Buenos días, Buenos Aires
Al estar aquí se comprende todo: desde Borges hasta Quino, de Leonardo Favio hasta aquel tango que dice “Corrientes 348... segundopiso ascensor”...

Por: Gustavo Adolfo Montenegro
Lo primero que se rompe en mil pedazos al llegar a Buenos Aires es el estereotipo del argentino: la gente aquí es cordial, servicial y amable.

Si hay presumidos, no será en una proporción mayor de lo que hay en otros países. Lo que sí es cierto es que Guatemala tiene aquí a su embajador plenipotenciario de buena voluntad cantando Mujeres, Señora de las cuatro décadas o Realmente no estoy tan solo, en discotecas, librerías, restaurantes y taxis. “Mi mujer idolatra a Arjona”, detalla el taxista que nos lleva de regreso al aeropuerto, mientras nos despedimos de las decimonónicas cúpulas y los techos con aire europeo que abundan por todas partes.
Al marcharse, no queda sino recordar el legendario Luna Park que a Luis Cardoza también se le quedó grabado y que Ricardo Arjona llenó 35 veces el año pasado. En alguna de estas antiguas edificaciones cercanas debe estar escondido, otra vez, el Aleph, esperando a ser descubierto por algún turista incauto.
Letras, fe y viento
Lugares de auténtica tentación para quienes tienen desatado el apetito por la lectura, son las incontables librerías de nuevo y usado, con títulos clásicos y ediciones frescas, a precios que dan risa... o que dan pena cuando ya el bolsillo se queda vacío.
También es el paraíso de los discos de tango, cuyas opciones aquí se multiplican por décadas y nombres desconocidos; claro, siempre y cuando a usted le guste este tipo de música, porque de lo contrario, si su hambre va en otro sentido, entonces tiene a su disposición los comedores de tenedor libre, donde por unos 15 pesos, sin incluir bebida, podrá servirse todo lo que quiera... incluido el infaltable bife, ya sea entraña, puyazo, lomo o costilla.
Ya con el corazón contento puede seguir el recorrido por la peatonal calle Florida, en donde usted encuentra prendas de piel, zapatos cosidos a mano e incontables puestos de revistas para todo público y también clasificación R.
Siga recto y encontrará la famosa Plaza de Mayo, en donde los niños juegan y las parejas se besan, aunque las barricadas desarmadas evocan tiempos menos relajados. La Casa Rosada guiña el ojo, es decir, refleja por un instante la luz del sol en una de sus ventanas, mientras un cuidador de perros se atraviesa con su ramillete de ladridos.
¿Dónde está la Catedral?, cabe preguntarse frente a las columnas de una especie de templo griego en cuyo tímpano está la escena del encuentro de José y sus hermanos en Egipto. Debajo arde la llama en memoria de José de San Martín las 24 horas. Finalmente, después de exhaustiva revisión peatonal de los edificios que rodean la plaza, resulta ser que entre esas columnas ateneas está la entrada al recinto donde se regocija el espíritu, entre brillos de oro, orlas neoclásicas y pisos de auténtico mosaico.
Jesús nos da la bienvenida a la entrada y dos estatuas en forma de soldado (¿o son dos soldados fijos como estatuas?) hacen guardia ante el panteón del libertador San Martín, cuyas épicas batallas hicieron libre a este territorio.
La imaginación vuela hacia aquellos enfrentamientos gloriosos, que llevaron un día a ondear la bandera celeste y blanco en el lugar donde hoy está el obelisco de la calle Corrientes.
La curiosidad nos llevó a buscar el 348, que, en efecto, tiene un rótulo promocional, como auténtico lugar de referencia para nostálgicos del tango, una nostalgia que tiene la cara melancólica del sol del escudo argentino y que al respirar seguramente exhala ese suave aliento frío de recién llegada primavera: el mismo con que nos saludó cuando recién llegamos (y cuando partimos) al aeropuerto Ezeiza. |