Semanario de Prensa Libre • No. 177 • 25 de noviembre de 2007

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Punto final

Espía salido del frío

Por The Boston Globe

Si aún existen dudas respecto de qué tipo de gente está gobernando Rusia, el mayor honor civil conferido póstumamente por el presidente Vladimir Putin a George Koval debería disiparlas.

Koval era el espía latente de la era de Stalin que había penetrado el Proyecto Manhattan. Al honrarlo como héroe de la Federación Rusa, Putin estaba reconociendo implícitamente el trabajo de la policía secreta como el máximo valor para el nuevo orden que él ha erigido en Rusia.

Esta inversión, sin apologías, de valores liberales no es meramente una idiosincrasia de Putin, el ex oficial de la KGB. Más bien, refleja el sistema de valores de la nueva clase gobernante a la que él ha facultado.

Los rusos se refieren a estos nuevos jefes como los siloviki: una nebulosa constelación de funcionarios y ejecutivos conectados con ramas de la seguridad de Estado o las fuerzas armadas.

Ellos dirigen un sistema político fundamentado en el autoritarismo, aunque con ciertos límites. Controlan la televisión nacional, pero dejan espacio para la publicación de pequeños diarios y periódicos independientes.

Además, ellos dificultan el funcionamiento de Organizaciones No Gubernamentales (ONG) que trabajan internacionalmente, pero, a diferencia de sus predecesores estalinistas, ellos no impiden que los rusos viajen al extranjero o reciban noticias del exterior por la radio e Internet.

Vladimir Putin, al nombrar héroe a un informador,
dio a conocer otro sistema de valores
de la nueva clase gobernante de Rusia.

Asimismo, permiten que la población común disfrute de estas libertades particulares, al tiempo que transmiten gradualmente los beneficios de la abundancia generada por el petróleo y el gas natural que ha llegado a los propietarios de conglomerados de energía en Rusia, lo cual fue facilitado por el Kremlin.

Debido a que los pagos de salarios y pensiones del Gobierno no se cubrieron en los años de Boris Yeltsin y ahora están siendo cubiertos, y han estado aumentando, Putin es notablemente popular.

El pueblo acepta su receta para rescatar a Rusia del caos, la pobreza, así como de las humillaciones de los primeros años posteriores al comunismo. Esa receta se pronuncia por un Estado altamente centralizado; una conveniente distinción, entre los leales y los desleales entre los oligarcas que se volvieron ricos a partir de corporaciones controladas por el estado; y la diseminación, a través de la televisión del estatal, de una ideología que la vieja camarilla de Putin en la KGB llama “democracia soberana”.

Otro de los ingredientes en la receta siloviki para el resurgimiento ruso es la reafirmación de las ambiciones de Rusia como una gran potencia. Se puede ver esta propensión en su selectivos —o, a veces, punitivos— precios y entrega de gas natural a países que otrora pertenecían a la Unión Soviética o la esfera de influencia soviética.

Muy pocas cosas están mejor adaptadas para la glorificación propia de la nueva clase gobernante siloviki que la conmemoración de Putin para Koval, quien robó los secretos de ingeniería de la bomba atómica, luego de ser entrenado por la notoria agencia de inteligencia militar de Stalin.

Simbólicamente, el gesto del presidente ruso declara que los espías de Rusia son los más capaces para preservar la estatura del país como una gran potencia, y que la devoción del agente secreto al clan y el país es la mejor protección en contra de los amigos de Rusia. Esta es una señal a la que otros países tendrán que prestarle atención.

   

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