Justo lo que hace falta
El Comercio Justo defiende que se pague a los productores precios que les permitan tener una vida digna. Algunos lo definen como un intercambio más humano; otros, como un mercado solidario, y casi todos como una alternativa necesaria
Por Gemma Gil Flores
Foto Carlos Sebastián
Nació de las manos de una mujer q’eqchi’ en Alta Verapaz, pero su destino está al otro lado del Atlántico. En el mercado europeo podrá obtener remesas con las que mejorar el desarrollo de su comunidad. Su nombre es quitapenas y es una de las artesanías estrella en las tiendas de la organización Setem. De acuerdo con el perfil típico de los compradores de esta federación, las pequeñas muñecas acabarán debajo de la almohada de una española de clase media que habrá pagado Q20 por ellas, cuatro veces más que su precio en el mercado guatemalteco; una diferencia de precio que no depende sólo del poder adquisitivo del público comprador, sino de la filosofía que ha hecho posible el viaje interoceánico del quitapenas.
Setem es una federación que fomenta el Comercio Justo; o lo que es lo mismo: un relación de intercambio que garantice una vida digna para los productores, que respete el medio ambiente, que no esté ensuciada por la explotación infantil y que se complemente con un consumo responsable.

La Casa del Amaranto es la nueva tienda de Chikach en la capital. En sus vitrinas se ofertan champúes, jabones, velas, mermeladas. Todo es orgánico. |
Los productos beneficiados de este tipo de comercio, que el próximo 12 de mayo celebra su día, son agrícolas —fundamentalmente, café, té, cacao, banano, flores y miel— o artesanales —textiles, joyerías, cerámicas—. Como nota común todos viajarán al norte en el marco de una relación a largo plazo, en la que los productores recibirán el pago antes de que se venda el fruto de su trabajo.
“Las importadoras realmente asumen el mayor riesgo, ya que se enfrentan a todos los problemas del mercado real, pero mantienen una relación de compañeros de viaje con los grupos productores. Se autoimponen criterios estrictos, por ejemplo, comprar cada año una cantidad que sea como mínimo equivalente al 70 por ciento de lo que se les compró el anterior. Además, tratan de trabajar con los grupos más desfavorecidos y compensarlo con productos de otros grupos con los que se sabe que las ventas están aseguradas”, detalla Mónica Gómez, responsable de Comercio Justo de la organización española.
Al igual que el quitapenas, algunas de las chalinas y los bolsos que se venden en las tiendas de Setem son elaboradas por Aj Quen, una asociación creada en la década de 1980 por viudas del conflicto armado. “Al principio, pensaron que vender en el exterior les significaría un mejor ingreso”, explica Lorenzo Muxtay, representante de los artesanos. Sin embargo, tras entrar en el mercado solidario, lo que empezó como negocio se convirtió en una estrategia de desarrollo. “No nos interesa sólo vender, nos preocupa lo social y lo político. Tenemos 24 capacitaciones al año con temas como participación ciudadana, cultura democrática o proyectos productivos. Cualquier grupo que quiera unirse tiene que demostrar que quiere participar”, aclara José Víctor Pop, coordinador general de esta asociación. “Estamos certificados internacionalmente”, añade con orgullo, y eso a pesar de que Aj Quen no sólo está enfocada a la exportación. “También participamos en ferias locales y cuando nos preguntan por qué nuestros productos son más caros les decimos que es para apoyar a las artesanas, que son textiles de primera calidad y que no utilizamos tintes tóxicos. La gente que compra es porque tiene conciencia”, continúa Muxtay.
Guatemala es pionera
De acuerdo con la Asociación Europea de Comercio Justo (EFTA), en Centroamérica, este tipo de intercambio supone del 15 al 20 por ciento del volumen de exportación disponible y la cuota continúa creciendo. Sin embargo, en Guatemala, el público no está familiarizado con estos conceptos, lo que no deja de resultar paradójico.
El mes pasado, los Brick Awards, los llamados Óscar a la labor solidaria en Estados Unidos, premiaron a Mercado Global, una organización de aquel país que trabaja desde 2004 con 170 mujeres de cooperativas guatemaltecas. La venta de sus textiles y artesanías bajo los principios del Comercio Justo les ha permitido mandar a sus hijos a la escuela y mejorar su nivel de vida.
No sólo eso, Guatemala fue pionera a la hora de poner sus productos en el mercado alternativo. En 1973, tres organizaciones de la Federación de Cooperativas Agrícolas de Productores de Café de Guatemala (Fedecocagua), la San Juan Bautista, de Jutiapa, y la Tajumulco y la San Antonio Huista, de Huehuetenango, exportaron por primera vez café bajo condiciones de mercado justo, logrando abrir un camino que sirvió de referente para el mundo en desarrollo.
Jorge Martínez aún recuerda aquel año en que la San Juan Bautista, aún activa, envió parte de su producción a Holanda con el nombre de Indio Kaffee. A sus 94 años, sigue visitando cada día la finca Mis ilusiones donde aún cultiva café. Su larga experiencia vital le dice que eso que se da en llamar comercio con justicia es fruto del cooperativismo al que ha dedicado su vida. “A finales de la década de 1960, recibí una revista de la Universidad de San Carlos en la que hablaba del tema. La teníamos que leer a escondidas, porque por esas cosas te acusaban de comunista. Después la Fedecocagua nos llevó a Honduras y Nicaragua y vimos otras experiencias que nos demostraron que la unión hace la fuerza. ¿No cree usted que la palabra justo se debería aplicar a todo? Porque, dígame:, ¿qué es el comercio injusto?”, cuestiona Martínez.
La certificación
Treinta y cuatro años después de aquella primera exportación, Guatemala aporta 15 por ciento del volumen mundial de café vendido como Comercio Justo (de acuerdo con el informe elaborado por Pierre W. Johnson para el PNUD); un café que para que pueda ser considerado como tal ha de tener un sello de garantía internacional.
La certificación comenzó a finales de la década de 1980 para garantizar que el Comercio Justo cumplía con sus objetivos; un paso necesario para lograr la confianza de los consumidores.
En 1997, las múltiples iniciativas para crear sellos de certificación desembocaron en la creación de la Organización de Etiquetado de Comercio Justo (FLO). Gracias a este esfuerzo de reglamentación, muchas cooperativas lograron la credibilidad suficiente para colocar sus mercancías en cadenas de supermercados. Un buen ejemplo local es Aj Quen, asociación que vende sus textiles a las tiendas Paiz.
Llegados a este punto, el problema para muchos pequeños productores era asumir las inspecciones y cumplir con los procesos que supone la certificación. En respuesta, algunos grupos regresaron a las raíces para reivindicar el comercio solidario.
“Intercambio Solidario”
“Se trata de un modelo de intercambio que no tiene como prioridad la exportación, sino las relaciones entre comunidades locales. El objetivo tampoco es lucrarse, sino satisfacer las necesidades básicas de las familias y reconstruir el tejido social”, afirma Jeremías Hernández, coordinador de la Red Alternativa de Intercambio Solidario (RAIS).
Hernández habla de fomentar el trueque y los conocimientos ancestrales, de vivir con respeto al medio ambiente y de diversificar la producción. ¿Idealista? Él prefiere decirse optimista, porque “somos humanos, no sólo por lo que producimos”. Para los escépticos, ahí están los ejemplos: Si a Mariano Camajá, vecino de Cunén (Quiché), le hubieran dicho que sus champúes y sus mermeladas estarían a la venta en una tienda de la capital, probablemente, no se lo hubiera creído.
“Nosotros mismos estamos trabajando desde el cultivo hasta el envasado. Nos han enseñado a mover nuestros productos, y conservar la cultura, porque usamos las enseñanzas de nuestros antepasados que vivían sin químicos”, expresa, sosteniendo una mata de albahaca, en una mano, y un pequeño frasco de aceite, en la otra. Hace tres años, Camajá lograba a duras penas vender su producción en la feria semanal de su pueblo. Ahora sabe que las tiendas Chikach adquirirán su producción y se encargarán de su venta, “y eso te permite trabajar más tranquilo”.
Cuatro tiendas en la capital, San Lucas Sacatepéquez, Nebaj y Cunén, permiten a Chikach canalizar la venta de productos naturales. El resultado es una exitosa experiencia de comercio solidario: de cara al exterior, los productores lograr asegurar una fuente de ingresos que revierten en beneficios comunitarios; a nivel interno, intercambian materias primas, aplicando la versión más genuina de mercado solidario.
“De Nebaj nos mandan la valeriana y otras plantas que no se dan en tierra cálida. Les pagamos sólo el costo de producción”, cuenta Camajá durante la inauguración de la Casa del Amaranto, la nueva tienda que han abierto en la capital. A su lado, Lidia Martínez, alfarera de Santa Cruz Chinautla, aclara que no están pidiendo caridad, sino un cambio de mentalidad. “Cuando compramos un producto nos podemos servir mutuamente (consumidor y productor). Sólo quisiera que más gente conociera nuestro trabajo”. Esperamos que sus deseos se hagan realidad.
Menos ayuda y más comercio... justo
Que el valor de un producto estuviera determinado únicamente por el esfuerzo realizado en producirlo, eso es lo que, a mediados del siglo XIX, plantaba el estadounidense anarcoindividualista Josiah Warren, quien, dispuesto a demostrar que sus teorías eran válidas, abrió una tienda experimental en Cincinnati y fundó comunas como Utopía y Tiempos Modernos. La base de sus postulados eran la libertad y la responsabilidad individual.
Medio siglo más tarde, el anarcosindicalismo español impulsó la colocación de sellos en las mercancías producidas en sus fábricas para que los compradores pudieran reconocer los productos que provenían de fábricas en las que los mismos trabajadores eran los propietarios.
Ambos ejemplos son sólo dos antecedentes del actual Comercio Justo, un movimiento cuya fecha de nacimiento se suele situar en 1964, cuando se celebró la primera Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) y los llamados países del Tercer Mundo hicieron oír al mundo el grito de: “Comercio, no ayuda”. La idea era paliar la injusticia en las relaciones entre el Norte y el Sur.
Tan sólo tres años más tarde, la organización católica S.O.S Wewldhandel comenzó a importar a Holanda algunas artesanías procedentes de países del sur y que vendían por catálogo en iglesias y organizaciones sociales. La iniciativa fue un germen para la creación de una red de tiendas solidarias en toda Europa. En 1973, S.O.S y Aachen Alemania importaron por primera vez con los principios del Comercio Justo el café guatemalteco Indio Kaffee, que se vendió bajo el lema “Ayuda a la auto-ayuda”.
La década de 1980 trajo consigo campañas de información y sensibilización entre los consumidores de los países del norte y un desarrollo de los productos, que mejoraron en variedad y calidad.
El crecimiento de los mercados alternativos —en la actualidad existe una red de tres mil tiendas solidarias en Estados Unidos, Europa y Japón— hizo necesaria la aparición de certificaciones. Así, en 1988, nació en Holanda el sello Max Havelaar para garantizar que los productos que llegaban a las tiendas solidarias de Europa cumplieran con los objetivos del Comercio Justo (apoyo a pequeños productores, condiciones laborales decentes, pagos parciales por adelantado, protección del medio ambiente).
Más tarde aparecería la red de organizaciones IFAT, que etiqueta productos agrarios y artesanías; y la FLO, que trabaja con productos como café, miel, té, banano, cacao, azúcar, flores, vino, arroz, nueces, especias y frutas.
Se acuerdo con la FLO, en 2005, las ventas de Comercio Justo superaron el billón de euros, lo que suponía un crecimiento de 32 por ciento sobre el año anterior. A finales de 2006, había 586 organizaciones productoras certificadas en más de 50 países en vías de desarrollo. Los principales países compradores fueron Estados Unidos, Reino Unido y Francia. En Guatemala hay 25 asociaciones certificadas que producen miel y café.
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