Semanario de Prensa Libre • No. 173 • 28 de octubre de 2007

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D cultura

El contraste, la pulcritud: “Índole”
Exposición de pinturas e instalaciones de Norman Morales, en
Centro Cultural Metropolitano.

Por: Juan Carlos Lemus
Fotos: Carlos Sebastián

 

Estamos frente a una obra maestra de la comunión entre los contrastes. Una de las magias que tiene la exposición “Índole”, de Norman Morales, es que a pesar de que el ser humano se encuentra pintado en algunos cuadros con sus vísceras y tendones expuestos frente al espectador, eso no causa repulsión. Tonos como el de la sangre, antes bien, prodigan belleza.

Manchas rojizas o circunferencias dan contrapeso al color intacto de la madera; alfombras rojas (evocadoras del lujo y la celebridad) sostienen viejos tiestos, tornillos oxidados, y gastadas cajas vacías donde un día se vendieron ferrosas piezas de ¾ de pulgada. La muestra, distribuida en tres salas del Centro Cultural Metropolitano, evidencia la fuerte devoción del artista por la precisión. Su cuidado en la disposición de los objetos y la pulcritud ciertamente colaboran con el orden, pero, además, bañan el ambiente de cierto esplendor. Es una limpieza que domina, incluso, sobre los tonos oscuros. Es como si por arte de magia la madera desoxidara los tornillos y la totalidad del cuadro nebulizara las vísceras en él pintadas. Además, quedan así exhibidos los valores conceptuales del artista que eligió, para esta exposición, una combinación de pinturas con instalación. “Índole” está integrada por cinco partes.

Lección de anatomía No. 1 (Anatomía comparativa), técnica mixta, tres lienzos e igual número de mesas de madera, muestra cuerpos o fragmentos de cuerpos. Un hombre se levanta la piel como quien se levanta la ropa; una dentadura se muestra, un torso, una mesa volcada, fantasmal, y un personaje medieval con las manos llenas de bisutería. Cada mesa, a su vez, es un mostrador en el cual se aprecian herramientas metálicas y formas del cuerpo humano. Y es que ambas, (mesa y cuerpo) son sólo vehículos; el cuerpo, un saco que porta la vida y de cuyo funcionamiento dependen la energía y los sentidos. Ese cuerpo puede ofrecer una lectura de su resequedad, tiene manos que pueden operar como engranajes o una cabeza que tiene un pensamiento vacío. Después de todo, qué son los músculos y los sistemas respiratorios o circulatorios, sino libros que se vuelven viejos, músculos enmohecidos por el tiempo, muebles que hoy celebran con antelación su resurrección en una sala.

Si en la totalidad hay un cuidado por la colocación de los objetos, también la hay de las piezas dentro de cada mostrador; no obstante, de apariencia perfecta, el cuerpo y los objetos, por muy alineados que se encuentren, tarde o temprano tienen el óxido y la sangre seca debido al paso del tiempo.

Ciertas imágenes mutiladas no persiguen agredir al espectador, ni siquiera despertar su morbo, sino tan sólo servir de ese espejo que se hace posible con sólo pelar la dermis, la cáscara. La decoración ha muerto, se ha dado paso al significado profundo de las cosas.

Esto es lo que observamos en “Índole”. Su significado es la elegancia puesta al servicio del deterioro.

Si la posmodernidad, dicho con sencillez, no es otra cosa que la conjugación de lo antiguo con lo moderno, qué mejor ejemplo sino aquellas 24 piezas ubicadas en dos marquesas de cuatro niveles; cada una tiene, a su vez, pinturas o textos tales como “1.- Cuidado puede contener...”, “2.- Alérgicos a desengaños... Suspenda el uso...” etcétera. Dos muebles se asientan sobre una alfombra roja (como de celebridades, de fineza y de un rojo nada tímido).

Cada uno tiene vasijas que semejan esas antigüedades de gran valor que algún día, tiradas a la basura, fueron recuperadas y puestas en vitrinas. Similar contraste entre lo viejo y lo nuevo sucede en Lección en trance, que consiste en diez pequeñas cajas de cartón vacías que absorbieron esa belleza que sólo da el desgaste natural, puestas sobre soportes a escuadra, rústicos; quizá lo que somos, así como lo que será nuestro futuro, está representado en esas cajas vacías: al fondo del individuo, la inexistencia, las cajas de muerto, el sepulcro blanqueado y su correspondiente repello desgastado.

Si tales figuras dan a lo viejo un novedoso sentido, Esto no es una elegía (ensamblaje sobre panel, sin duda un autorretrato del artista) es más bien una congregación donde, cuidadosamente pintado a tinta negra sobre blanco, a escala natural, el individuo tiene sobre su cadera una imagen semejante a una radiografía; en el mismo cuadro, de nuevo, una mesa y otros elementos, pero la figura humana -sin tendones al aire- es el punto destacado hacia el cual se dirige la vista. Más autorretratos muestra en Manifiesto superfluo (acrílicos y acetato sobre tela). Son cuatro cuadros en los que hay una secuencia de posturas: el individuo en cuclillas, otra, levantándose (o agachándose) y dos más donde está de pie (vista al suelo y vista a un horizonte). Tales posturas nos recuerdan la índole del montaje de Norman Morales: el dinamismo de la vida está reunido dentro del cuerpo mismo, donde también se encuentra el deterioro, lo que caduca y lo que se levanta, siempre, como anclado a los años.

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