“El regreso del barbero”
Sueños cumplidos, satisfacciones eternas

A los 14 años tuve mi primer trabajo, como pantalonero. Era 1957. En mi juventud anhelaba ser barbero y aprendí el oficio en Quetzaltenango, a los 28 años de edad; lo ejercí durante nueve años. En 1979, mi cuñado César Sapón me hizo comerciante. Llevaba productos típicos a la bella ciudad de San Salvador, la capital de ese hermano país. En aquella época se iniciaba la guerra entre Ejército y guerrilla, por lo que viví entre
masacrados e incendios de almacenes. Durante años hubo saqueo de comercios, gran vandalismo e incluso mataron a monseñor Romero. Tiempo después, hubo un terremoto.
Mi negocio creció, y en esa época obsequié unos destapadores de aluminio con la leyenda: “No todo es guerra en El Salvador, también hay amor”. Vi a tantos salvadoreños emigrar hacia Estados Unidos. De 1980 a 1987 mi negocio estaba en la cumbre del éxito. En aquellos tiempos yo tenía dos sueños, el primero, que estaba cortando cabello nuevamente, y el segundo, que se firmara la paz entre ambos bandos. En un año y medio se desató tanta delincuencia que me quedé en la nada. A Dios gracias, mi pasaporte todavía estaba vigente; ya había viajado algunas veces a México, al Distrito Federal, y, en 1990, emprendí mi viaje para el norte (a Estados Unidos) junto a mi inseparable amigo Pacheco.
Los huevos fueron nuestro único alimento durante nueve días en la frontera de Nuevo Laredo. Una mañana, al caminar por el desierto nos dormimos bajo el puente del tren y cuando éste pasó y nos despertó me llevé el mayor susto de mi vida desde el que me causó el terremoto de El Salvador, cuando me enfermé de los nervios.
Y ese susto del tren sanó mi enfermedad. Mi hermano Mardoqueo me fue a recoger con el coyote a las 5 de la mañana. Mi hermana Esther me esperaba y se dijo a sí misma: “Pobre mi hermano, vendrá bien cansado, así que le voy a preparar un caldo de huevos”. Y yo, a puros huevos, había llegado a Houston, en el año 1990. Ahorita recuerdo algo divertido: Dicen que un enfermo alcohólico le pregunta a un sacerdote católico qué es lo que se necesita para dejar de beber, y el sacerdote le contesta que lo que necesita son muchos huevos.
Ya en Houston, estuve 30 días sin trabajo. Estaba en el apartamento de un amigo y él se estaba bañando cuando me gritó: “No creo que se te halla olvidado el trabajo de barbero; vení, cortame el pelo”.
Ese amigo le contó por teléfono a todos los paisanos que yo cortaba el pelo, y así, nuevamente, retomé el oficio. Con el tiempo, mis dos sueños se cumplieron al cien por ciento, y a los siete meses me vine de regreso a mi tierra natal. Eddy Sánchez, director del Insivumeh, me sugirió que le pusiera de nombre a mi barbería: “Volver, volver, a mi barbería”, y fue así como surgió: “El regreso del barbero”. Sólo Dios me ha permitido vivir todas esas experiencias y por eso te recomiendo que valores tu trabajo.
Santiago Hernández, barbero de San Francisco El Alto, Totonicapán
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