Doña Leonor, mi madre…
Desde niña tuvo un invencible espíritu para enfrentar la vida

Doña Leonor es un nombre que muchas de las lectoras de este artículo recordarán por su larga trayectoria en el colegio de señoritas El Sagrado Corazón, donde inició su labor docente en 1960 y tuvo que detenerla en el 2006, por un cáncer avanzado. Su nombre completo es Leonor Nájera Hernández de Dubón. Mi madre es una mujer con una maravillosa vida, llena de valor, coraje, templanza, energía, vitalidad y amor.
El ejemplo que sus padres le inculcaron siendo niña le dio un invencible espíritu para enfrentar la vida, siempre con incontenible ímpetu, contagioso ánimo y desbordante alegría. Cuando niña, ella y su familia vivían de una forma, digamos, “acomodada”, pero quedaron en la ruina económica como consecuencia de la enfermedad y muerte de su padre. Esta situación motivó a la pequeña Leonor, junto con Humberto, su hermano, a vender manzanillas de casa en casa, actividad que contribuyó en el ánimo de afrontar esta adversidad.
Transcurrido el tiempo, se graduó de maestra, se casó con David Dubón y empezó una nueva vida. Como docente en el colegio El Sagrado Corazón tuvo su más larga carrera y es allí donde se convierte en doña Leonor. Recuerdo haberla visto entrar siempre a casa con una sonrisa, contando las maravillas que le habían sucedido, los problemas a los que se había enfrentado y la preocupación por sus alumnas, a quienes se entregó en cuerpo y alma.
Recuerdo lo mucho que trabajaba para poder darnos lo que necesitábamos, sin nunca descuidarnos, no importaba la cantidad de trabajo que tuviera, siempre mostraba una sonrisa real, viva, contagiosa y jamás permitió que el cansancio interrumpiera su brillante papel de madre y esposa.
Era increíble verla atender a mi papá y los días domingos se levantaba temprano a preparar huevitos con chile pimiento y cebolla, yo le reclamaba que por qué lo hacía si era el único día que podía aprovechar para levantarse tarde, y ahora que estoy casada, la comprendo.
En 1977, nuestra familia se enluta tras un accidente automovilístico, en Zunil, en el que mi abuelo falleció, y una tía y cuatro de mis hermanos sufrieron heridas graves; sin embargo, al siguiente mes, todos los hijos, lesionados o no, estábamos en el colegio recibiendo clases, ya que nada podía detenernos, según nos daba a entender mi madre.
El tiempo pasó entre las aulas y el hogar, y en el 2001 le diagnosticaron diabetes y cáncer de mama. Aun así, ella siempre dio gracias a Dios porque en nuestra casa había mucho amor y eso era lo que importaba, y continuó trabajando a pesar de las quimio y radioterapias que le aplicaban. Muchas de sus alumnas recordarán que mi madre nunca renegó por esto, y al haber perdido 70 libras aprovechaba para decir que cada día se ponía mejor para el “Davis” (mi papá).
Su lucha permanece constante, y a pesar de tener que haber soportado el dolor de ver a una hija con la gravedad del síndrome bipolar, ha logrado ser bastión de fuerza y pródiga resistencia y ha ayudado a su hija a luchar y vencer este mal. En el 2007 ya no pudo asistir a dar clases por lo avanzado de la enfermedad, hoy vive permanentemente con oxígeno, pero siempre sonríe, y aunque ya no puede ir al colegio sus enseñanzas no terminan…
Doña Leonor, mi madre, una magnífica esposa y un excelente ejemplo de vida sigue con nosotros, contra todos los pronósticos, enseñándonos que los problemas, tragedias y vicisitudes se deben enfrentar con la cara por delante, nunca dejándose intimidar y lo dice por experiencia.
Dina Dubón Nájera de Muñoz
(a nombre de la familia Urrutia)
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