Semanario de Prensa Libre • No. 173 • 28 de octubre de 2007

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D fondo

¿Cuánto es lo menos?
El Guarda es el mayor centro de comercio informal del país, en el cual se consigue desde un tornillo hasta un equipo electrónico.

 

Por Francisco Mauricio Martínez
Fotos: Carlos Sebastián
Infografía: Mynor Álvarez

Traspasar las puertas del mercado de El Guarda es ingresar a un espacio donde, a cada paso, el visitante se lleva muchas sorpresas. En medio del tumulto, ropa, aparatos, frutas, legumbres y toldos de plástico de distintos colores, los vendedores ofrecen a gritos sus mercancías. “¿Qué busca, pregunte?”. “A Q8 el trajecito, aproveche... todo barato”, se escucha sin cesar.

Recorrer cada uno de los entornos significa adentrarse en una aventura que puede durar una jornada. En sus entresijos, unos 9 mil comerciantes, según calcula la directiva de arrendatarios, exponen sus productos.

En el sitio se puede encontrar desde una almeja hasta un iPod e, incluso, amplificadores de música marca Peavey. “Todo bueno, bonito y barato”, repiten los locatarios.

El edificio del mercado original (conocido como La Casona) está ubicado en la 2a. calle, entre 3a. y 4a. avenidas, zona 11, colonia El Progreso y fue inaugurado en mayo de 1962 por Francisco Montenegro Sierra, alcalde capitalino de ese entonces.

En esos años, el local albergaba a 150 vendedores, pero con el tiempo resultó insuficiente y se fue expandiendo a las calles y avenidas aledañas. En la actualidad, ocupa desde la. calle hasta la 4a. y de la 0 avenida a la 5a. Su crecimiento ha sido tal, que a inicios de este año, la Municipalidad capitalina estableció límites, indica Juan Carlos González, administrador del mercado.

De mil cabezas

Esta plaza es el mercado cantonal más grande del país, en la cual, según supone su directiva, unos cinco mil negocios exponen sus productos. La administración tiene registrados, aproximadamente, dos mil 600 puestos de venta (la mayoría mide 2x2 metros); sin embargo, se estima que otra cantidad similar no aparece registrada o está asentada en locales privados y centros comerciales ubicados en el área.
Debido a su tamaño, las autoridades municipales lo dividieron en 32 sectores, pero a partir de este año quedaron fuera de los límites cuatro (1, 27, 28 y 29), con lo cual se redujo a 28. Cada uno tiene su junta directiva integrada por cinco personas, las que, a la vez, están organizadas en el Comité Central del Mercado El Guarda. Leonzo Zárate, presidente de este comité, calcula que, en promedio, en cada puesto trabajan entre dos y tres personas.
La jornada se inicia a las cinco de la mañana, cuando las vendedoras de jugos de naranja, panes con frijol o huevo, café y desayunos principian a atender a los comensales. Ellas deben retirarse, de acuerdo al reglamento, a más tardar a las 10 horas, indica el administrador.
En las horas pico, al gentío que transita entre los estrechos pasillos se le dificulta andar. Los gritos de los locatarios para anunciar sus productos invaden el ambiente y las pujas por los precios impera. Después de regatear por unos cinco minutos un pantalón por el cual pedían Q70, se puede comprar en Q50. Expresiones como “Q100 con rebaja”, “¿Cuánto da?” “¿Cuánto es lo menos?” “Déjemelo en Q50” y “No seño... no se puede”, forman parte del palabrerío económico de este comercio.
Los momentos de mayor ajetreo se registran entre las 10 y 12 las horas, cuando el tránsito de personas se vuelve agobiante debido al calor y porque abrirse paso entre la muchedumbre se pone cuesta arriba. En estas horas, los encontronazos con otras personas son frecuentes y no es extraño perder de vista a los acompañantes. Esta complejidad es mayor en sábados y domingos.
Nadie se atreve a cifrar cuánto dinero circula diariamente en el lugar. “Es mucha plata, millones, pero ni idea de cuánto”, comenta Salazar. De lo que sí están seguros es que el sector que más movimiento comercial tiene es el conocido desde hace muchos años como “mexicano”, debido a que durante muchos años se ha vendido mercadería (ropa, jabones, cosméticos, cortinas) fabricadas en México.
De esto sólo quedó el sobrenombre, porque ahora los puestos están invadidos de ropa, juguetes y otros artículos, importados de Asia, sobre todo de China. Este fenómeno se debe a que los productos del país vecino aumentaron mucho de precio. “Somos la vanguardia en todo, cuando llega la lluvia somos los primeros en vender paraguas y, en los meses de frío, guantes y otros accesorios”, refiere David Guzmán, representante de dicho sector.


Sus sombras

Como sucede en cualquier situación, el mercado El Guarda vive su propia problemática. Uno de estos lastres es la delincuencia, la cual desencadenó en un caso de linchamiento hace dos años. Salazar reconoce que el lugar “tiene fama de hacer justicia con su propia mano”, pero apunta que tienen la esperanza de que la recién creada Policía de Mercados mejore la seguridad.
Los vendedores y los integrantes del comité aseguran que en el área del mercado los delincuentes no se atreven a cometer fechorías, porque aún tienen presente el caso del linchamiento y porque, además, los inquilinos están organizados. No obstante, reconocen que cerca de las gradas de la pasarela (del proyecto de Transmetro) sí suceden hechos delictivos. “Ahí esperan a las personas, por eso necesitamos seguridad”, afirma el presidente del Comité.
Otro problema es la falta de personal de la Municipalidad (sólo tiene asignado un administrador) en el control de la proliferación de vendedores no autorizados, muchos de los cuales interrumpen el paso en los pasillos destinados a los peatones y otros que se colocan afuera de los límites establecidos. “Algunos aumentan el espacio de su puesto, con lo cual el paso se vuelve incómodo”, afirma Salazar.
La diversidad hace que los problemas de algunos sectores sean, muchas veces, distintos. “El giro comercial”, (cambio de producto de venta), por ejemplo, motiva la protesta de otro sector, entre éstos el de La Casona, porque se convierten en competencia. A los de la 5a. avenida les afecta el humo negro de los autobuses urbanos, porque les ensucia la ropa que venden.

Los últimos en marcharse son los los que satisfacen el hambre de los vendedores y compradores de última hora. Son los que ofrecen tacos, “shucos” café y gaseosas y que, cuando el reloj marca las 20 horas, principian a desaparecer entre las sombras y el silencio de las calles, que lucirán vacías. “Después de esta hora, las calles se despejan y los automóviles pueden transitar”, subraya Salazar.



   

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