La cultura, una industria en ascenso
David y Goliat, el dúo antagónico: “economía y cultura”, bien podría dejar por un lado sus diferencias
Por Luisa Fernanda González*
Es un fin de semana común en Guatemala, aburrido como la mayoría;
los niños, jóvenes y adultos encuentran en las salas de cine una
buena opción de entretenimiento. Y así se logra que públicos
que superan las 107 mil personas hagan de películas como La Era del Hielo
2 o El Código Da Vinci éxitos de taquilla que recauden en un fin
de semana hasta Q2.3 millones. Pero lo que pasa desapercibido para muchos es que el fenómeno de altas
audiencias que se dan en las funciones cinematográficas se repite también
en la música, por ejemplo, la venta del reciente disco de Alejandro Sanz,
cantante capaz de llenar los graderíos de un estadio de futbol; y aunque
menos frecuente también sucede con la industria editorial, no es raro
preguntar en una librería por el nuevo libro de Gabriel García
Márquez y que la respuesta sea: “agotado”.

David y Goliat, de Michelangelo Merisi da Caravaggio
(1571-1610). |
Estos tres ejemplos que se dan en los sectores audiovisuales, fonográficos
y editoriales integran una parte muy importante de lo que se conoce
como Industria Cultural (IC).
Pero, ¿cuál es la motivación por averiguar
cuánto genera esta industria a una nación determinada?
Países más desarrollados iniciaron hace 10 años
estudios para determinar cuál es el peso de la cultura sobre
sus economías.
Las respuestas fueron sorprendentes, al punto de que se demostró que
en los países desarrollados la IC significa entre un 3 y
5 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), y supera por muchos
sectores como el automovilístico o la pesca.
Según las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia
y la Cultura (Unesco) el comercio global de bienes culturales se
cuadruplicó entre 1980 y 1998, alcanzando un valor de US$380
mil 900 millones.
A partir de datos como los anteriores, muchos gobiernos europeos
promovieron el desarrollo de investigaciones sobre el binomio:
economía y cultura. En la actualidad escuchar la frase: “La
cultura vende”, no resulta extraño. Esto debido en
gran parte a que uno de los principales aportes en el comercio
de productos y servicios culturales procede del elevado movimiento
que genera la IC. Principalmente la audiovisual, fonográfica
y editorial; debido a su producción y distribución
en masa.
Los países de la Comunidad Andina (Bolivia, Colombia, Ecuador,
Perú y Venezuela) también emprendieron, en 1999,
una serie de estudios que respaldaron la formulación de
las políticas culturales y coadyuvaron a botar el estereotipo
de la cultura como demandante total de recursos.
El David y Goliat, en la IC
Al continuar con un análisis centrado estrictamente al plano
económico, la IC también ocasiona controversia. Según
el especialista en estudios culturales, George Yudice, 90 por ciento
de las ganancias que genera el sector a nivel mundial se la llevan
las grandes transnacionales (majors) de la industria cinematográfica
y fonográfica que poseen los derechos de autor y distribución.
En el caso del libro para Latinoamérica, la diferencia idiomática
redunda en que sean editoriales españolas y latinoamericanas
las principales proveedoras del mercado hispano parlante. Sin embargo,
en 2003, Estados Unidos encabeza la lista de exportación
de libros del continente al mundo con 73.8 por ciento.
El monopolio que las grandes transnacionales mantienen sobre la
IC debería conducir a que los países menos desarrollados
promuevan una política cultural que fortalezca a las pequeñas
y medianas empresas productoras de las industrias culturales.
Aquí, el análisis hay que verlo desde otra perspectiva,
pues si las transnacionales mantienen un poder hegemónico
sobre el mercado de bienes culturales, cuál es el interés
de los gobiernos en ejercer para la IC una política cultural
orientada a lo local.
Por razones de escala y tamaño del mercado el planteamiento
no debe ser competir con las transnacionales, pues resulta casi
imposible, pero sí compete al Gobierno implementar una estrategia
a largo plazo que tenga por objetivo crear las condiciones necesarias
para crear y vender cultura.
Según la Unesco
La Industria Cultural tiene las
siguientes características:
> Su materia prima es una creación
protegida por el derecho de autor y fijada sobre un soporte
tangible o electrónico.
> Su producción, conservación
y distribución es hecha en serie y su distribución
es generalmente masiva.
> Posee procesos propios de producción,
circulación y apropiación social.
> Está articulada a las
lógicas de mercado y a la comercialización
o tiene el potencial para entrar en ellas.
> Son lugares de integración
y producción de imaginarios sociales, conformación
de identidades y promoción de ciudadanía.
> En principio se pueden incluir
las siguientes actividades: Radio, televisión,
revistas, música, libros, prensa, cine, videos,
artes escénicas, artes visuales, artesanía
(aunque no forzosamente protegida por el derecho de autor
se incluye por su importancia social, identitaria y económica),
publicidad, nuevas tecnologías, educación
artística, patrimonio material e inmaterial y
turismo cultural. |
Estas incluyen un fomento a la creación, producción
y comercialización, incentivos fiscales favorables al sector
y brindar un marco legal que regule el mercado. Esto con el objetivo
de lograr un desarrollo de la industria nacional y un fortalecimiento
de la identidad nacional a través de los productos culturales
nacionales. La Industria Cultural
en Guatemala
En el plano nacional, hablar de industria cultural resulta ridículo,
debido a que prácticamente es inexistente. En el sector
audiovisual, las producciones para cine y televisión son
mínimas. Situación similar sucede con la industria
fonográfica, en donde las seis casas disqueras locales apenas
sobreviven.
Según Ricardo Villanueva, gerente general de Circuito Alba,
95 por ciento de lo que se exhibe en las salas de cine locales
proviene de Hollywood. Es decir, el país es subdesarrollado
en la producción, pero no en el consumo de productos culturales
extranjeros. En el caso de la industria editorial nacional, existe una visión
más clara, ya que están organizadas a través
de una gremial. Las estadísticas generadas registran un
aumento en el número de casas editoriales que del año
2002 al 2005, pasaron de 63 a 169; durante el mismo período
la producción de títulos por año también
experimentó un alza al pasar de 585 a 1,800. Sin embargo,
este aumento creciente es muy frágil debido a algunas condiciones
desfavorables.
Un ejemplo muy significativo es la
desventaja con la región
centroamericana, al ser Guatemala el único país donde
el consumidor paga el IVA por la compra de libros. Adicionalmente,
el fenómeno de dependencia creado por el dinero recibido
por la comunidad internacional post firma de los Acuerdos de Paz,
provocan una fragilidad en el mantenimiento de las casas editoras
en el largo plazo.
Muchas editoriales se ven en la necesidad de recurrir a la venta
de objetos secundarios para financiar futuras ediciones debido
al lento proceso que conlleva llegar al consumidor final.
Para William Latham, gerente de la Editorial Antigua, independientemente
de los factores que pueden afectar la producción y distribución,
uno de los problemas más serios que enfrentan, es que el
consumidor nacional no invierte en autores guatemaltecos, y añade: “Si
la compra no es obligada, en Guatemala no se adquieren libros”.
En este sentido, la restitución en octubre de 2003 del Consejo
Nacional del Libro (CONALIBRO), y el reciente cumplimiento, 23
de febrero 2007, de su objetivo de formular las políticas
nacionales del libro, la lectura, las bibliotecas y la escritura
para el país, son un ejemplo cuya metodología de
trabajo puede servir de modelo para lo que se espera pueda ser
una industria audiovisual y fonográfica, las cuales están
muy rezagadas.
(* Máster en Gestión y Políticas Culturales,
Universidad de Gerona, España)
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