En honor al
Dalai Lama
Por: New york Times
El presidente George W. Bush entregó la Medalla de Oro del Congreso al Dalai Lama el miércoles 14, un gesto que ya ha causado fricción en las relaciones entre Estados Unidos y China. El gesto bien vale la pena. Pero su valor total no se notará, a menos que se vuelva un paso hacia un diálogo fructífero entre los líderes chinos y representantes del Dalai Lama sobre el forjamiento de una autonomía significativa para el Tíbet.
China, por medio de su ministro del Exterior,
Yang Jiechi, manifestó su
“decidida oposición” a este reconocimiento.
Idealmente, Bush y los congresistas que votaron a favor del galardón al Dalai Lama también podrían absorber algo de las profundamente arraigadas creencias del exiliado líder espiritual sobre la no violencia y compasión. Esta sería una dimensión simbólica del evento que no tiene nada que ver con China.
Podría implicar una meditación seria por parte de los líderes políticos estadounidenses acerca de recurrir a la guerra, la amenaza del cambio climático ocasionada por la emisión de gases de invernadero, y la tolerancia hacia las diferencias en la familia del hombre.
El ministro chino del Exterior, Yang Jiechi, ha manifestado la “decidida oposición” de China hacia el reconocimiento, y advirtió que si las objeciones chinas son ignoradas, la ceremonia del miércoles celebrada en la Capital Rotunda podría tener “un impacto extremadamente serio” en las relaciones entre Beijing y
Washington.
El líder del Partido Comunista para la región del Tíbet, Zang Quingli, fue todavía menos diplomático. “Si el Dalai Lama puede recibir un premio de este tipo, no debe haber justicia ni personas buenas en el mundo”.
Estas furiosas quejas y amenazas de parte de los funcionarios chinos sólo pueden ser entendidas adecuadamente contra el telón de fondo de una persistente línea de propaganda que han repetido hasta el cansancio acerca del Dalai Lama y el gobierno tibetano en el exilio.
A pesar de las conocidas declaraciones públicas del líder espiritual que apoya sinceramente una solución de la autonomía tibetana dentro de una China unificada, las autoridades chinas han seguido insistiendo en que estas posturas acerca de un mayor grado de autonomía para el Tibet son un malintencionado subterfugio y que el Dalai Lama es en realidad un “divisionista” que quiere separar a un Tibet independiente de la China continental.
La autonomía que los representantes del Dalai Lama han estado proponiendo en las intermitentes discusiones con los funcionarios chinos podrían incluir un derecho de los tibetanos de administrar sus propios monasterios e instituciones religiosas, para conservar su idioma distinto, y tener algo de control sobre la educación de los tibetanos en el Tíbet.
La realidad es que los tibetanos no aceptan la dura política de colonización china. La mejor esperanza para el futuro podría recaer en encuentros como una conferencia sobre la “Autonomía en el Tíbet”, que reunirá a académicos chinos y tibetanos en Harvard el próximo mes. La cultura tibetana se ha convertido recientemente en un tema de mayor interés para la gente joven en China. Los ilustres líderes chinos deben darse cuenta que, por el bien de su interés nacional, deben respetar y preservar la autonomía y originalidad del Tíbet.
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