Entre dos aguas
He vivido en la comunidad El Chico, Retalhuleu, desde hace 45 años
Llegué a El Chico cuando tenía 10 años. Nos decían nuestros padres que era un área nacional, que no tenía dueño. Venimos de Sipacate.
Decían ellos que es una isla, porque vivimos entre el océano Pacífico y el estero. Éramos cinco hermanas. Los hombres se dedicaban a la pesca y nosotras, de niñas, nos íbamos al manglar a buscar conchas; venían unos señores de
Retalhuleu a comprarlas.
Había pocos vecinos, ya casi todos fallecieron, sólo queda una señora de 89 años de edad. Cuando vine, de niña, ella tenía 40 ó 45 años, todavía vive y tiene sus nietos.
Las casas estaban al centro de la aldea, eran de palma igual a las que hay ahora, con cerco de madera, no se conocían las casas de cemento.
Antes, como era un lugar silencioso y había espacio, todos tenían sus vaquitas, cochitos, gallinas y milpa. Cuando llegó más gente agarraron sus terrenos para trabajar y se dedicaron a la milpa, quitaron sus animalitos, pues no había espacio para ellos.
Mis hermanas eran pequeñas de 13, 14 y 15 años de edad. Se fueron casando con los mismos vivientes de la aldea; igual sucede ahora. Yo tengo 55 años, hace 45 que vivo en El Chico. Aquí crecí, aquí nacieron mis hijos, el lugar ha sido muy sano, muy bonito.
Nuestros familiares nos venían a visitar y se quedaban un tiempo. Como a los cuatro o cinco años de que llegamos éramos 20 familias. Con el tiempo se fue haciendo un lugar más grande. Ahorita, aproximadamente, hay unas 300 familias.
Para salir hay que usar lancha. Cuando queremos ir a hacer los mandados al pueblo salimos a las 4 de la mañana para tomar la camioneta Mazariegos, la única que desde hace años entra al Manchón Guamuchal. Regresamos hasta las 4 ó 5 de la tarde. Usar carro sale muy caro, cobran Q200 ó Q300 por el viaje desde Reu.
Cuando pasó el huracán Mitch no teníamos comunicación con nadie, el agua arruinó todo, la gente quería salir, pero no podía ir a ningún lado, no podíamos dormir por el temor a que el mar nos arrastrara. Se hicieron lagunas y el agua llegaba a la rodilla, en las parcelas llegó hasta los ranchos. Con el Stan pasó igual se inundó todo.
Queríamos salir huyendo, pues no llegaba ni helicóptero. No había dinero ni cómo comprar nada. Pedimos ayuda al pueblo y nos estuvieron trayendo víveres. Después no hallábamos en qué trabajar. Aquí hay pocas oportunidades y es difícil. Hay gente que prefiere irse a los Estados Unidos.
Me gusta vivir aquí, porque desde pequeña le agarré amor al lugar, aquí está toda la familia unida.
Manuela Blanco Mejía
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