La ciencia se abre paso
Guatemala invierte cada vez más en proyectos de investigación, un terreno en el que las universidades llevan la voz cantante

Por: Gemma Gil
Fotos: Carlos Sebastián
El 25 por ciento de los 10 mil productos naturales con los que está ensayando el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos proviene de fuentes marinas.
En Guatemala, este campo de investigación comenzó en 1998, de la mano de Amarillis Saravia y Óscar Cóbar, quienes estudiaron un invertebrado recolectado en la Bahía de Amatique (Izabal), cuyo extracto demostró tener propiedades hipnóticas y sedantes.
Nueve años más tarde, Cóbar, decano de la facultad de Ciencias Químicas y Farmacia de la Universidad de San Carlos (USAC), continúa sus investigaciones en el Laboratorio de productos naturales (Lipronat) con un tipo de coral conocido como Briareum asbestinum, cuyas moléculas han demostrado tener una alta citotoxicidad contra células tumorales.

“Es un proceso largo y complejo, que pasa por la modificación de la estructura de las moléculas para potenciar sus propiedades anticancerígenas. Después hay que lograr su reproducción en el laboratorio para obtener cantidades suficientes para probar su grado de efectividad”, explica el doctor, quien estima que no podrá haber un fármaco a disposición del público hasta la próxima década.
Este proyecto está siendo parcialmente financiando por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Concyt), institución que ha pasado de destinar Q1.36 millones en 2003 a un estimado de Q12 millones en el presente año para financiar proyectos de investigación.
“Durante el gobierno de Alfonso Portillo vivimos un momento crítico. En el 2000, se trató de cerrar el Consejo y no dispusimos de fondos para invertir. Con el nuevo gobierno, esperamos que se siga respetando el plan 2005-2014, encaminado a ir aumentado progresivamente los recursos”, declara el asesor Édgar Aguilar.
La cuestión no es una decisión política que se deba menospreciar, porque la inversión en I+D (investigación y desarrollo) es una apuesta por un futuro mejor.
El papel de la academia
En la actualidad, no existe ningún indicador que revele cuánto está investigando la empresa privada, por lo que sólo se puede evaluar el papel desempeñado por el sector público y los centros de educación superior.
Las universidades son los principales centros de investigación, aunque cada centro tiene su propia “filosofía”. Por ejemplo, mientras la Francisco Marroquín establece en su ideario que su propósito es fortalecer los aspectos teóricos —ya que “lo importante es formular y examinar de nuevo teorías o principios y no formar técnicos en su aplicación, pues es la validez de los principios lo que se ha puesto en duda”— otros centros privados, como la Universidad Rafael Landívar (URL), cuentan con una estructura de institutos de investigación vinculados a las facultades.
En el caso de la URL dicha estructura es una herramienta educativa al servicio de los estudiantes que están realizando sus tesis. Por ejemplo, en el laboratorio de biotecnología del Instituto de Agricultura, Ambiente y Recursos Naturales (Iarna), los alumnos están investigando la reproducción in vitro de tres especies silvestres de plantas medicinales y de algunas tillancias (gallitos) y orquídeas.
“Después de un proceso de desinfección, buscamos la forma de acelerar su reproducción y de determinar la metodología de invernadero apropiada para su explotación”, explica Hernán Perla, coordinador de este laboratorio. Las especies sobre las que están trabajando habitualmente son extraídas del bosque y se encuentran en peligro de extinción, por lo que se trata de obtener una solución que reduzca la demanda sobre esas plantas silvestres. “Además, estos estudios nos permiten crear y conservar un banco genético en caso de que algunas de estas especies llegaran a desaparecer”.
Iarna, además, trabaja en un interesante proyecto de recopilación estadística: El Perfil Ambiental de Guatemala, un completo panorama del estado de los recursos naturales del país.

Los más vanguardistas
La última universidad en desarrollar una estructura de institutos, y en convertirse de paso en una alumna aventajada, ha sido la Mariano Gálvez que desde septiembre de 2005 cuenta con los laboratorios mejor equipados no sólo del país sino de Centroamérica.
“El esfuerzo por invertir en los mejores equipos responde al deseo de generar conocimientos que brinden resultados para la sociedad”, afirma Ricardo San José, director del Instituto de Investigaciones.
Dedicado a los campos de química, biotecnología, biomédica y biofísica, las instalaciones de este centro son, sin lugar a dudas, dignas de envidia. Antes de su puesta en marcha se pensó en todo: desde la ventilación hasta el tratamiento de aguas residuales, pasando por el tipo de pintura que se debía utilizar en las paredes. Tan rigurosa planificación ha hecho posible crear unas instalaciones que en algunas áreas cumplen con protocolos de seguridad de nivel tres (el máximo internacional es cuatro), razón por la cual han sido certificados como el laboratorio oficial para el diagnóstico de la influenza aviar para Centroamérica, Caribe y México.
“Somos los únicos con la tecnología para realizar pruebas de identificación genética en humanos, bacterias y hongos”, explica la especialista en biotecnología Eyda Campollo, “Este año estamos estudiando la tuberculosis a fin de buscar un método que permita hacer un diagnóstico en 24 horas, lo que supondría un gran avance porque ahora se están demorando hasta dos meses.
Por otro lado, queremos determinar cuáles son los genotipos del virus del papiloma humano circulante en nuestro país, a fin de determinar si la vacuna es adecuada para nuestra población”.
“Tenemos el mejor equipo, pero nuestro deseo no es ser exclusivos”, añade su colega Willy Knedel, coordinador del área química. “Somos un país con pocos recursos y pocos investigadores, así que debería haber más coordinación entre universidades para evitar duplicidades”.
Knedel está dedicado a la investigación de agroquímicos, especialmente de plaguicidas presentes en el agua, el suelo y los alimentos, porque “no existe ningún tipo de control y no tenemos ni idea de lo que nos estamos comiendo”.
La necesidad de establecer controles de calidad no sólo es una cuestión de salud pública, sino de crecimiento puramente económico, ya que una de las barreras a la exportación que enfrenta la industria agroalimentaria es el cumplimiento de las normas sanitarias exigidas por Estados Unidos y la Unión Europea. Paradójicamente, a pesar de los beneficios que el I+D puede brindar, el sector empresarial guatemalteco no ha establecido fuertes vínculos con las universidades.
“Esto tiene mucho que ver con la falta de difusión”, afirma Knedel, una opinión que comparte Eunice Enríquez, investigadora de la Unidad de Abejas Nativas de la facultad de Ciencias Químicas y Farmacia de la USAC.
Los más grandes
“No creo que estemos haciendo la publicidad necesaria de nuestra producción intelectual”, dice Enríquez. La unidad en la que labora se dedica al estudio las abejas nativas, cuya peculiaridad es que carecen de aguijón y que proporcionan unas mieles mucho más claras que las que se venden en los supermercados, elaborada por la Apis mellifera o abeja de Castilla.
“Se sabe que las culturas mayas daban miel de la Melipona beecheeii a las mujeres embarazas, por sus propiedades nutricionales ¿pero, qué hay de cierto en esto?”, cuestiona el investigador Carlos Maldonado. Hacer una validación científica de las propiedades nutritivas y terapéuticas que la cultura popular atribuye a las mieles es precisamente parte del trabajo de este grupo de investigación, uno de los tantos que aglutina la facultad de Ciencias Químicas y Farmacia (facultad que junto a su instituto y su laboratorio de producto naturales (Lipronat) es uno de los núcleos más activos de la USAC).
En la universidad pública existen 36 unidades de investigación, cada una con sus proyectos correspondientes. En palabras de Antonio Mosquera, director general de investigación de la San Carlos, el año próximo esta maquinaria se alimentará con un total de Q32 millones destinados a demostrar en términos prácticos las bondades de la ciencia o, lo que es lo mismo: a generar conocimiento, brindar progreso y solucionar problemas.

... y los más osados
“La mitad de nuestros estudiantes se van del país. No hay oportunidades laborales, porque el sector productivo no es innovador y porque la academia sigue centrando sus estudios en las ciencias sociales, en vez de buscar nuevas soluciones”, opina Eduardo Suger, rector de la Universidad Galileo, y cierta razón no le falta.
Las estadísticas demuestran que en el terreno académico hay un mayor interés por la investigación aplicada que por la innovadora, lo que, como todo, se ha de entender con matices. Como expone Judith Díaz, directora del Instituto de Investigación en Energías Renovables de la Galileo, “La investigación no es sólo creación; aquí tenemos un alumno que quiere diseñar una turbina eólica más pequeña y ligera del estándar, para que se adapte mejor a Guatemala, donde no soplan fuertes vientos. Ciertamente, no está inventando nada, pero está haciendo una aportación valiosa”.
Más innovadores son los 11 licenciados que trabajan en la joya de la corona de esta universidad, un proyecto pionero en el campo del e-learning.
La forma en la que aprendemos está cambiando radicalmente, así que estamos enseñando a las personas una nueva forma de aprender. Trabajamos en el área técnica y metodológica”, cuenta Rocael Hernández, al frente del GES (Galileo Educational System).
De cara al año próximo, el equipo está planteando integrar Second Life a los programas de educación en la red, idea en la que trabajan sin complejos geográficos. De hecho, en mayo pasado concluyeron un proyecto de e-learning de la Unión Europea, en el que fueron invitados a participar junto a instituciones europeas y americanas.
“En este campo, lo importante no es de dónde vienes, sino qué haces y aquí tenemos la misma capacidad que en cualquier parte del mundo”.
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