Ricardo y Víctor Legorreta
“Un arquitecto es un hacedor de sueños”
Para Ricardo
y Víctor Legorreta, profesionales mexicanos en este campo, la arquitectura no debe olvidar al ser humano como la base de su trabajo.
Por: Ingrid Roldán Martínez
y Warren Orbaugh
Fotos: Carlos Sebastián

Ricardo Legorreta emana esa seguridad que sólo la experiencia y la convicción dan. Lleva décadas de trabajo, tanto en su país natal como en otras partes del mundo. Nació en 1931 y se graduó en la Universidad Nacional Autónoma de México, en 1952. A principios de la década de 1960 estableció una oficina profesional en la que hoy también trabaja su hijo Víctor (1966), su mano derecha y colega. Ambos vinieron a Guatemala a ofrecer una conferencia, invitados por la Universidad Francisco Marroquín.
Su obra es poética y evoca una cierta tradición mexicana que empezó Luis Barragán y que ha llevado a otros niveles, ¿qué piensa de esto, arquitecto?
Ricardo: La arquitectura, como la vida, es poesía. Puedo decirte que un arquitecto es un hacedor de sueños. Sueña uno cómo quisiera que fuera el mundo. Su oportunidad de hacerlo y verlo es fundamental, la felicidad de la vida está en eso, en las emociones, la paz, la alegría, más que en otras cosas. La arquitectura debe ir hacia eso. La enseñanza de la cultura latinoamericana es de una fuerza enorme.
Víctor, ¿cómo ha sido la experiencia de trabajar con tu padre, uno de los mejores arquitectos del mundo?
Para mí ha sido una gran oportunidad, he aprendido mucho trabajando con él, ha sido como una maestría en cada proyecto. Lejos de ser difícil, cuando superas aquello de que quién se lleva el crédito, quién hizo la obra, lo que importa es que quede bien. Y no es sólo para mí, sino para todos los jóvenes que trabajamos en el despacho, porque estamos convencidos de que son una serie de principios y valores que pueden trascender.
Podemos seguir haciendo arquitectura con esos valores, ir evolucionando a una nueva, pero no tenemos que romper con una tradición. Se puede continuar en eso y dar un paso más.
Su arquitectura es muy moderna, pero es distinta de lo que se ve en el resto del mundo, caracterizada por cajas de vidrio; la suya se basa en el muro...
Ricardo: Yo creo que es uno de los periodos de la arquitectura contemporánea en que, por el entorno, el que sea perecedera está perdiendo importancia. Es una de las cosas que no nos podemos permitir, especialmente en Latinoamérica. No podemos hacer edificios que ya no sirvan cuando están terminados, que el día de la inauguración casi son obsoletos. Eso no puede ser. Tenemos que buscar una arquitectura que viva a través de los años, que evolucione, que trascienda y que tenga una base. Mi experiencia de trabajar con Víctor ha sido una renovación continua lo que ha aportado a nuestra arquitectura es enorme; porque tiene la valentía de cuestionar positivamente las cosas que yo había hecho. Esa evolución con base es lo que creo que puede llevar a una arquitectura que tenga más fuerza.
Víctor: Vemos cada vez más información en Internet y en revistas, pero esa está dominada por los países ricos de Europa, Japón y Estados Unidos. Responde a otras culturas y a otro clima. No digo que nos cerremos a ello, creo que tenemos mucho que aprender. Estamos dentro del mundo global, pero es peligroso que veamos eso como una guía absoluta. La situación cultural y económica de un edificio que se está haciendo en Tokio o Londres es muy diferente de lo que podemos hacer en Guatemala, México o cualquier país de Latinoamérica. Creo que podemos hacer cosas de primer nivel, que se adapten al clima, a la forma de construir, a nuestra forma cultural.
¿Qué papel juega la geometría en su arquitectura?
Ricardo: Yo he interpretado la geometría como, forzosamente, ángulos y líneas rectas. Cuando eso se cuestiona, que fue lo que Víctor hizo, y me preguntó por qué no hacía muros curvos, yo no tenía una respuesta. Eso te abre muchísimo el panorama y le da valor enorme a la geometría, jugar con rectas, curvas, planos inclinados es lo que te da un lenguaje más rico que mantener la rigidez.
Víctor: Es una combinación, vas haciendo un lenguaje con el que te vas sintiendo cómodo. En Guatemala hay una tradición de que los edificios de apartamentos son de ladrillo y tú te imaginarías que un edificio de Legarreta tiene que ser aplanado y de un color fuerte. En el edificio que estamos haciendo en la zona 10 capitalina realmente nos cuestionamos, porque no podemos combinar el ladrillo con algunos colores. Aceptamos el cuestionamiento y vamos a hacer el edificio de ladrillo; eso se adapta mejor. El arquitecto debe estar abierto a cada situación y lugar.
Ustedes han hablado de la arquitectura en función social, ¿de qué forma responde ésta a las necesidades de las numerosas familias que habitan Latinoamérica?
Ricardo: Más que llamarlo un tipo, te diría que es una arquitectura esencialmente humana, no una que esté enviando mensajes equivocados, de “quiero y no puedo”, de “quisiera tener”. Una arquitectura de valores humanos y ésos todos los podemos tener. ¿Qué estilo? El que quieran, con las características que necesita Latinoamérica.
¿Qué piensa de los diseños habitacionales en los que sólo se dispone del espacio justo, ambientes reducidos y nada más?
Ricardo: Tienes limitaciones en las dimensiones precisamente por los problemas económicos, pero tú puedes estar en un lugar muy pequeño y sentirte muy bien. Por ejemplo, hay un error cuando no colocamos los muebles adecuados en las casas, son demasiado grandes. Cuántas veces vamos a un espacio de arquitectura popular, que son pequeñísimos, a un restaurante que está apretado, pero nos sentimos bien y es que hay el espacio humano más que el espacio físico. Lo grandioso no siempre es lo grandote.
¿De qué manera se puede llevar una relación amigable entre la arquitectura vernácula y la moderna?
Víctor: Yo creo que es una lección la arquitectura vernácula a la moderna, porque nosotros somos un poco rígidos, muy académicos. Tienes ese complejo de que como ya eres arquitecto, estudiaste y tienes título no puedes hacer una serie de cosas porque así dice la teoría o la corriente. La arquitectura vernácula es una cosa totalmente emotiva, natural, por ejemplo, pintan de un color, pero no hay una teoría detrás; a lo mejor hacen una patio que está chueco, pero tiene una proporción buenísima. Hay esa sensibilidad y esa frescura que tiene la arquitectura vernácula. En la arquitectura de interés social ese es muchas veces el reto; cómo logras que cada quien en su casa pueda pintar de un color diferente y que pueda crecer y tenga esa frescura que existía en los pueblos antiguos.
Cuando decidió tomar de base las raíces mexicanas para hacer su arquitectura, ¿en qué momento de su carrera estaba?
Ricardo: Nunca lo decidí, lo traía adentro, viene de mi niñez. Mi padre me llevó por todo México y me acostumbré a los pueblos, me sentí muy a gusto siempre. Esa arquitectura es producto de una gente maravillosa. Yo nunca he tenido problemas al viajar por los pueblos, jamás, y sí los he tenido en las ciudades de los países desarrollados. A cualquier pueblo que vas te reciben bien, te atienden, te hacen un regalo. La arquitectura refleja la sociedad y eso es lo maravilloso. Me acostumbré a andar en los pueblos y todavía sigo; cada vez aprendes algo.
En su opinión, ¿cuál es el papel del arquitecto en la sociedad?
Ricardo: Es interpretar la cultura y aportar su educación profesional para hacerla mejor.
Víctor: Debe interpretar los elementos que tiene, el terreno donde se va a hacer una obra, si está en la ciudad tiene que respetarla; también si está en la naturaleza o dentro de alguna cultura. La gente que va a usarla tiene una personalidad propia y debes tratar de entender qué quiere, qué espera de esa casa, qué le gusta. El arquitecto tiene la responsabilidad de tomar todas esas variables y aportar la forma para hacer algo interesante. Debe ser buen conversador y buen escucha.
Ricardo: Yo sólo agregaría una cosa específica sobre los arquitectos en estos momentos y es que tienen la responsabilidad de hacer mejores ciudades. No hacer casas o edificios que destaquen, sino mejores ciudades y eso Latinoamérica no lo está haciendo muy bien. Los crecimientos de ciudades, por el aumento de la población, no son adecuados. La prueba es que nuestros centros históricos siguen siendo mejores que lo nuevo que construimos. |