Final familiar de Tony Blair
Con la mano en el corazón, Tony Blair dijo que quizá se equivocó a seguir a Bush hasta Afganistán
Editorial del Boston Globe
Es un patrón familiar en las democracias. Un líder es elegido debido a que el presidente o primer ministro anterior pierde la confianza popular. El nuevo hombre o mujer se propone cambiar las cosas por completo, logra cambiarlas sólo un poco, y con el tiempo su aura de salvador se desgasta. Este patrón recurrente se conoce en algunos círculos como la atrición o arrepentimiento del poder.
El primer ministro británico, Tony Blair, quien anunció su renuncia, ejemplifica el síndrome. La idea que se percibe respecto de Blair es que él perdió la confianza de los británicos debido a que, de manera imprudente, siguió al presidente Bush hasta Irak. Sin embargo, cuando se trata del arrepentimiento del poder, siempre hay algún flagrante fracaso que salta la vista. La historia tiende a ser revisada, una y otra vez, sobre la evaluación de los éxitos y fracasos de Blair.
Él ciertamente fue muy lejos al seguir el consejo del ex presidente Bill Clinton en cuanto a preservar la especial relación entre Estados Unidos y el Reino Unido al formar un vínculo con Bush. No logró distinguir entre intervenciones humanitarias que eran manejables, como las de Kosovo, Sierra Leona o Afganistán y el desafío de erigir una nación iraquí donde la tiranía de Saddam Hussein y las sanciones internacionales habían dejado un cascarón vacío. Y por ese error de falta de visión, él pagó el precio.
En un discurso pronunciado ante partidarios en su base local de apoyo, Blair mostró cómo llegó a cometer ese error respecto de Irak. La explicación siguió su profesión moralista de buenas intenciones. “Con la mano en el corazón, hice lo que creí correcto”, adujo. “Quizás me equivoqué. Esa es su decisión. Pero crean algo, si no otra cosa: Hice lo que pensé que era lo correcto para nuestro país”. El sólido estadismo requiere de tener menos una conciencia de ministro y más visión encomendada al príncipe Maquiavelo.
De cualquier forma, no hay manera de negar la brillantez política que le granjeó a Blair una inusual longevidad como primer ministro. Le dio nueva forma al Partido Laborista tras años de vivir en la espesura política, hasta moldear una versión británica de la tercera vía de Bill Clinton: un equilibrismo, ingeniosamente empacado, de las políticas de libre mercado de Margaret Thatcher con la voluntad de invertir ingresos de la economía en auge en hospitales, escuelas y seguridad pública.
Blair merece los elogios que ha recibido por lograr la paz en Irlanda del Norte, por la creación de Legislaturas separadas en Escocia y Gales, así como por superar la hostilidad refleja de sus predecesores conservadores hacia la Unión Europea.
Sagazmente, Blair dispensó la insularidad británica cuando respaldó la expansión de la UE que trajo a su membresía a países centroeuropeos del extinto bloque soviético. Además, estuvo en lo correcto con su promoción de una política enfocada a la construcción de una Europa fuerte, que no debilitaría la alianza trasatlántica.
Los detractores de Tony Blair harían bien en reconocer dos verdades inconvenientes: que el remordimiento del poder siempre será una virtud de las democracias, y que Blair no es la única figura que se opaca debido a una conexión con la fallida presidencia de Bush.
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