Semanario de Prensa Libre • No. 151 • 27 de Mayo de 2007

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D frente

Patricia Orantes
Un poco nómada
Patricia Orantes ha desarrollado una importante carrera en el teatro. Sus personajes quedan en el recuerdo del público, más allá del escenario

Por Ingrid Roldán Martínez
Foto Carlos Sebastián

Cuando entra al escenario se le ve dueña del espacio. Patricia Orantes nació en Guatemala. Era apenas una adolescente cuando actuó por primera vez en Cuba, donde inició un camino que ha recorrido con ilusión y con la convicción de que hacer teatro conlleva una gran responsabilidad. Su paso por las tablas da cuenta de su talento y vocación. Quienes han seguido su trayectoria recuerdan su participación en obras como Sacra Conversación, María Estuardo, La Muerte y la doncella y El cuarto de Verónica, en las que ha compartido escena con actores y actrices talentosos, bajo la dirección de productores de gran talla. Desde hace casi una década ha trabajado sin descanso con sus compañeros del grupo Rayuela Teatro Independiente.

"Yo creo que estamos un poco locos, pero que hay que tener mucha cordura para pararse
en el escenario".

Patricia Orantes

¿Cómo fueron los años que vivió en Cuba?

Viví los primeros seis años en Guatemala. Después estuvimos casi un año en Perú, porque mi papá, Benjamín Rolando Orantes, era zootecnista y periodista. Allí empezó la etapa de viajes y de ser un poco nómadas. Después, por razones políticas, viajamos primero a México y después a Cuba, donde vivimos 9 años. Allá estudié la primaria y la secundaria. Decidí que quería ser directora de cine, fue por eso que llegué al teatro. Yo era una niña bastante tímida, de hecho, nunca pensé en ser actriz, pensaba más en ser pintora o veterinaria como mi papá. En Cuba había la posibilidad de ver mucho cine, en la programación de la tele transmitían ciclos de Buñuel y Chaplin. Crecí con otro tipo de influencias, de información. Entré al círculo de cine de la Casa de la Cultura de Plaza; yo tendía 13 años. No eran estudios formales, eran aficionados que se reunían a hacer cine, a ver películas y a tomar talleres. Allí actué por primera vez.

¿Cómo fue esa primera experiencia?

Sumamente apasionante, con toda la timidez que todavía tengo. Dice Joaquín Orellana que uno no se desprende de eso nunca, es una condición para siempre, que sólo la disimula. Fue todo un descubrimiento, un hallazgo de fuego, yo tendría 14 años cuando hicimos una película. En una escena, el director Tomás Piard me dio las circunstancias del personaje en una situación de tristeza; comencé a llorar. Fue emotivo, un juego que yo no conocía y me apasionó. Seguí actuando y al volver aquí quería seguir haciendo cine, pero no había nada. Mi papá me llevó a la Universidad Popular. Él era compañero de trabajo de Eva Ninfa Mejía en Inforpress. Me dijo: “No hay cine, pero hay teatro”, y me inscribió. Rápidamente, el maestro Rubén Morales Monroy me llamó a actuar.

¿Es cierto que se necesita cierto grado de locura para ser actor?

Yo creo que estamos un poco locos, pero hay que tener mucha cordura para pararse en el escenario. Todos somos bastante particulares. Unos con grandes egos con los que hay que trabajar, es muy delicado, aflora muy fácilmente el temor a no estar bien, siempre hay un personaje que no se da, que no nace. El ego es muy peligroso y el narcisismo también. Eso es muy delicado en el teatro, porque es una forma de exponerse.

¿Qué efecto busca provocar en el público que la ve en escena?

Depende de la obra. En general, en los últimos años hemos tenido con el grupo Rayuela la inquietud, el sueño, de buscar un lenguaje; este sería quizá un objetivo, una intención que pueda llegarle al público guatemalteco. Puede ser sobre temáticas actuales, el poder, hasta cosas que le atañen a la gente como en La Redada.

¿En qué momento surgió el grupo Rayuela?

Cuando montamos la obra María Estuardo, con Julio Miranda, Cony de Fleck, Iván Martínez y Mercedes Fuentes. Buscamos un financiamiento en Christian Aid; estábamos trabajando muy bien como grupo sin darnos cuenta. No nos habíamos formalizado, pero funcionábamos muy bien. Fue Mercedes Fuentes quien dijo: “Muchá, hay que ponerle nombre”. Siempre habíamos coincidido con Rayuela, por la novela de Julio Cortázar y por la cuestión del juego, de lo lúdico, pues el teatro es un juego eterno. Fue ella quien bautizó el grupo.

¿Cómo han encausado la gestión cultural dentro de su actividad?

Yo siento que en este sentido Rayuela sí sienta un precedente, Mercedes ha sido cabeza de ello. Se ha hecho una gestión permanente que ha permitido no sólo el trabajo artístico sino un teatro hacia lo social, hacia los barrios, las comunidades, los proyectos de investigación. También es una respuesta lógica al momento que estábamos viviendo. Se abren puertas sensibles como Hivos y Christian Aid. El surgimiento de Adesca fue algo importante. Otros grupos como Espacio Blanco y Kaji´Toj´ lo hacen actualmente.

¿Cómo ve la situación actual del teatro?

Muchas de las cosas que hemos vivido han sido impredecibles. Como el sueño de muchos y que históricamente correspondía, surgieron varios grupos: Sotz'il, Teatro Ventana y Armadillo, que han modificado la escena guatemalteca. Hay cosas que han cambiado para bien. De estas generaciones que surgen de la Escuela Nacional de Arte Dramático (ENAD), de academias, talleres, se está consolidando algo mucho más fuerte, con nuevos dramaturgos y directoras. También hay cosas que han empeorado, ahora tenemos menos salas.

Algo de su vida
en las tablas
> Patricia Orantes empezó su carrera como actriz de teatro en la Universidad Popular.

> Ha actuado en películas como El Silencio de Neto.

> En 1998 recibió el premio Muni a la Excelencia Teatral.

> Recibió premios Arco Iris Maya por su participación en las obras La muerte y la doncella y María Estuardo.

> Tradujo al español las obras La cena de los tontos y Roberto Zucco, para ser puestas en escena por grupos guatemaltecos.

> Es una de las fundadoras del grupo Rayuela Teatro Independiente (rayuelateatro.com).

> La obra más reciente en la que ha actuado es Medea, dirigida por Mercedes Fuentes y estrenada durante el Noveno Festival Internacional de Cultura Paiz y en temporada en el Teatro de Cámara del Centro Cultural Miguel Ángel Asturias.

¿Cree que la población percibe estos cambios en el ambiente teatral?

No. Ha desaparecido el público de las salas, por algo será, conviene preguntarse por qué. Hay más teatro de calle, eso es importante. El público siempre está allí y ahora tiene la posibilidad de vernos. Como movimiento, es algo fuerte y grande.

¿Cuál es su relación con otros grupos centroamericanos?

Yo creo que nos hemos fortalecido. Nos conocen, se remiten a nosotros, nos avisan cuando alguien viene. A raíz de El Carromato y de otras instancias, se han establecido lazos, redes informales que existen y creo que Rayuela entra con alguna presencia. Estamos en contacto permanente con Centroamérica. El grupo La Lumbre (Flora Méndez e Iván Martínez) ha sido importante en esto.

Si no fuera actriz, ¿a que se dedicaría?

Tal vez sería pintora. Me pasaba dibujando en la escuela, pero encontré rápidamente la vocación del teatro. Mi marido (Manuel Corleto) me decía en tono de broma: “Sos más pintora que teatrera”. Yo le decía, no (ríe). En realidad él mismo me dio muchos materiales que todavía conservo. El teatro es muy absorbente, te ocupa muchas horas del día. Antes me dedicaba a mis hijos, a la cocina, muy felizmente los primeros años de mis hijos, me dedicaba a compartir con ellos, tuvimos una etapa muy linda durante su infancia y de dos de sus hermanos que son como mis hijos. Fue muy agradable, tuve tiempo de leer bastante —ahora ya no lo tengo—, de escuchar mucha música, de aprender a cocinar.

¿Es supersticiosa?

En el teatro, sí. Me ha costado un poco aceptar vestuario verde o amarillo, porque está la tradición de que Moliére estaba vestido de verde cuando murió. Una vez llevaron una peluca de este color a la obra La noche de los cascabeles y Mario Monteforte Toledo dijo: “¡Nooo; saquen esa porquería de aquí!”. Lo vas aprendiendo. También reviso una y otra vez la utilería, mis cosas, los ritos de no leer el libreto antes del estreno, no pasar debajo de una escalera si voy a una función.

¿Alguna vez ha estado en peligro en escena?

Sí, me ha pasado. Una vez se salió la armazón de un reflector. A un compañero le cayó el fuego en escena y no tuvo más que recogerlo con las manos. Tal vez lo más terrible ocurrió en La muerte y la doncella, que la cacha de la pistola le cayó en la frente a Rafael Pineda. Eso fue horrible, porque él era diabético. Fue un accidente de falta de control. En la vida real no soy supersticiosa, porque dicen que la superstición no existe cuando uno no cree en ella.

¿Qué obra le gustaría volver a hacer?

En general no me gustan los remontajes. Creo que hay tantos buenos textos en espera de ser montados, tanto en la dramaturgia hispanoamericana como mundial. Como teatrista y actriz considero que hay un deber de leer y poner otras cosas en escena. Que yo recuerde con mucho cariño y que sé que lo haría diferente es La muerte y la doncella. Creo que entendería más el personaje, pero no la remontaría. Sacra conversación me encantó; es un texto valiosísimo, pero quizá ya no tenga la edad. Creo que hay que buscar nuevas obras. En Celcit (celcit.org.ar) uno encuentra 250 textos. En la dramaturgia nacional hay muchas obras que están esperando. Ya es hora de que los teatristas nos pongamos pilas.


   

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