El regalo de Walter Thilo Deininger
Ubicado cerca del Puerto de La Libertad, en El Salvador, este parque parece un lugar imposible
Texto y fotos: Sébastien Perrot-Minnot
El parque hace recordar la expresión del explorador Atilio Peccorini (1910), de una “selva casi virgen” en la costa salvadoreña. En la actualidad, parecería vano buscar tal jungla. En menos de un siglo, el paisaje sufrió profundas transformaciones debido a la actividad económica y la densidad poblacional que, en el país centroamericano, supera los 300 habitantes por kilómetro cuadrado. Sin embargo, un encantador rincón situado al este del puerto de La Libertad permite apreciar algo de la lujuriante naturaleza original.
El parque ecológico Walter Thilo Deininger se extiende sobre 1,047 manzanas, en la planicie costera y las montañas. Constituye una de las principales reservas de El Salvador, aunque es, a la vez, una de las menos conocidas del público. Lleva el nombre de un altruista que la donó al Estado en 1970. Walter T. Deininger nació en 1891 en Santiago Atitlán. En 1939, renunció a la nacionalidad alemana para adoptar la del país que lo acogió. Por su labor filantrópica y a favor del patrimonio natural, recibió la más alta condecoración del Gobierno: la Orden José Matías Delgado. Hoy, el parque es administrado y admirablemente cuidado por el Instituto Salvadoreño de Turismo.
La reserva es, a imagen del país, un área de poderosos contrastes. En la parte baja crece una vegetación exuberante, dominada por altos bambúes y 144 especies de árboles, bañados en la humedad tropical.
Las fragancias delatan la presencia de una variedad de flores y frutas. Pero rápidamente se abandona la planicie costera para enfrentar los cerros, de donde se contempla un majestuoso panorama, de los volcanes al océano. En el paisaje se notan por doquier afloramientos de lava, que exhiben intrigantes formas. Bruscamente, una bajada nos lleva al impresionante lecho de la quebrada Los Cubos, casi seca en el verano, aunque depresiones naturales siempre conservan el vital líquido. Una considerable fauna, donde destacan los venados de cola blanca, los tepescuintles y los tigrillos, mora en el parque, dejando numerosas huellas en los caminos.
No terminan aquí las sorpresas del visitante, que descubre otro aspecto poco divulgado de las bellezas costeras: el legado prehispánico. En las oficinas de este lugar se conserva una colección de fragmentos de cerámica pintada y grabada; algunos tiestos tienen unos 2,500 años de antigüedad. Estas piezas son una introducción a un imponente monumento perdido en la sierra, a más de 2 horas de caminata: la Pintada de San José Villanueva. Se trata de un paredón de piedra cubierto con enigmáticos grabados, que representan un notable ejemplo del prolífico arte rupestre salvadoreño. Aunque la Pintada se ubica en terrenos de la Hacienda El Banco, se aconseja visitarla desde el parque.
El guía Basilio Rochez Flores explica que la reserva está bajo presión, especialmente a causa de los cazadores furtivos y la amenaza de los incendios. Se ha logrado, no obstante, preservar el lugar y su magia. Según Sabino Orellana Flores, director del parque, aunque hasta ahora la afluencia ha permanecido modesta, llegan turistas nacionales y de varios países del mundo. El parque Walter Thilo Deininger jugará, sin duda, un prominente papel en el desarrollo del turismo en El Salvador, lo cual es una prioridad del Gobierno de ese país, como lo recalcó con convicción la recién nombrada viceministra de turismo, Michelle Gallardo de Gutiérrez, en una entrevista al matutino salvadoreño El Diario de Hoy (31/03/2007).
Ruta de las flores
El trayecto de las Flores de El Salvador lo integran cinco pueblos donde se funden las tradiciones indígenas y la cultura del café. Juayúa, Nahuizalco y Salcoatitán, en el departamento de Sosonate, y Apaneca y Concepción de Ataco, en Ahuachapán. Con su recorrido los turistas pueden apreciar esos regalos de la naturaleza mientras disfrutan —en acogedores cafés-viveros o en los
hostales— de una taza de café de altura, cultivado en la zona.
Para hacer el viaje se toma la autopista que de San Salvador conduce a Sonsonate y luego se busca la salida hacia Apaneca, distante a 89 kilómetros de la capital. Desde exóticas orquídeas hasta pequeñas flores silvestres, desde enredaderas hasta frondosos árboles de fuego, conacastes y centenarias ceibas van apareciendo por la carretera, en un recorrido que dura unas tres horas.
Concepción de Ataco está situada a 68 kilómetros de San Salvador y desde la entrada del pueblo, con casitas de vivos colores, los visitantes experimentan la sensación de formar parte de uno de los cuadros que pintan sus artesanos.
Según los historiadores, la ciudad fue fundada por tribus nahuas y su nombre significa Lugar de elevados manantiales. Situado a 1,275 sobre el nivel del mar, Ataco tiene una extensión de 61 kilómetros cuadrados y su población es de 18 mil habitantes. Sus fiestas patronales se celebran del 11 al 15 de diciembre en honor de la Virgen de la Concepción.
Apaneca representa la excelencia del café salvadoreño, con grandes haciendas que datan de la colonia española y donde se mezclan los sistemas antiguos del cultivo del café con modernos beneficios donde se prepara la exportación del grano.
En breve
> El parque Walter Thilo Deininger se encuentra a 35 Km. de San Salvador, al este del puerto La Libertad, en el Km. 55 de la CA-2.
> Tiene una extensión de 1,047 manzanas (732 hectáreas).
> Es administrado por el Instituto Salvadoreño de Turismo.
> Se puede llegar fácilmente en carro, o con los autobuses de la Ruta 87 (desde el puerto La Libertad).
> El costo de la entrada es de US$0.80 por persona, lo que
incluye los servicios de un guía. |
El pueblo, que tiene un área de 45.1 kilómetros cuadrados y 8,597 habitantes, ocupa un pintoresco y frío altiplano de 1,550 metros de altura sobre el nivel del mar y circunvalado por los volcanes ya extinguidos de Chichicastepec.
Un mundo de artesanías espera en Nahuizalco, donde sus habitantes viven principalmente de la fabricación de muebles de madera, mimbre y tule, así como otras fibras naturales, pero también trabajan en la elaboración de adornos y artículos para el hogar.
En Juayúa se respira olor a café y durante la mayor parte del año se puede adquirir gran variedad de orquídeas, ya que el significado de su nombre en nahuat es Río de las Orquídeas Moradas.
Todos los fines de semana se realiza el Festival Gastronómico y por esto acuden al pueblo centenares de personas que buscan disfrutar deliciosos platos típicos o internacionales, pero también de la calma de las montañas y el ruido tenue de los riachuelos.
Salcoatitán también cuenta con muchos artesanos que trabajan el mimbre, el tule y la madera.
Su nombre en nahua significa Ciudad de Quetzalcoalt (Dios del Viento y Lucero de la Aurora). |