Homosexualidad y familia
Es común que los padres reciban un shock al enterarse de que su hijo o hija tiene diferentes orientaciones sexuales.
Por Inés Benítez
Fotoarte Billy Melgar
Juan Carlos tenía 22 años cuando reveló a su padre que era homosexual. Fue una madrugada. Esperaban despiertos su llegada, en el balcón. “¿Estás metido en drogas?”, lo abordó cuando atravesó el umbral de la puerta. Numerosas llamadas telefónicas y ciertos comportamientos inquietaban a la familia desde hacía tiempo. Ante tal pregunta, creyó llegado el momento de pronunciar la incómoda frase: “Soy gay”.
“Mi papá me dijo que no quería saber nada de mí, aunque al poco tiempo hablamos. Mi madre fue con mis dos hermanas a visitar a un sacerdote, que trató de convencerla de que la orientación sexual es algo personal”. Venezolano, ingeniero de sistemas, Juan Carlos lleva ocho años trabajando en Guatemala, y seis viviendo con su pareja. Hace tres, fueron juntos al país sudamericano a pasar la Navidad en familia, no sin antes “preparar el terreno”.

La homosexualidad genera
sentimientos encontrados. |
La homosexualidad genera sentimientos encontrados en los padres, algunas veces de culpa y otras más de frustración. En un país como Guatemala, conservador y con una fuerte cultura religiosa, el conflicto que produce la existencia de un gay en el seno del hogar es intenso. Esto se hace extensivo a personas de la diversidad sexual, como lesbianas, travestis, transgéneros (con identidad de género diferente al sexo biológico) y transexuales (buscan operarse para cambiar de género).
Salir del clóset
La psicóloga Lucrecia Pérez sabe que “salir del armario” se vuelve en la mayoría de los casos una situación trágica tanto para el homosexual como para su familia. “Ellos necesitan el apoyo de sus progenitores, pero también abrirse a su elección sexual”, apunta. Por la consulta de Pérez pasan muchos padres en busca de consejo ante una hija “machorra” que disfruta treparse a los árboles o un hijo al que le gusta vestirse de mujer. La carencia de autoestima y aceptación de sí mismos, junto al rechazo del entorno familiar y social, conducen en numerosas ocasiones a un túnel sin salida que lleva al suicidio, o precipita en el abismo del alcohol y las drogas.
“El mayor reto es enfrentarlo con la familia”, asevera Claudia Acevedo, de Lesbiradas (grupo de lesbianas y mujeres bisexuales de Guatemala).
Para la coordinadora de esta ONG, un hijo con una inclinación distinta a la heterosexual rompe y desestabiliza la construcción social establecida, y crea un choque interno en las familias, en las que no suele existir apertura para hablar de sexualidad.
En Lesbiradas, que se autodefine como un grupo de acción política, han atendido casos de verdadera represión y sufrimiento: encierros domésticos, jóvenes que quieren esconderse porque se sienten acosadas y perseguidas incluso por sus progenitores.
Y es que muchas veces se escucha a padres hablar con orgullo de las novias de sus hijos, de los novios de sus hijas, pero pocas se oye a un papá o una mamá decir: “Tengo un hijo gay o tengo una hija lesbiana. ¿Alguien quiere hablar?”
Tema tabú
Paco, psicólogo gay, asegura que en el país el tema de la homosexualidad representa un “enorme tabú” para los padres. A su juicio, hay una tendencia machista y una imposición del modelo heterosexual que limita que muchos adolescentes puedan encontrarse a sí mismos.
“Es un tema que no se toca nunca”, apunta Roberto, su pareja, quien califica de “dramático” el momento en el que habló a sus padres sobre su orientación sexual.
La condición homosexual predispone a las familias a comportamientos hostiles. En los progenitores brotan sentimientos que van desde la confusión, la negación y la agresión —física o psicológica—, hasta la prohibición de una vida social activa, las amenazas de retiro de la manutención y echarlos de casa.
Es corriente que, aunque existan evidencias de la diferente orientación sexual de sus hijos, el papá y la mamá no quieran asumirlo y vivan negando la realidad. “Es como un mecanismo de defensa inconsciente”, precisa la psicóloga Pérez.
“La relación con mi mamá se quebró cuando le dije que era gay”, lamenta Luis Zapata, de Oasis (Organización de Apoyo a la Sexualidad Integral frente al Sida). En su opinión, los padres no están preparados para un vástago homosexual. Luis tiene cuatro hermanas y un hermano. La vida de ellos también cambió de alguna forma cuando reveló su orientación: “los hermanos cuestionan su propia existencia. Se vuelven o tus verdugos o tus mejores amigos”, advierte.
Existen factores religiosos, sociales, culturales y políticos que perjudican a las personas de la diversidad sexual: los progenitores de un hijo gay se ven influenciados por sus creencias y rechazan en ocasiones, en nombre de la Iglesia, una inclinación que consideran pecaminosa; desde el punto de vista social no se considera respetable que uno del clan sea homosexual, así que los padres actúan en función del qué dirán; por otro lado, y según Zapata, la cultura hispánica es machista e intolerante hacia lo diferente.
Paco y Roberto sufrieron en carne propia la discriminación cuando en una ocasión les fue prohibida la entrada en un restaurante en la zona 10 de la capital “por ser homosexuales”.
Represión
Zapata considera que hay represión desde que en “los hospitales públicos relegan o dan peor trato a los travestis”, o cuando el reglamento de algunas escuelas estatales establece que “los estudiantes se conduzcan de acuerdo con su sexo”. También recuerda que no existe una legislación relativa al matrimonio homosexual, ni que regule, por ejemplo, el derecho a herencia en una pareja gay. Denuncia que la Policía Nacional Civil “se ensaña” contra los homosexuales. El portavoz de la PNC, Carlos Caljú, desmiente este punto: “No tengo conocimiento. No creo que la Policía maltrate a las personas”, al tiempo que exhorta a los supuestos perjudicados a denunciar a los agentes.
En cuanto a la Iglesia, y no sólo se refiere a la Católica, Zapata lamenta su falta de solidaridad con las personas que tienen una orientación sexual distinta a la heterosexual. “La Iglesia considera la homosexualidad un pecado o una enfermedad”, apunta.
El secretario de la Conferencia Episcopal de Guatemala, monseñor Gonzalo De Villa, reconoce que la Iglesia Católica cree “moralmente desordenada” toda sexualidad diferente de la heterosexual, pero “reconoce y respeta la existencia de los homosexuales”. Según el prelado, la Iglesia siempre ha eludido hacer una condena de los homosexuales y busca hacerlos sentir que se “les acoge y recibe” en su propia condición de personas con otra orientación sexual. De Villa no oculta que en el reclutamiento de sacerdotes sí “se tiene cierto cuidado, y en la medida de lo posible se evita” que ingresen gays. “Se sospecha que tendrían más dificultad para mantener el celibato”, observa.
Familias alternativas
Por la falta de comprensión en su hogar, los homosexuales crean familias alternativas. “Nuestras familias y amigos nos desintegran y nosotros buscamos agruparnos”, argumenta Luis Zapata, que dejó hace 10 años su Totonicapán natal para estudiar Administración de Empresas en la capital.
Un niño negro, discriminado por el color de su piel, acude a refugiarse en brazos de sus padres. Un gay no puede hacer lo mismo, advierte Zapata al aludir a un pasaje leído en el libro Mamá, papá, soy gay, de la psicóloga y terapeuta Rina Riesenfeld.
La salvadoreña Adriana entró en contacto con Oasis por medio de uno de sus programas y ahora se encarga de organizar sus actividades lúdicas. De ojos grandes y melena negra lisa, encontró “muchos problemas” cuando reveló en casa su preferencia sexual. Fue aún peor cuando transgredió su género masculino. Hace siete años que vive en Guatemala, donde fue trabajadora sexual, y sólo habla a veces con su mamá por teléfono. El resto de la familia prefiere mantener la distancia.
“¿Por qué en vez de juzgar tanto no tratan de cambiar ellos?”, se pregunta. “¿Por qué no salen también ellos del clóset?”, le secunda Zapata, quien también comprende que el proceso de aceptación es doloroso para los padres.
Grupo de autoayuda
“Yo no sabía nada de homosexuales, no me agradaban o me daban lástima. Eso eran cosas que siempre les sucedían a otros”, recuerda Irma Fischer, madre de un gay y fundadora en Buenos Aires, Argentina, de un grupo de autoayuda para padres de homosexuales y sus familiares (www.familiaresdegays.org). Fischer reconoce que cuando su hijo le reveló su verdadera preferencia sexual “fue lo más angustiante e inesperado” que pudo pasarle. Hizo su crisis, pero salió de ella y aprendió que no es una anormalidad tener una orientación sexual diferente. “Mi hijo ha encontrado su propia identidad”, afirma Fischer.
El puritanismo de la sociedad y el miedo al sufrimiento de la familia lleva a algunas personas a no desarrollar sus inclinaciones sexuales. No se atreven a salir del clóset. A veces se quedan viviendo con sus madres, que conocen su orientación, pero no consideran entre sus opciones tener una pareja.
Nacho, un gay español que lleva ocho años de trabajar como periodista en Guatemala, observa que en las culturas latinas los lazos familiares son más fuertes que, por ejemplo, en las anglosajonas, y al ser más dependientes emocionalmente los choques entre los padres y sus hijos homosexuales son más duros.
Según Juan Carlos, creador del portal gayguatemala.com —siete mil visitantes diarios—, antes de hablar con la familia sobre sus orientaciones, un homosexual tiene que aceptarse a sí mismo. “Al principio yo pensaba que mis sentimientos eran una perversión”, relata este hijo de padre musulmán y madre católica, único varón y el mayor de tres hermanos. Los padres y hermanas de Juan Carlos atravesaron un proceso de aceptación no exento de silencios y sentimientos de culpa. No obstante, este venezolano afincado en Guatemala se arrepiente de no haberlo compartido antes, “porque son los mejores amigos de uno”.
Claudia Acevedo, dinámica, de piel oscura y cabello muy rizado, abrió las puertas del clóset con poco más de 20 años. Creyente en una sexualidad “fluida, cambiante y transformadora”, su familia es “abierta” y asume su orientación lesbiana como parte de su vida. Tiene una hija, Maya, de 8 años, que adoptó cuando convivía con Samantha, quien fue su pareja durante mucho tiempo. La niña reparte sus días entre ambas.
“Somos una familia”, expresa y esboza una sonrisa.
No se cura
La homosexualidad no es una enfermedad mental
Muchos padres acuden angustiados a las consultas de psicólogos para tratar de “curar” a hijos con “extraños” comportamientos. Pero la homosexualidad no se sana porque no es una enfermedad, sino una elección. La función del terapeuta es, según la psicóloga Lucrecia Pérez, “tratar de que las personas estén lo mejor posible de acuerdo a su identidad”. Fue en 1973 cuando la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) decidió eliminar la homosexualidad del Manual de Diagnóstico de los trastornos mentales (DSM) y urgió a rechazar toda legislación discriminatoria contra gays y lesbianas. La acción vino motivada tras una completa revisión científica sobre el tema.
Pero hubo que esperar aún dos décadas, hasta 1990, para que la Organización Mundial de la Salud (OMS) retirara la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales. Pese a todo esto, aún hay personas que consideran enfermos a los homosexuales y creen en terapias reparativas que no cuentan con base científica. En cuanto al origen de estas inclinaciones distintas a la heterosexual, no existe un criterio bien definido.
El psicoanalista Sigmund Freud caracterizó la homosexualidad como el resultado de un conflicto durante el desarrollo de la identidad sexual en el que el varón se identifica con el sexo femenino y empieza a sentir atracción por los hombres muy masculinos. Además, señala que las madres de los homosexuales suelen ser “frías y exigentes”. Lo cierto es que no existe un motivo determinado y que la opinión de Freud crea, según opinan algunos expertos, un sentimiento de culpabilidad sobre las mujeres, que se sienten responsables de la homosexualidad de sus hijos. |