Un milagro en mi vida
¡Aquí estoy! ¡Viva aún! ¡Tan viva, dinámica!

Después de dos meses de vacaciones verdaderamente maravillosas en mi amada Italia, llegó el momento del retorno a la patria. A pesar de mis 64 años, pero con una vitalidad y salud asombrosas, gocé el don que Dios me dio de llevar a cabo este trascendental descanso donde estuve rodeada del cariño sincero de tantos amigos queridos, y en la feliz compañía de mi amiga Ana Cherenti, que se transformó en mi ángel y en cuya casa pernocté todo el tiempo.
Cuatro días faltaban para el vuelo de regreso. Una mañana, al despertar, inicié mi plegaria cotidiana: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo... Dios mío, te doy gracias por el don de mi vida...” En ese instante, sentí en todo mi ser una extraña sensación y lo envolvió una palabra para mí desconocida: doppler.
¡No la pensé, no la escuché, solamente, la sentí! Al día siguiente y, sin recordar lo antes vivido, empecé mis plegarias y al llegar al punto de dar gracias por el don de mi vida... ¡Dios mío! ¡Otra vez! Aquella sensación inenarrable... Una frase entera me envolvió: “Debes hacerte un doppler”. Salté de la cama. “¡Ana!, grité, otra vez la misma sensación!” Pero esta vez dice que me tengo qué hacer un doppler.
Ella dijo: “Aquí cerca tenemos el Hospital Santa Rita en donde se encuentra tu querido amigo el profesor Emilio Galli”. Sonó el teléfono. Era mi amiga, la doctora Gianna Zoppei, del Instituto de Investigación Científica San Rafael del Monte Tabor, en Milán, en donde laboré por 12 felices años como psicóloga clínica. Gianna me dice: “Doris, queremos que vengas a la misa que se oficiará por nuestros difuntos”.
Le respondí: “Claro que iré, pero quiero pedirte dos favores. Que me envíes un chofer dentro de dos días para llevarme al aeropuerto y que me mandes hacer un doppler”. Me lo hicieron y oigo al profesor que me dice: “Doctora: ¿sabe que usted está gravemente enferma?” Me oí diciendo: “¡Qué bromista es!” Y me enseñó una enorme pantalla a todo color. Y allí... mi carótida izquierda tenía más del 92 por ciento de obstrucción. Oí la voz de Gianna: “No la dejen ir del hospital. Haré que le preparen su habitación. Llévenla para hacerle una resonancia magnética (RM) y los espero en la oficina del profesor Roberto Chiesa (el especialista en cirugía vascular)”.
Entramos a la oficina del profesor. Él y sus colegas ven el resultado de la RM y, perplejos, oímos: “¡Ya le han dado cuatro derrames cerebrales!” Era casi imposible. Yo estaba entera, como si nada. Para mí, pedir ese examen ya no era un misterio: El Espíritu Santo, en el que creo firmemente, lo arregló todo. La noticia era sorprendente. Empleé el tiempo para escribir mis últimos encargos y para llamar al padre Jean Badinga, quien me administró todos los sacramentos. ¡Estaba preparada!
La operación se llevó a cabo: Cinco médicos, paramédicos y seis horas y media de ardua labor. Era el 3 de noviembre del 2006. Y... ¡Aquí estoy! ¡Viva aún! ¡Tan viva, dinámica, saludable e inquieta! Pienso hacer todavía el sueño de mi vida, si Dios lo permite: una Institución para el adulto mayor que llevará por nombre “El Jardín de las Rosas”. ¡Loado sea Dios y por siempre su Espíritu Santo!
Dora Estela Guzmán Paiz
Psicóloga Clínica
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