Sebastián Toledo
Paladín de la comunicación
Un golpe en la cabeza cuando era niño dejó ciego a Sebastián, quien agradece a Dios haberle dado el don de la vista por pocos años para contemplar la naturaleza.
Por: Francisco Mauricio Martínez
Fotos: Carlos Sebastián
Cuando tenía cinco años perdió la vista debido a una travesura. Esta condición no truncó la vida de Sebastián Toledo, actual jefe de comunicación y relaciones públicas del Comité Pro Ciegos y Sordos, quien emigró a la capital y alcanzó sus metas académicas. Durante cuatro décadas ha vivido sin ver la luz y el color, lo cual, según cuenta, no extraña. “Sólo en dos momentos he deseado ver y fue cuando nacieron mis hijos”, expresa.

¿En qué forma incidió la ceguera durante su niñez?
Pertenezco a una familia campesina, pero gracias a que mi padre era maestro, ingresé a la escuela a los cuatro años y aprendí a leer y escribir; sin embargo, cuando tenía cinco años recibí un golpe en la cabeza, el cual me originó la ceguera. Mi vida, obviamente, cambió, pero la situación económica de mi familia me obligó a seguir cumpliendo con mis tareas de siempre, por ejemplo, ayudar en la cosecha y cuidar los animales. Me quedé sin vista, pero en mis actividades esto no marcó ninguna diferencia por ser una comunidad rural.
Mis padres, en el afán de buscar un alivio médico a mi problema, empezaron a recorrer todo occidente y en esa búsqueda entraron en contacto con Óscar Quintana, párroco de mi pueblo (Santa Eulalia, Huehuetenango), quien nos informó que en la capital había una escuela para niños ciegos, lo cual entusiasmó a mi papá y, en 1971, ingresé a la Escuela Santa Lucía. Algo que me ayudó mucho a que tuviera un desenvolvimiento normal en estos años, fue que, como mis padres no tenían recursos para pagar quien me cuidara, mis hermanos me incorporaban a la vida a través de sus juegos.
¿Cómo perdió la vista?
En mi pueblo se acostumbra celebrar el Día de los Santos, y en ese tiempo había una señora que compraba los restos de las velas que las personas llevaban a sus muertos. En eso andaba cuando, por travesura, le arrebaté a un mi primo un cabo de candela y, para esconderme, me subí a un tapanco. Él me siguió y cuando me encontró me hice hacia atrás para que no me viera, pero caí sobre el lomo de un hacha. Me paré y seguí corriendo, pues lo tomé como parte del juego; incluso mi abuelo nos persiguió para pegarnos, pero cuando estaba entre los sembrados me dio una especie de convulsión. En ese tiempo, uno de nuestros juegos favoritos era La gallina ciega, por lo que estábamos acostumbrados a buscarnos entre sí con los ojos vendados, con manos por delante y a trastabillar por la falta de visión. Por eso, mi mamá me decía, sin saber por qué: “Por jugar a la gallina ciega ya te estas quedando así”. Y la verdad era que yo me estaba quedando ciego.
¿Qué recuerda de los años en que pudo ver el mundo?
Recuerdo mi niñez con mucha ternura, ya que tuve la oportunidad de disfrutar del campo e identificar los colores. Si a mí me dicen pantalón negro y camisa blanca, yo me imagino a una persona que viste ropa con esos colores, porque los recuerdo. Cuando viajo con mi familia a la comunidad donde nací, les describo cómo era el área (árboles, piedras, viviendas) y ellos me confirman algunas cosas y otras me explican como han cambiado. Creo que Dios me bendijo con haber tenido el don de la vista de niño.
Una vez cuidaba un rebaño, pero, de pronto, las ovejas empezaron a inquietarse y vi unos perros grandes, por lo que les avisé a mis primos, quienes me dijeron que eran coyotes. En la mente aún tengo viva la imagen de estos animales acechando, y cuando a mis hijos les contaba un cuento, este recuerdo me invadía de nuevo.
¿En qué momento cambia la vida rural por la urbana?
Después de entrar en contacto con la escuela Santa Lucía, la trabajadora social Lili Rojas de Molina fue a visitarme a mi comunidad y les dijo a mis papás que era justo que yo estudiara, y así fue como me vine a la capital a un internado de la escuela, ubicado en la zona 10.
Cuando concluí mis estudios de educación primaria, regresé a Santa Eulalia y mi papá me retó a continuar la educación básica. Obviamente, ninguno de los maestros había atendido a un persona ciega, ni siquiera sabían que una persona con esta discapacidad podía estudiar, pero siempre me ayudaron mucho. Al concluir el ciclo básico, tenía la espinita de seguir estudiando y tuve la suerte de conocer a don Gabriel Murga y Ángel Guzmán, quienes marcaron mi vida académica, pues me apoyaron para que me viniera nuevamente a la capital y me inscribí en el colegio Indolatino.
¿Cómo ingresó a la Usac?
Cuando me gradué de bachiller, la señora Rojas le informó a doña Elisa Molina de Stahl, fundadora del Comité Santa Lucía, que un joven se había graduado con notas sobresalientes, por lo que me mandó a llamar y me ofreció la oportunidad de incorporarme a la entidad como traductor del sistema Braille. Me pidió que continuara estudiando en la Universidad de San Carlos, pero yo ya había ingresado (1983), gracias a una beca, a la cual consideré justo renunciar cuando tuve el trabajo, porque ya podía pagar mis estudios.
¿Cómo captaba los contenidos en una educación visual?
En la escuela Santa Lucía obtuve una buena base, gracias a los programas de autogobierno y cultura de organización y participación, lo cual fue determinante cuando regresé a mi pueblo a estudiar la educación básica; incluso, fundé, junto a otros, y fui presidente, de la Asociación de Estudiantes durante dos años. En el instituto conté con la ayuda de mis maestros, quienes al principio veían con curiosidad la escritura Braille, pero luego la conocieron, aprendieron y me ayudaron.
En la Usac, los catedráticos me exigieron igual rendimiento que a los demás, y mis compañeros también me ayudaron. Tomaba apuntes con el sistema Braille y utilizaba una grabadora; tener una en ese tiempo era un lujo. En el curso de fotografía, por ejemplo, no tomaba fotos, pero me involucraba en los documentales y otras actividades.
¿Cómo hacía para responder sus exámenes?
Mis maestros fueron determinantes, porque siempre me ayudaban. Yo aprendí a escribir a máquina (era parte del pensum), por lo que mi papá me consiguió una portátil y entonces ellos me leían la pregunta y yo respondía con la ayuda de este aparato, aunque les pedía que me disculparan los errores mecanográficos. Este instrumento me dio mucha independencia, incluso en la Usac; hasta que un día mis hijos me la desbarataron.
En el aprendizaje también me ayudó mucho el hecho de que aprendí a leer y escribir antes de perder la vista; de esa cuenta, puedo leer los rótulos escritos con letras resaltadas. Dentro de mi vida familiar acostumbro dejar mensajes escritos a mano.
¿Por qué estudió Ciencias de la Comunicación?
Cuando me gradué de bachiller pensé en una carrera que me permitiera desempeñarme como cualquier profesional; además, desde pequeño tuve mucha inclinación por la radio y, cuando estudiaba básico en mi pueblo y venía a mis consultas médicas, me daba por visitar estaciones como la Ciro’s, TGW, La Voz de las Américas y Radio Reloj. Me iba a meter a las cabinas de deportes y fue así como conocí al famoso narrador deportivo Ernesto Ponce Saravia, cuando laboraba para Súper Radio.
En la Usac, me gradué de locutor profesional (1986) y a partir de ahí inicié mi carrera profesional, la cual se fortaleció cuando concluí mis estudios de Ciencias de la Comunicación y la señora de Stahl me solicitó que elaborara un proyecto de promoción social para las personas ciegas.
¿Cómo logra ubicarse en la ciudad?
Todos tenemos un mapa mental y con base en éste vamos y venimos. Los no videntes tenemos puntos de referencia; yo, por ejemplo, resido en la zona 5 de Mixco y me desplazo hacia el centro de la ciudad, donde trabajo, en autobús. Cuando voy a llegar a la zona 1, por la avenida Elena y 9ª calle, hay un ascenso al llegar a la primera avenida y un descenso de ésta a la segunda; este pequeño brinco es “seña” de que ya voy a llegar. Para nosotros hay otros puntos de referencia como las gasolineras, restaurantes y farmacias, por su olor, también nos guiamos por las texturas.
¿Cuál es la percepción de su entorno?
Creo que se ha ganado bastante, pero la sociedad sigue siendo insensible hacia las personas que vivimos en condiciones de desventaja. La falta de educación vial dificulta nuestro trabajo, la proliferación de ventas en la vía pública son obstáculo, aunque estamos conscientes de los problemas económicos. Se sigue creyendo que nosotros debemos poner la mano para ver qué nos pueden dar y la Constitución de la República nos garantiza igualdad y eso es lo único que reclamamos. Jamás hemos pedido privilegios. |