Semanario de Prensa Libre • No. 171• 14 de octubre de 2007

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Punto final

Juego de palabras
El cambio de nombre de un país no es algo nuevo.

Por H.D.S. GREENWAY

Enormes manifestaciones, así como la subsiguiente aplicación de una severa represalia por parte de las autoridades, han traído a Birmania de vuelta a la conciencia occidental. ¿Pero, cómo referirse al país?

En 1989, la junta militar de Birmania cambió el nombre del país a Myanmar. El New York Times y el Washington Post, mostrando diligencia, se refieren a él como Myanmar, pero a menudo incluyen una referencia en sus artículos que dice “anteriormente Birmania”. A menudo, se refieren a la ex capital y mayor ciudad como Yangón, antes Rangún, pero a veces solamente Yangón.

El Boston Globe se refiere a dicha ciudad como Rangún y al país como Birmania, quizás con una referencia en el artículo en la cual se aclara que la junta cambió el nombre del país a Myanmar.

En fecha reciente, el The Wall Street Journal se refirió a Yangón, la mayor ciudad de Myanmar, sin molestar a los lectores con los nombres anteriores. Sin embargo, les dieron margen a sus fuentes. “Desean que Birmania mantenga su estabilidad”, citaron a una fuente en el mismo artículo, sin guía alguna del diario hacia el lector respecto de que Birmania y Myanmar son uno y el mismo.

The Economist siguió con Myanmar en su principal editorial de hace un par de semanas, sin referencias a nombres pasados, pero usó la palabra Birmania en su portada. El The Financial Times sucumbió en fecha reciente a la misma esquizofrenia. Hace algunos días, con toda determinación, se refirió a Birmania y Rangún a lo largo de un artículo, pero el pie de foto hablaba de Yangón, Birmania.

Al parecer todo mundo usa el gentilicio birmano como adjetivo, incluso cuando se están refiriendo a Myanmar. “Sencillamente, myanmarí no ha tenido éxito”.

Jim Lehrer, del programa Hora Noticiosa en la televisión pública de Estados Unidos, nos da una alternativa. “Myanmar o Birmania”, pero hace poco se tomó la molestia de explicar que estos nombres se han ido cargando de significado político. Myanmar es asociado con la dictadura militar, en tanto Birmania es favorecido por la oposición democrática.

El presidente Bush usó la palabra Birmania en su discurso ante Naciones Unidas —correctamente, en mi opinión—, pero estoy seguro que la junta birmana pensó que eso era el equivalente de que el mandatario estadounidense se refiriera al Partido Demócrata.

El origen del estilo del New York Times puede ser rastreado hasta Joseph Lelyveld, editor del exterior en 1989, y posteriormente editor ejecutivo, quien fue “la única persona en las instalaciones que había vivido alguna vez en Birmania”, dice, cuando fue becario de Fullbright allá.

Su filosofía general era, y sigue siendo, que “a nosotros no nos incumbe cómo desea llamarse un país”. Además, él no quería repetir el caos que siguió en muchas redacciones de periódicos y publicaciones al cambio de China, de Pekín a Beijing, él había conversado con un respetado amigo birmano, quien le dijo que Myanmar era un nombre más viejo para referirse a Birmania, y tenía legitimidad.

“En estos tiempos, Myanmar es asociado con esas aborrecibles personas”, dice Lelyvel. “Esencialmente, me apresuré y erré”. Él piensa que, en retrospectiva, habría sido mejor esperar un poco para ver cómo terminaba asentándose la situación.

Algunos periódicos rápidamente aceptaron el cambio de Camboya a Kampuchea, por parte del Jemer Rojo. Otros se detuvieron, pensando que el régimen no podría durar, y que la denominación Camboya sería restablecida. Así fue.

No hay nada nuevo respecto de los cambios de nombres. El Volta Superior cambió su nombre a Burkina Faso en 1984, según comediantes, para estar más arriba en el índice alfabético. San Petersburgo se convirtió en Petrogrado en la I Guerra Mundial, después en Leningrado bajo los comunistas. Ahora es San Petersburgo de nuevo.

India cambió de Bombay a Mumbai, aun cuando Bombay vino del portugués y nunca fue Mumbai. La vieja y venerable Madrás es conocida como Chennai, y Calcuta ya cambió a Kolkata. La última vez que estuve ahí; sin embargo, el Club Real de Golf de Calcuta se estaba resistiendo al cambio de nombre.

El club de yates en Hong Kong alcanzó un arreglo cuando la ex colonia británica fue devuelta a China hace 10 años. En inglés, aún es el Club Real de Yates de Hong Kong, pero en chino es el Club de Yates de Hong Kong.

En lo personal, respeto la decisión de un país respecto de darles nuevos nombres a las cosas, pero mi opinión como una persona de carácter irascible es que no debería ser impuesto sobre el idioma inglés. Nosotros nunca tuvimos que CCCP en lugar de URSS cuando la Unión Soviética aún existía. Alemania se hace llamar Deutschland, pero no insiste en que los angloparlantes sigan ese ejemplo. Los italianos no se molestan, porque nosotros decimos Florencia en lugar de Firenze. Igualmente, a los belgas no les crea irritación que los angloparlantes escribamos Bruselas en lugar de Bruxelles.

En cuanto a Myanmar, no tengo la menor duda de que tanto el país como el nombre de la ciudad de Yangón terminarán algún día en el mismo basurero que Leningrado y Kampuchea.

The Boston Globe

   

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