Chichi
Chichicastenango es una de las poblaciones más visitadas por los turistas debido a su colorido y cultura.

Por Francisco Mauricio Martínez
Fotos: Émerson Díaz
La vida en Santo Tomás Chichicastenango transcurre alrededor del edificio de la iglesia católica. Sobre sus desgastadas gradas de piedra es común encontrar a los nativos practicando ritos ancestrales. El humo y olor que se desprenden del incienso y el pom cubren el lugar.
A la par, los comerciantes de trajes típicos, máscaras e imágenes religiosas antiguas ofrecen sus productos a los turistas. Estas ventas se diluyen entre las de comida: cocido, pollo frito, chuchitos, jocotes y manías. El olor a tortillas de maíz (negras, amarillas y blancas) recién salidas del comal, despiertan el apetito a cualquiera.
Entre las antigüedades que se ofrecen en el mercado llaman la atención las toscas imágenes de santos fabricadas en madera, algunas carcomidas por la polilla. La mayoría son de San Antonio, Santo Tomás y la Virgen María, por las cuales piden entre Q400 y Q600, aunque al final las venden a la mitad del precio solicitado.
Manuel Mejía, quien comercia reproducciones de las máscaras que se utilizan en los bailes de la Conquista del Venado, de los Monos y otras danzas, dice que las esculturas de santos se las compran a las personas que abandonaron el catolicismo y se convirtieron a la religión evangélica. “Ellos las traen, porque en sus casas ya no las pueden tener”, comenta.
Las artesanías de barro, en apariencia precolombinas, también abundan en los alrededores del templo. Tomás Morales, vendedor de este tipo de piezas, cuenta que las extraen de los sitios ceremoniales que existen en el municipio. Muestra, como ejemplo, algunas que dice proceden de un lugar cercano donde se rinde culto a Pascual Abaj. “Se venden como a Q150”, calcula.
De adobe y teja
Chichi, como acostumbra llamarlo la mayoría de personas, es un pequeño poblado del departamento de Quiché, de calles estrechas y, muchas veces, empinadas. En su casco central todavía se observan casas de teja y adobe, circuladas con cañas de milpa, cuyas imágenes encantan a propios y extraños y que capturan en sus cámaras fotográficas.
La vida de los chichicastecos que viven en el área rural no dista mucho de la campiña de cualquier pueblo, sobre todo del occidente del país. En los patios de las casas nunca faltan pollos, perros, gatos y, en lugares un tanto más apartados y amplios, otro tipo de animales como vacas y caballos. “Es una costumbre de todo el país”, refiere Gabriel Marroquín, vecino de la localidad.

Las principales actividades económicas de Chichicastenango son la agricultura y el comercio, las cuales se evidencian los domingos y jueves, los días de plaza. Debido a su colorido, y cantidad de transacciones, este mercado es considerado, junto al de San Francisco El Alto, Totonicapán, como uno de los más importantes del Altiplano.
El frijol, maíz, huevos y hierbas constituyen la base de la alimentación de este pueblo k’iche’, cuya mayoría de habitantes (85 por ciento) reside de manera dispersa en las 80 comunidades que integran el municipio. La estructura de su centro, tipo colonial, lo convierten en un bastión del turismo internacional.
En la actualidad, los matrimonios entre indígenas y ladinos son más comunes que durante el siglo pasado. La mayoría de los no indígenas residen en el casco urbano, donde gozan de servicios públicos como drenajes, energía eléctrica, agua entubada, calles pavimentadas, teléfonos residenciales y de servicio móvil. Además, son los que controlan la economía.

Del chichicaste
El nombre del municipio proviene de la palabra nahuatl tzitzicastli, que se transformó en tzitzicastenanco y luego en tzitzicastenango, que significa “en el cercado de las ortigas o “en el lugar amurallado por las ortigas”. Ortiga es una planta que abunda en el área y que es conocida popularmente como chichicaste.
Al emprender el retorno, el turista puede observar uno de los mayores orgullos de Chichi como lo es el Arco de Gukumatz (la Serpiente Emplumada), el cual fue construido en 1932. “Este es el nahual del pueblo”, comenta Martín Véliz, responsable de su mantenimiento.

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