Los muchachos de 1907
Después de atentar contra Estrada Cabrera, fieles a un juramento, cuatro hombres se suicidaron “de cara al Sol”. Hoy se cumplen 100 años de este capítulo de la historia de Guatemala.
Por Nancy Arroyave
Foto Carlos Sebastián
En 1907, cuando Manuel Estrada Cabrera llevaba poco más de nueve años en el poder, un grupo de jóvenes profesionales, de familias acomodadas, atentó contra su vida de manera fallida. Luego de una virulenta persecución de varios días, cuatro de los conspiradores (autores materiales del atentado) fueron copados por las fuerzas del orden. Después de un largo combate, fieles a un juramento entre caballeros, se quitaron la vida de un balazo en la sien derecha, para caer “sonrientes y de cara al Sol”.
En su Historia de Guatemala, Francis Polo Sifontes comenta que “Estrada Cabrera gobernó al principio con prudencia y mano suave, procuró ganar amigos y partidarios; no fue sino hasta el atentado de 1907, conocido como La Bomba, cuando hizo su aparición el tirano”.
Si gobernó con mano suave ¿qué motivo podrían haber tenido varios jóvenes aristócratas para fraguar un atentado dinamitero contra él? Diez años después de la caída de la dictadura más longeva del país, Clemente Marroquín Rojas (1905-1978) retomó todas las piezas posibles de aquella historia para armar el rompecabezas de la trama que culminara con el caso de “los suicidas del Callejón del Judío”, capítulo histórico del que hoy se conmemoran cien años.

Pacto
de caballeros
Jorge y Enrique Ávila Echeverría, Julio Valdés Blanco y Baltazar Rodil, se quitaron la vida en el tejado de esta casa ubicada en el Callejón del Judío, cerca del Cerro del Carmen. |
El dictador
El libro La Bomba, escrito por el polifacético periodista, que más tarde se convertiría en vicepresidente del país, pone en evidencia que había sobradas razones para leer en el estilo de gobierno de Estrada Cabrera la gestación del tirano en que habría de convertirse. De acuerdo con sus conjeturas, esta figura reaccionaria tenía las manos ensangrentadas, al menos a partir de su ascenso al poder. La sangre habría sido la de su antecesor, José María Reyna Barrios.
Luego del magnicidio, Estrada Cabrera asumió el poder interinamente, pero pronto puso en marcha el engranaje del Estado para trabajar a su favor en las elecciones del 12 de octubre de 1898.
Desde que se hizo cargo de la Presidencia, hubo muchos crímenes políticos. Se capturó a los adversarios y a sus simpatizantes en la contienda electoral, se les aplicó la ley fuga o se les fusiló, diezmando, así, las filas adversas.
A partir de allí, se hace reelegir fraudulentamente en 1905, 1911 y 1917, según anota Virgilio Álvarez en su obra Conventos, aulas y trincheras.
En los primeros cinco años de su gobierno, Estrada Cabrera no sólo había gobernado con mano dura mediante el establecimiento de una red de esbirros expertos en delación, sobornos, espionaje y aniquilación. Había transitado por el partido Conservador, primero, y el Liberal, después, artimaña mediante la cual mantendría un doble juego político.
Su despotismo se endureció después de la guerra de 1906 de la que, por azar del destino, salió victorioso cuando todo apuntaba a una implacable derrota.
Además, el mandatario puso en manos extranjeras el control de la actividad económica, básicamente de corte agroindustrial. Entre 1901 y 1908, hizo la primera gran concesión de tierras al capital estadounidense, mediante la cual la United Fruit Company (UFCO) se hizo con el monopolio de la producción y exportación bananera; dio en usufructo las vías férreas a la IRCA, asociada a la UFCO, así como la compañía de telégrafos. Entre tanto, el pueblo soportaba en silencio.
La conspiración
Los hermanos Enrique y Jorge Ávila Echeverría, junto con Julio Valdés Blanco, habían estudiado en Europa (abogacía, el primero; medicina, los otros dos) en un período de efervescencia social “cuando el socialismo iniciaba los trabajos para llevar a la realidad las doctrinas de sus pensadores”, anota Marroquín.
Si bien aquellos movimientos eran contrarios a su modo de pensar, los tres veían en las medidas de fuerza una necesidad para liberar a los pueblos oprimidos. Fue así como, desde París incubaron el sueño de derrocar al tirano. De esa cuenta, a su regreso convocaron a una tertulia a varios hombres de familias acomodadas, que en su mayoría no sobrepasaban los 30 años de edad, y empezaron a hablar de ultimar al dictador.
Después de aquel primer encuentro, en agosto de 1906, hubo otros a los que se sumaron nuevos personajes comprometidos con la idea.
En las memorias de uno de aquellos hombres, Mariano Zeceña, citadas por Marroquín, éste asegura que “no fue una conspiración vulgar ni la ambición lo que nos lanzó a aquella empresa. (…) Fue un movimiento de reacción contra el sistema canallesco de brutal tiranía el que se inoculó en nuestras almas jóvenes y entusiastas”.
Esas memorias, escritas en el exilio tres años después del atentado, repasan los distintos escenarios que impedían una revuelta a través del levantamiento de un cuartel militar, como Zeceña mismo había propuesto al grupo.
Según este sobreviviente de los conjurados, la muerte de Estrada Cabrera importaba un cambio súbito de situación. Una vez eliminado el tirano, el comité conspirador establecería amplias reformas a la Constitución y en las costumbres políticas. Pretendían “crear un marco en el que se organizaran honradamente los partidos políticos”, y tomar, en definitiva, otra serie de medidas tendientes a democratizar el ejercicio del poder y la participación ciudadana. Esto implicaba el restablecimiento de la libertad de imprenta, la solución de la situación económica y otras medidas que sanearían aspectos municipales, legales y jurídicos de la vida nacional.
De acuerdo con sus notas “los nombres de los conspiradores, jóvenes patriotas, ilustrados, honorables y ricos, eran una garantía del cumplimiento del programa”. Y agrega: “No se trataba de un movimiento conservador ni liberal. Hay nada más cabreristas o anticabreristas”. Su programa se sintetizaba en tres ideas: “Libertad, moralización y progreso”. Además de los ya mencionados, Marroquín recopila los nombres de muchos de los involucrados en la conspiración. Cita a Baltasar Rodil, Rafael y Felipe Prado Román, Eduardo y Pedro Rubio Piloña, Francisco Fajardo, José Pomés, Rafael Madriñán y Gustavo Ramírez, entre otros.
En las reuniones se barajaron varios métodos para eliminar a Estrada Cabrera. Los Rubio Piloña se ofrecieron para ultimar al dictador tras solicitarle una audiencia. Los Prado Román, magníficos tiradores, propusieron una emboscada al cortejo presidencial. Zeceña sugirió el levantamiento de un cuartel… Finalmente, se impuso la propuesta de un atentado con dinamita hecha por Enrique Ávila Echeverría, cuya personalidad y liderazgo convencían y contagiaban, más que los argumentos.
Acordado el plan dinamitero, establecieron las fases del mismo y organizaron comisiones. También previeron la posibilidad de fracasar, remota según ellos. Ante esta situación, acordaron que no les quedaría más opción que el suicidio, “para no caer vivos en las garras del tirano y para aplacar con nuestra sangre el odio de Cabrera”, escribió Zeceña.
Se discutió, como punto de poca importancia, la forma de morir: un cartucho de dinamita en la boca para destrozar el cráneo; un balazo en la bóveda palatina, asegurando que era la muerte más rápida. Pero fue Enrique Ávila quien argumentó “un balazo en la boca lo desfigura a uno. Debemos morir como hombres; que no crea encontrar nadie en el rostro de nuestros cadáveres, huellas de horror o de miedo que causen repugnancia. Propongo un balazo en la sien derecha, que da el mismo resultado. Debemos caer sonrientes y de cara al Sol”.
La bomba
Después de sellar el pacto con un abrazo, pusieron manos a la obra siguiendo los pasos trazados. El plan consistía en hacer detonar una bomba al paso del cortejo presidencial cuando se dirigiera a la Asamblea Constituyente para leer un discurso, el 1 de marzo de 1907.
Necesitaban mucho dinero, pero en poco tiempo acumularon abundante capital, dadas las simpatías que despertó la causa entre los de su clase.
Una comisión debía adquirir los materiales para fabricar la bomba. Otra, sobornar a Patrocinio Mendizábal, cochero de Estrada Cabrera, para que detuviera el carruaje en el punto donde estallaría el artefacto. Otros hablarían con Francisco Anguiano, primer designado a la Presidencia, para que les entregara el poder luego de la muerte del tirano. El miedo de Anguiano era la mejor garantía de su silencio. Rodil y Valladares buscaron una casa cerca de la Asamblea Nacional, desde donde colocarían el explosivo.
En el caso de que el mandatario quedara vivo, los Rubio Piloña debían ultimarlo en el lugar del atentado. Pero, ese día, algo salió mal. Hay quienes aseguran que el dictador no concurrió a la Asamblea Nacional; otros, que al momento de hacer estallar los explosivos, no se pudo detonar la bomba. El incidente desmotivó a algunos, pero la característica personalidad de Enrique Ávila hizo resurgir los ánimos.
Así las cosas, se optó por aprovechar los paseos de Estrada Cabrera a La Reforma. Esta vez, se las agenciaron para obtener dos casas, ubicadas en la séptima avenida entre 16 y 17 calles, desde donde cavarían un túnel que les permitiera colocar la bomba justo debajo de donde pasara el coche presidencial. Los trabajos de excavación fueron arduos, por cuanto debían utilizar herramientas livianas para no hacer ruido y despertar sospechas entre los vecinos. En esta tarea participaron los Ávila Echeverría, Valdés Blanco, Rodil, Madriñán y los hermanos Prado.
Mientras tanto, Valdés Blanco vigilaba todas las mañanas, desde su casa, la de Estrada Cabrera. Esperaba la salida del coche presidencial y luego lo seguía acompañado de don Rafael Prado. Mientras, don Felipe, en una bicicleta, observaba lo mismo para adelantarse, llevarle la noticia a Madriñán quien desde la esquina haría la seña para la detonación. Estos movimientos se realizaban todos los días, en espera de terminar la excavación y colocación de la bomba y para hacerlos rutina y no despertar sospechas.
El 29 de abril de 1907, a las siete de la mañana, casi dos meses después del primer intento, al arrancar la caravana del dictador, se desató en cadena la serie de pasos tantas veces ensayados.
Al pasar el cochero frente a la marca en la pared acordada para detener el paso, un movimiento brusco impidió que el carro se detuviera. Un ruido atronador se hizo escuchar mientras una nube de polvo se levantaba tras la explosión que destruyó la parte delantera del coche presidencial. No quedó claro si Mendizábal fue un héroe que ofrendó su vida por la causa, o si no le develaron todos los detalles del atentado.
La tremenda sacudida causó daños a muchas casas, cobró la vida de Mendizábal y serias heridas al primer jefe del Estado Mayor, José María Orellana, quien custodiaba, a caballo, al presidente. Entre los escombros apareció el dictador, quien sobrevivió sin mayores rasguños junto con su hijo Francisco.
Cuenta Marroquín que Valdés Blanco se acercó quizás con la intención de ultimarlo, pero ante la serenidad de Estrada Cabrera, quien sostenía un revólver desenfundado, llevando del brazo a Orellana, escapó con paso ligero porque ya se hacían las primeras capturas.
El Callejón del Judío
Fácil fue dar con muchos de los nombres de los conjurados. De hecho, la juvenil temeridad de Enrique Ávila Echeverría le había hecho dejar, entre la excavación, sus pantalones y su saco fabricados en París con el nombre completo de su dueño. “¡Que vuelen estos harapos como bandera de libertad!”, habría dicho, según Marroquín.
Las notas de Zeceña son dramáticas y reflejan las dimensiones que adquirió la ira presidencial y su sed de venganza. Indica que luego del atentado, Estrada Cabrera mató y atormentó a diestra y siniestra, a sangre fría, incluso un año después del suceso. Cientos de inocentes, incluidos mujeres y niños, fueron detenidos y atormentados. Varios de los conjurados y sus familiares fueron fusilados. La esposa de Valdés Blanco fue encarcelada y años más tarde, con la familia dispersa, terminó sus días en El Salvador. Sus descendientes aún conservan fotografías de la familia y el recuerdo de las tierras y propiedades que les fueran expropiadas.
Poco a poco a poco se descubrieron los nombres de los cuatro autores materiales, quienes se vieron obligados a realizar una penosa peregrinación en busca de posada durante varios días.
Fueron muchas las negativas. Pero siempre hubo quien les tendió la mano, aunque fuera por una noche. Con la ayuda de Nery Prado, padre de los hermanos Prado Romaña, encontraron alojamiento en casa de doña Piedad Rousellín, luego en casa de doña Amelia Saborío de Romaña y, más adelante, en la Legación de España, donde los asiló la esposa del embajador, don Pedro de Carrere y Lembelle, quien se encontraba ausente. Allí permanecieron tres días.
Luego se hospedaron con doña Francisca Franco, quien había trabajado para los hermanos Ávila Echeverría. Y de ahí en casa de doña Rufina Roca de Monzón, en el Callejón del Judío. “De ahí salían a menudo algunos trabajadores para la finca de la señora y se había pensado que en uno de estos viajes escaparan los perseguidos”, comenta Marroquín.
Escondidos incluso de la servidumbre, los cuatro hombres esperaban el momento de escapar. Sin embargo, uno de los hijos de doña Rufina enfermó de pulmonía, razón por la que el galeno Jorge Ávila Echeverría, sin dudarlo, bajó a atenderlo pese a las súplicas de la señora de que volviera a su lugar.
Cuenta Marroquín que ese acto de humanidad salvó la vida del pequeño, pero comprometió la de los fugitivos, ya que una sirvienta los vio. Y fue tras una reprimenda que le hiciera doña Rufina que la empleada se vengó delatando a los conjurados ante su novio: un soldado del Fuerte de Matamoros. Extremo que confirma Marta Peña, actual moradora de la casa donde vivió doña Rufina, esposa de su abuelo.
El lunes 20 de mayo marcaría el desenlace de este ominoso capítulo. Aquella madrugada, los hermanos Ávila Echeverría, Julio Valdés Blanco y Baltasar Rodil (quien ese día habría de contraer nupcias) se preparaban para partir de aquella casa. Pero, a las tres de la mañana, un golpe en la puerta anunció la llegada de sus perseguidores. Doña Rufina, sus hijos, otros huéspedes así como la servidumbre se refugiaron en el fondo de la casa, en tanto los cuatro hombres avanzaron hacia el tejado. En el camino, Valdés Blanco dio muerte de un balazo al coronel Urbano Moreno, quien comandaba el operativo. Se inició un tiroteo que se prolongó hasta las seis de la mañana cuando, sitiados y fatigados, los conspiradores optaron por cumplir su juramento.
Aunque mucho se dijo sobre si se suicidaron o si se les dio muerte, la fotografía que quedó para la posteridad demuestra que, por la abundancia de sangre en el orificio, el disparo en la sien fue el mortal, explica Marroquín. Acerca de la suerte que corrieron los cadáveres, el periodista escribió que pudieron haber sido enterrados en una fosa común, o que el embajador de México medió para que fueran entregados a sus familiares.
Quien escribe esta nota descubrió el sepulcro de los hermanos Ávila Echeverría, en agosto de 2005, mientras el Centro de Estudios Folclóricos de la Usac hacía un inventario del patrimonio monumental del Cementerio General. La tumba está ubicada en el panteón No. 2, sobre la 1a. avenida del cementerio.
Se dice que la madre de estos hombres no supo el final de sus hijos. Las hermanas de éstos se encargaron de escribir cartas y hacerlas llegar como procedentes de Londres.
Zeceña se pregunta si el sacrificio, la sangre derramada y las vidas truncadas valieron la pena, pues el pueblo pronto se acomodó a la situación y soportó otros muchos años de tiranía. Curiosamente, la misma pregunta se hacen algunos sobrevivientes de los movimientos armados que por más de tres décadas llevaron a cabo una guerra interna para modificar la situación del país. Esto, seguramente, no será respondido por la historia, sino por cada guatemalteco.
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