Mujeres dispuestas a volar
Ixoqui’ nació con el objetivo de ofrecer capacitación, pero se ha convertido en una máquina de concretizar sueños.

Textos y Fotos por: Viviana Ruiz
Rosita, Lidia y María son tres de 300 mujeres indígenas que se capacitan en el centro Ixoqui’. “En este lugar encontré el apoyo necesario para lograr mi sueño: abrir mi propio negocio y llevar más dinero a casa”, afirma la primera de estas féminas que con tan sólo 17 años de vida está convencida que el trabajo del campo no le ofrece los suficientes ingresos para que ella y su familia tengan una mejor calidad de vida.
“Queremos que las mujeres se capaciten para que por sí solas emprendan vuelo y se integren a la economía del país, pero en otra actividad que no sea labrar la tierra; deseamos convertirlas en microempresarias”, asegura Julia Álvarez, directora de Ixoqui’, ubicado en el kilómetro 84.5, aldea Vista Bella, Tecpán Guatemala, Chimaltenango.
La formación que se les transmite es integral e incluye la capacitación técnica con la finalidad de desarrollarles destrezas y habilidades que les permita incorporarse al proceso productivo a corto plazo. Los cursos disponibles son panadería, repostería, corte y confección, tejidos típicos y envasado de frutas.
En el segmento de formación empresarial, a las estudiantes se les dan charlas que van dirigidas a estimular el espíritu emprendedor e impulsar la puesta en marcha de pequeñas empresas. “Con estas pláticas aprenden a trabajar en equipo, calcular costos de producción, control de calidad y servicio al cliente”, refiere Álvarez.
La preparación denominada humana se basa en la instrucción de virtudes (higiene, cuidados del hogar, familia, etc.) y valores. En lo referente a este último punto, Álvarez recalca que es prioritario, pues la mujer rural lleva como una religión los valores y con esta área se refuerzan para que tantos ellas como sus padres no experimenten un choque cultural que podría desanimarlas de continuar con el programa.
“Fue difícil convencer a mi mamá porque ella quería que sólo tejiera, pero yo le dije que deseaba aprender otras cosas para sacar adelante a la familia. Yo nunca había salido de mi aldea, pero logré que me dieran permiso y ahora ella está contenta, porque aprendí a coser y gano más que cuando los ayudaba en la casa”, relata, emocionada, Rosita.
“La mayoría de estudiantes de este lugar son kaqchikeles, aunque en años anteriores tuvieron a varias k’iche’s. No le cerramos las puertas a nadie..., bueno, sí a los hombres”, bromea Álvarez. Y es que Ixoqui’ (que significa mujeres, en kaqchikel) no permite el ingreso de caballeros, porque la mayoría de sus aprendices son jóvenes, casi niñas, y en sus casas se les prohíbe la comunicación con varones.
Rosita asegura no tener novio y se ruboriza ante la posibilidad: “No, seño, yo no tengo novio, yo vengo aquí a aprender”, contesta.
Las capacitaciones están divididas en módulos de tres meses y se imparten una vez a la semana durante cuatro horas. Las estudiantes pueden obtener una beca y las que no, pagan Q2 por día.
Todas para una,
una para todas

Hace un año, Ixoqui’ legalizó una Sociedad Anónima para autofinanciarse, porque si bien es cierto perciben ayuda de países como Bélgica las mujeres necesitan vender sus productos en otro lugar que no sea su aldea y por ello pensaron en dicha agrupación que funciona dentro de las instalaciones del centro.
“Aquí venden su trabajo, de esa cuenta tienen una tienda-café en la que se pueden adquirir desde un bolso hasta una toalla de manos, o bien una canillita de leche hasta un pastel, todo elaborado con calidad”, asegura Álvarez. Con parte de las ventas reabastecen de materia prima a la sociedad. Otra va directamente a las manos de la artesana, así que, si usted quiere colaborar con estas mujeres, lo único que tiene que hacer es adquirir uno de estos productos.
“Las pequeñas bolsas de tela para el chocolate las hice yo”, cuenta Rosita. “No fue mi idea, pero he ganado algunos centavitos”, explica.
Pero esta niña no es la única que ha obtenido beneficios de la fundación. María, por ejemplo, fue estudiante hace algunos años, hoy es instructora de tejido. Ana, de Patzún, es su alumna, y aunque de forma tímida y sin dejar de tejer, cuenta en su idioma que se enteró del programa por medio de una amiga. Su maestra escucha con atención la traducción que otra de sus aprendices hace y comenta: “Ella quería contarle en castellano lo que trabaja, pero le da pena, porque no lo habla bien, por eso prefirió hacerlo en el que domina”.
Gloria es ahora la encargada de preparar las canillitas de leche. La ex estudiante expresa que primero tomó el curso de corte y confección y luego el de repostería. Su sueño es conseguir el dinero suficiente para comprar un horno. “Voy a vender pan, por eso trabajo fuerte”, asiente, con la firmeza de haber cumplido parte de sus anhelos. |