, y de vuelta a la arteria fluvial
del Mahakam, sus aguas reflejan también la rápida
desaparición de los modos tradicionales de vida de los dayaks.
Poderes sobrenaturales
La decapitación de sus enemigos se basaba en la creencia
animista de que las cabezas poseían grandes poderes sobrenaturales
que serían transferidos al poseedor de las mismas.
La transmisión se efectuaba mediante un elaborado ritual
en el que tobillos y muñecas del cazador se marcaban con
detallados tatuajes. Más de un siglo después de que
estos ritos fueran prohibidos por los colonizadores holandeses,
las ceremonias han substituido las cabezas humanas por aquellas
de animales, mientras los vistosos tatuajes cumplen ahora tan sólo
una función ornamental, tanto en hombres como en mujeres.
El cese de los ataques de tribus rivales ha vaciado también
de significado a los lamin, casas de madera tradicionales de los
dayaks, en las que vivían juntas varias familias extensas,
para buscar protección.
Aún así, muchas de estas viviendas se conservan,
como sucede en la pequeña aldea de Eheng, donde viven alrededor
de 200 personas en la mayor casa comunal.
Convertida en un centro de artesanía tradicional durante
el día, donde se entrelazan a mano bolsos y cestas de mimbre,
por la noche su largo comedor acoge cenas, relatos, peleas, danzas
y rituales chamánicos cuando alguno de los familiares cae
enfermo.
Según las creencias dayaks, la enfermedad aparece porque
se ha ofendido a algún espíritu, y el alma ha abandonado
el cuerpo.
El ritual está marcado por el sonido de decenas de tambores
que resuenan durante 12 horas —desde el atardecer hasta el
alba— en la casa del enfermo. Su objetivo es lograr la vuelta
del alma y, con ella, la cura del cuerpo.
Durante el día, sólo el chamán y los familiares
más directos se pueden acercar al enfermo, y su presencia
se marca con la señal de una calavera dibujada con tiza
blanca sobre los postes de madera de la casa.
Tradiciones que se pierden
Escondido frente a Eheng, al otro lado de la carretera, hay un
cementerio dayak con decorados monumentos funerarios de madera
de más de un siglo de antigüedad.
Con la conversión al cristianismo o al islam, estos cementerios
han sido abandonados por todos, excepto por los más ancianos,
que explican su historia a todo el que quiera sentarse a escucharla.
Particularidades
> La raza dayak es de piel clara (parecidos a los
chinos) con caras redondas, de rasgos bien definidos
y ojos ligeramente sesgados. Son físicamente imponentes,
más altos que la mayoría de los asiáticos,
y musculosos.
> Prefieren cazar con cerbatanas
y dardos venenosos o lanzas, en lugar de los pedreñales
hechos a mano al estilo de Daniel Boone.
> Cada vez más, los jóvenes
dayaks dejan sus aldeas para trabajar en empresas de petróleo
y de madera, o para tomar trabajos humildes en los pueblos
en auge de Kalimantan. |
Otras costumbres, como el símbolo de belleza que representaban
las orejas largas de las mujeres —estiradas hasta los hombros
por el peso de decenas de pendientes— son seguidas por algunas
jóvenes, pero ignoradas por muchas otras. Bua Geh, de 83
años (en fotografía), es la última superviviente
con largas orejas perforadas de Tering, un pueblo convertido al
cristianismo hace 40 años, desde que su hermana, de 81 años,
falleció hace unos meses. Para encontrar comunidades que conserven estas tradiciones centenarias
es necesario desplazarse cada vez más y más hacia
el interior del río Mahakam, abordando una avioneta hasta
Long Ampung o aventurándose más allá de los
rápidos de Long Bangun con un guía experto.
Madereras, papeleras, plantaciones de palma de aceite y compañías
mineras se multiplican en los kilómetros más cercanos
a la desembocadura.
Miles de troncos y toneladas de carbón descienden cada día
por el Mahakam hasta Samarinda, la próspera ciudad construida
en su delta y cuyos alrededores arden en incendios provocados cada
temporada seca.
La rara orquídea negra, la joya del Parque de Orquídeas
de Barong
Tongkok, podía encontrarse antes de los incendios de 1998
en un territorio que cubría cinco mil hectáreas,
pero sólo 17 de ellas sobrevivieron al fuego.
Unos pocos días allí, caminando entre descampados
por la tala ilegal o por el fuego, son suficientes para creer las
estimaciones que apuntan que en una década habrá desaparecido
toda la selva virgen de Borneo y, con ella, gran parte de las tradiciones
dayaks. |