Semanario de Prensa Libre • No. 170• 07 de octubre de 2007

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D cultura

Osado ritual de grabados
La obra reciente de Plinio Villagrán, Eclesiastés, rasga temas como el dolor, la muerte, el sexo y la religión.

Por: Juan Carlos Lemus
Fotos: Carlos sebastián

La exposición Eclesiastés, de Plinio Villagrán (Guatemala, 1979) indaga directamente dentro del corazón humano, ese que ha sido traspasado por los puñales de la culpa. Sus grabados, en los que imperan rojos y ocres, hablan de un ciclo condenatorio que ha sido destinado al ser desde su nacimiento: muerte y placer, erotismo y dolor.

Nos recordaba Chesterton que siempre debe haber un rico terreno moral para cualquier gran producción estética. Es oportuno recordarlo, pues el terreno moral de donde surgen los grabados de Plinio es aquel donde la Iglesia dividió al amor de la intimidad para convertirlo en pecado.

Dice una de las líneas más bellas del Eclesiastés: “Dios hizo al hombre recto, pero los hombres se han buscado muchas otras razones”. Plinio Villagrán, por su parte, nos ofrece su particular Eclesiastés dividido en ocho conjuntos de grabados: El Diablo, La muerte, Los enamorados, Divina fuente, Civitate Dei, Apoteosis, y dos sin título.
En esta entrevista, el artista nos habla de sus grabados que quedarán expuestos a partir del 10 de octubre, en galería El Áttico.

¿Cómo surge Eclesiastés?

Surge de un párrafo de El mito de Sisífo, de Albert Camus, obra que habla del hombre y la creación absurda. Ese es el primer cabo. Analizando posteriormente el libro del Eclesiastés (en la Biblia), encuentro un libro rico y bello sin el ingrediente del dogma y del Dios. Para mí es un hermoso libro de poesía, interpretado a mi manera.

En esta muestra predominan motivos medievales y referentes sexuales ¿Cuál es su intención de tal combinación?

Es una relación que parte de mi formación católica y lo que ha alimentado mi acervo estético. Sexo y religion son conceptos unidos entre sí, aunque no lo parezca. Pongo como ejemplo los sacrificios rituales de las tribus africanas que se pintan el cuerpo y se perforan los genitales ante su dios para iniciarse, o esa hermosa estela maya de la madre de Pacal que se perfora la lengua y su sangre cae en un cesto como tributo hacia el dios serpiente, y anuncia el nacimiento del Divino Pacal. La relación está en todas las culturas y épocas.

En su obra hay puñales, símbolos de dolor ¿Tiene ello relación con la blandura carnal y espiritual del Hombre?

Sí, cualquier objeto traducido en mi trabajo guarda estrecha relación con la violencia y la fragilidad. Somos blandos. A pesar de la tecnología, que nos ha hecho, supuestamente, evolucionar, en realidad se nos ha empobrecido más espiritualmente; no lo digo en el sentido religioso, sino porque nos hemos alejado de nosotros mismos, si es que alguna vez en nuestra fracasada historia estuvimos unidos a nuestro ser. Tal vez algunos pocos, y esos pocos son los artistas de verdad, esos que después de mil, trecientos o veinte años nos siguen diciendo mucho con su trabajo, pienso en Goya, Francis Bacon, Lucian Freud o Cindy Sherman... entre algunos que admiro

En su obra hay ocre como la sangre y rojo como el erotismo, ¿cuál es la relación que usted le imprime a esos temas?

Mirá, es una relación muy estrecha, pero compleja, a la vez. Recuerdo que Bataille decía: “La sangre es un símbolo ritual de todas las culturas y épocas”. La sangre es complemento amoroso, sea este religioso o sexual. Es símbolo de vida y muerte y por ende es sagrada, por ejemplo, la sangre menstrual, la sangre del cordero inmolado y la de los santos, los sacrificios humanos precolombinos, y, actualmente, la vemos en los medios masivos de comunicación de manera obvia y vulgar. Creo que en el fondo nos agrada la violencia y la sangre.

Alude al rojo sexo, la fricción violenta, la culpa y la seducción. Todo eso ¿no es su acto de rebeldía contra la Iglesia?

No sólo en contra de la iglesia católica, que es un ente en decadencia, sino en contra de toda institución de poder que se ha gestado desde siempre en todas las sociedades. Aquí en Latinoamérica se gestan las sectas que se aprovechan de la pobreza y la ignorancia de las personas. En realidad, los colores y motivos formales en mi obra responden a esa acritud de la que me siento amenazado.
Divina fuente es una decapitación. Evidentemente, a usted no le interesa el “arte bello”.

El arte “bello” es para los que quieren ver florecitas y cosas que consideran positivas. La belleza es un concepto muy complejo. Mi Divina fuente es una teatralización, una disposición barroca, empalagosa y falsa, es un ritual inútil, una victimización agria, no es más que un simulacro. Para mí, lo bello sigue vigente en lo perfectamente realizado, aún en las obras que no fueron originalmente pensadas para ser bellas. Ese concepto existe, sea cual sea nuestra intención, aún se vea una obra de Jake y Dinos Chapman, que para mí son grotescamente bellas y perfectas. Creo que el error es confundir lo bello con los paisajes y el arte decimonónico o modernista. La belleza espera su turno para reafirmarse, yo trato de hacerlo a mi manera.

¿Cómo ve usted, como artista, en el arte y en la vida misma esa relación amor, sexo y culpa?

Esos tres elementos son inherentes a nuestra humanidad; los primeros dos, se unen, yo agregaría un tercero: la muerte. El amor es buscar en el otro aquello que nos hace falta, y el sexo es el complemento de esa lucha encarnizada que nos ha movido a través de la historia humana. En el sexo buscamos nuestra continuidad, nuestros genes forman esa cadena, la muerte interrumpe cada eslabón y nuestra esencia inmersa en la nada, ¿qué hay después?, el sexo y el amor son esa resistencia en nuestra carne y lucha violenta de no querer morir. ¿Qué pasa con los que no les interesa transmitir genes “como Dios manda”? El espíritu pasa, la carne se queda a merced de los estragos, como dice el Eclesiastés: “Bajo el sol el hombre hace, mas no le pertenece nada”. La culpa, el cuarto elemento, es un agregado que hemos fabricado desde que se inventó la religión y a Dios.

El espectador puede hojear uno a uno, con guantes, los grabados de Los enamorados. ¿El artista lo hace cómplice o le recuerda que el dolor (la manipulación de cuadros de dolor) es sagrado?

Ambos elementos me interesan. Es cómplice en el sentido de que toca, ve o huele al ser amado, ese que nos mata a cada momento y matamos también; el sexo de los amantes es un simulacro de la muerte, en eso radica la belleza de Los enamorados. Al dolor lo buscamos y deseamos, por eso es sagrado. Es un tributo de amor: padecer por amor a aquél o aquéllo.

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