Semanario de Prensa Libre • No. 142 • 25 de Marzo de 2007

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D cultura

La cultura, una industria en ascenso
David y Goliat, el dúo antagónico: “economía y cultura”, bien podría dejar por un lado sus diferencias

Por Luisa Fernanda González*

Es un fin de semana común en Guatemala, aburrido como la mayoría; los niños, jóvenes y adultos encuentran en las salas de cine una buena opción de entretenimiento. Y así se logra que públicos que superan las 107 mil personas hagan de películas como La Era del Hielo 2 o El Código Da Vinci éxitos de taquilla que recauden en un fin de semana hasta Q2.3 millones.

Pero lo que pasa desapercibido para muchos es que el fenómeno de altas audiencias que se dan en las funciones cinematográficas se repite también en la música, por ejemplo, la venta del reciente disco de Alejandro Sanz, cantante capaz de llenar los graderíos de un estadio de futbol; y aunque menos frecuente también sucede con la industria editorial, no es raro preguntar en una librería por el nuevo libro de Gabriel García Márquez y que la respuesta sea: “agotado”.

David y Goliat, de Michelangelo Merisi da Caravaggio
(1571-1610).

Estos tres ejemplos que se dan en los sectores audiovisuales, fonográficos y editoriales integran una parte muy importante de lo que se conoce como Industria Cultural (IC).

Pero, ¿cuál es la motivación por averiguar cuánto genera esta industria a una nación determinada? Países más desarrollados iniciaron hace 10 años estudios para determinar cuál es el peso de la cultura sobre sus economías.

Las respuestas fueron sorprendentes, al punto de que se demostró que en los países desarrollados la IC significa entre un 3 y 5 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), y supera por muchos sectores como el automovilístico o la pesca.

Según las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) el comercio global de bienes culturales se cuadruplicó entre 1980 y 1998, alcanzando un valor de US$380 mil 900 millones.

A partir de datos como los anteriores, muchos gobiernos europeos promovieron el desarrollo de investigaciones sobre el binomio: economía y cultura. En la actualidad escuchar la frase: “La cultura vende”, no resulta extraño. Esto debido en gran parte a que uno de los principales aportes en el comercio de productos y servicios culturales procede del elevado movimiento que genera la IC. Principalmente la audiovisual, fonográfica y editorial; debido a su producción y distribución en masa.

Los países de la Comunidad Andina (Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela) también emprendieron, en 1999, una serie de estudios que respaldaron la formulación de las políticas culturales y coadyuvaron a botar el estereotipo de la cultura como demandante total de recursos.

El David y Goliat, en la IC

Al continuar con un análisis centrado estrictamente al plano económico, la IC también ocasiona controversia. Según el especialista en estudios culturales, George Yudice, 90 por ciento de las ganancias que genera el sector a nivel mundial se la llevan las grandes transnacionales (majors) de la industria cinematográfica y fonográfica que poseen los derechos de autor y distribución.

En el caso del libro para Latinoamérica, la diferencia idiomática redunda en que sean editoriales españolas y latinoamericanas las principales proveedoras del mercado hispano parlante. Sin embargo, en 2003, Estados Unidos encabeza la lista de exportación de libros del continente al mundo con 73.8 por ciento.

El monopolio que las grandes transnacionales mantienen sobre la IC debería conducir a que los países menos desarrollados promuevan una política cultural que fortalezca a las pequeñas y medianas empresas productoras de las industrias culturales.

Aquí, el análisis hay que verlo desde otra perspectiva, pues si las transnacionales mantienen un poder hegemónico sobre el mercado de bienes culturales, cuál es el interés de los gobiernos en ejercer para la IC una política cultural orientada a lo local.

Por razones de escala y tamaño del mercado el planteamiento no debe ser competir con las transnacionales, pues resulta casi imposible, pero sí compete al Gobierno implementar una estrategia a largo plazo que tenga por objetivo crear las condiciones necesarias para crear y vender cultura.

Según la Unesco
La Industria Cultural tiene las siguientes características:

> Su materia prima es una creación protegida por el derecho de autor y fijada sobre un soporte tangible o electrónico.

> Su producción, conservación y distribución es hecha en serie y su distribución es generalmente masiva.

> Posee procesos propios de producción, circulación y apropiación social.

> Está articulada a las lógicas de mercado y a la comercialización o tiene el potencial para entrar en ellas.

> Son lugares de integración y producción de imaginarios sociales, conformación de identidades y promoción de ciudadanía.

> En principio se pueden incluir las siguientes actividades: Radio, televisión, revistas, música, libros, prensa, cine, videos, artes escénicas, artes visuales, artesanía (aunque no forzosamente protegida por el derecho de autor se incluye por su importancia social, identitaria y económica), publicidad, nuevas tecnologías, educación artística, patrimonio material e inmaterial y turismo cultural.

Estas incluyen un fomento a la creación, producción y comercialización, incentivos fiscales favorables al sector y brindar un marco legal que regule el mercado. Esto con el objetivo de lograr un desarrollo de la industria nacional y un fortalecimiento de la identidad nacional a través de los productos culturales nacionales.

La Industria Cultural en Guatemala

En el plano nacional, hablar de industria cultural resulta ridículo, debido a que prácticamente es inexistente. En el sector audiovisual, las producciones para cine y televisión son mínimas. Situación similar sucede con la industria fonográfica, en donde las seis casas disqueras locales apenas sobreviven.

Según Ricardo Villanueva, gerente general de Circuito Alba, 95 por ciento de lo que se exhibe en las salas de cine locales proviene de Hollywood. Es decir, el país es subdesarrollado en la producción, pero no en el consumo de productos culturales extranjeros.

En el caso de la industria editorial nacional, existe una visión más clara, ya que están organizadas a través de una gremial. Las estadísticas generadas registran un aumento en el número de casas editoriales que del año 2002 al 2005, pasaron de 63 a 169; durante el mismo período la producción de títulos por año también experimentó un alza al pasar de 585 a 1,800. Sin embargo, este aumento creciente es muy frágil debido a algunas condiciones desfavorables.

Un ejemplo muy significativo es la desventaja con la región centroamericana, al ser Guatemala el único país donde el consumidor paga el IVA por la compra de libros. Adicionalmente, el fenómeno de dependencia creado por el dinero recibido por la comunidad internacional post firma de los Acuerdos de Paz, provocan una fragilidad en el mantenimiento de las casas editoras en el largo plazo.

Muchas editoriales se ven en la necesidad de recurrir a la venta de objetos secundarios para financiar futuras ediciones debido al lento proceso que conlleva llegar al consumidor final.

Para William Latham, gerente de la Editorial Antigua, independientemente de los factores que pueden afectar la producción y distribución, uno de los problemas más serios que enfrentan, es que el consumidor nacional no invierte en autores guatemaltecos, y añade: “Si la compra no es obligada, en Guatemala no se adquieren libros”.

En este sentido, la restitución en octubre de 2003 del Consejo Nacional del Libro (CONALIBRO), y el reciente cumplimiento, 23 de febrero 2007, de su objetivo de formular las políticas nacionales del libro, la lectura, las bibliotecas y la escritura para el país, son un ejemplo cuya metodología de trabajo puede servir de modelo para lo que se espera pueda ser una industria audiovisual y fonográfica, las cuales están muy rezagadas.

(* Máster en Gestión y Políticas Culturales, Universidad de Gerona, España)

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