Semanario de Prensa Libre • No. 172 • 21 de octubre de 2007

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D mundo

Seductores de masas
Las circunstancias políticas han generado que en Latinoamérica surjan líderes que desatan pasiones y dividen a los pueblos.

Por: Francisco Mauricio Martínez

Por casi medio siglo Cuba ha estado sometida a un régimen totalitario muy particular, y es que el comandante Fidel Castro, aunque le impuso a su gobierno las características de su recia personalidad, vinculó estrechamente a su gestión su capacidad de atracción, eso que algunos llaman carisma y que le permite, fácilmente, abarrotar la Plaza de la Revolución cuando proclama sus discursos.

Castro ha sido un seductor por excelencia y un ilusionista excepcional, lo que le ha permitido conservar la confianza de sus partidarios a pesar de sus éxitos y fracasos. Su liderazgo ha estado sostenido como dice el periodista cubano Pedro Corzo, “sobre las bayonetas y su talento, pero sobre todo por su habilidad para inspirar confianza y ayudar a olvidar”.

El jefe de estado generó desde los años de La Revolución un discreto culto a su persona y cuando llegó al poder fue capaz de que la masa y cierto sector de la clase dirigente se convenciesen de que estaban frente a un hombre que representaba los mejores intereses de los cubanos. De la noche a la mañana, expresa metafóricamente Corzo, “la isla tenía su propio Dios, que a la vez era profeta y un Satán que era Estados Unidos”.

Salvadores del mundo

Cualquiera que sea su ideología o proyecto, los autonombrados salvadores de la patria acostumbran dejar a sus países, cuando pierden el poder, profundamente divididos y polarizados, sentencia el analista del diario El Nacional de Venezuela, Tulio Hernández. Esto ocurrió en Chile a la muerte de Augusto Pinochet y lo que, posiblemente, ocurrirá en Cuba y Florida cuando Castro exhale su último suspiro.

Estos polémicos líderes, al igual que Hugo Chávez en Venezuela, Efraín Ríos Montt en Guatemala, Daniel Ortega en Nicaragua y Arnoldo Noriega en Panamá, hace unas décadas, se consideran los ungidos para echarse sobre sus hombros el destino de un país y “limpiarlo” de alguna plaga que los ha invadido. Esta tragedia puede ser el Comunismo en el caso de Pinochet, el imperialismo en el de Chávez y los judíos en el de Adolfo Hitler.

Para cumplir con esa misión, indica Hernández, “estos mesías necesitan convertirse en figuras míticas, extremamente amadas y temidas”, capaces de unificar en torno a un discurso a sus seguidores para que les rindan pleitesía. Algunos suelen morir en el poder como Francisco Franco en España y, posiblemente, Castro en Cuba. Su presencia física, su carisma o el temor que imponen entre sus allegados hace que sólo la muerte permita la alternancia a su liderazgo nacional.

Ellos son los buenos

En sus discursos se autoproclaman paladines de los pobres y despiertan la rabia que incendia el corazón de miles de habitantes. Sus reuniones multitudinarias son dominadas por la emoción colectiva, exacerbación de los ánimos mediante la satanización de personajes o decisiones impopulares y “construyen un universo en el que él y los suyos representan el bien y todos los demás el mal”, analiza Soledad Loaeza en su ensayo Líderes y Seguidores, publicado en el periódico La Jornada, de México.

Chávez, reelecto presidente de Venezuela, por ejemplo, se ha colocado en ocho años de gobierno en un escenario hecho a su medida, desde el que suscita admiración o siembra rechazo, con su particular visión del mundo y una sorprendente presencia en los medios oficiales locales y en los internacionales.

Desde la tribuna de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) llama “diablo” al presidente de Estados Unidos, George Bush, y se pelea con otros líderes latinoamericanos, como Vicente Fox, expresidente de México y Alan García gobernante de Perú, mientras, con la misma contundencia, expresa su amistad y cercanía con Castro, Evo Morales, Rafael Correa y Luiz Inácio Lula da Silva.

El hombre que desde 1999 gobierna Venezuela, se sometió a un veredicto popular en diciembre del 2006 y triunfó, lo cual implica que estará en el cargo hasta el 2012. Carismático, polémico, controvertido e impredecible Chávez, de 52 años, seduce o irrita y no duda en causar controversia cuando, en su opinión, la situación lo merece.

Los salvadores de la patria y los tiranos vienen al mundo a dividir y gobiernan para sólo una parte de la nación condenando a la otra al exilio, el escarnio, la muerte o el silencio. “Los líderes demócratas tienen, en cambio, la tarea de impedir la exclusión, unir, garantizar la convivencia entre diferentes y reconciliar a las partes divididas”, sentencia Hernández.

 


   

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