Centros modélicos
La Habana, Quito y el Distrito Federal tienen modelos de recuperación de sus centros históricos muy diferentes. Sus éxitos resultan inspiradores.

Por: Gemma Gil Flores
“Hace tres años, cuando Eusebio Leal Spengler, historiador de La Habana, estuvo en Guatemala nos dijo que para conservar su ciudad sólo hacían falta tres cosas: dinero, dinero y más dinero, que lo demás ya lo ponían ellos”, recuerda con una sonrisa Ricardo Rodríguez, director del Centro Histórico de la ciudad de Guatemala. La cuestión puede sonar a verdad de Perogrullo, pero lo cierto es que, con independencia del aspecto puramente monetario, Eusebio Leal, al frente de la restauración y conservación de La Habana Vieja, ha demostrado su saber hacer.
El cubano, galardonado el pasado octubre con el premio Hábitat 2007 (otorgado por Naciones Unidas a personalidades destacadas por sus propuestas para resolver problemas habitacionales), se hizo cargo de los planes de restauración de la ciudad en 1981, sólo un año antes de que La Habana Vieja fuera declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad.
El modelo de recuperación de este núcleo tradicional, especialmente después de la caída del bloque comunista, se ha gestionado por medio del desarrollo turístico. De este modo, en 1992 fue creado Habaguanex, la compañía turística del centro, que posee, entre otros servicios, 16 hoteles y 29 restaurantes que funcionan como fuente de recursos financieros.
Según expuso Leal en una conferencia ofrecida en el 2004, el conjunto de bienes y servicios del Centro Histórico produjo en las dos últimas décadas un beneficio de US$150 millones. El 80 por ciento de este monto se reinvirtió en proyectos productivos y programas sociales en el mismo centro.
El punto negativo es que los mismos locales de ocio que garantizan la sostenibilidad del centro están vedados al común de los cubanos. Ante el riesgo de transformar La Habana Vieja en un parque temático, la oficina del historiador ha combinado la recuperación de palacios y casas patrimoniales con los proyectos dirigidos a saldar las grandes cuentas pendientes: lograr el desarrollo social de los vecinos, mejorar sus condiciones habitacionales y brindar fuentes de empleo.
Este último punto, quizás, haya sido el más exitoso de todos, pues el sector servicios que encabeza Habaguanex demanda 11 mil puestos de trabajo directos.
Como dato interesante, cabe destacar que el modelo cubano no sólo ha acertado a retroalimentarse en el aspecto financiero. El mismo proceso de conservación demanda una obra de mano especializada que, desde principios de los noventa, se forma en la Escuela Taller Gaspar Melchor de Jovellanos, creada con la inversión de la Agencia Española de Cooperación Internacional.
Los fondos internacionales han desempeñado un papel importante en el rescate del centro, un ejemplo es el programa de las Casas de los países amigos, idea que, por cierto, la Municipalidad de Guatemala desea aplicar en la capital. De acuerdo con este programa, una nación extranjera patrocina la restauración de un edificio patrimonial y, como contrapartida, el inmueble se emplea para la difusión de la cultura de ese país. La sostenibilidad de cada casa se asegura gracias a una actividad comercial, como puede ser el tablao flamenco y el restaurante en la Casa de España o la tienda de artículos decorativos en la de Vietnam.
Al margen de la inversión efectuada por gobiernos y entidades extranjeras, en La Habana Vieja, el interés colectivo por la restauración ha puesto en marcha una rueda que parece tomar velocidad por su propia inercia. La ciudad se siente orgullosa de sí misma y ningún actor se mantiene impasible. Como recuerda Ricardo Rodríguez, la última vez que visitó la urbe cubana: “Eusebio Leal estaba en un parque con la alta jerarquía de la Iglesia Católica discutiendo sobre la conservación de un templo”. Poco tiempo antes se había restaurado una iglesia ortodoxa rusa, después había surgido una iniciativa de los ortodoxos griegos y, ante la perspectiva, los católicos no querían quedarse atrás.
Quito (Ecuador)

Cuando en 1994 la Municipalidad de Quito —Patrimonio de la Humanidad desde 1978 y conocida como la Tácita de plata de América del sur— se propuso devolver a la ciudad sus antiguos bríos, se encontró con que cualquier intento sería en vano si no se hallaba una solución al comercio informal.
Las ventas callejeras habían llegado a ser un problema de tal magnitud que no sólo ocupaban las banquetas sino que habían invadido completamente el espacio público, hasta convertirse en auténticos bazares callejeros que impedían el tránsito de vehículos por vías históricas.
La solución se alcanzó después de casi una década de negociaciones que permitieron que el 24 de mayo del 2003 comenzara una operación relámpago para despejar las calles de comercios ambulantes. En 15 días, la ciudad reapareció. Paseos cuyo aspecto se había olvidado volvían a estar a la vista de la ciudadanía.
“De inmediato se procedió a la limpieza con todos los recursos humanos mecánicos e hidráulicos. Las calles, repitandas; las fachadas, renovadas; se estableció en algunos sectores un sistema de iluminación no solamente estético sino también elegante”, resume Jorge Salvador, cronista de la ciudad en Espacio Público, una publicación que en el 2004 hizo balance del “milagro” quiteño.
Si bien es cierto que este rescate no habría sido posible si Ecuador no hubiera contado con un presupuesto de US$44 millones inyectados por el Banco Interamericano de Desarrollo, el proceso no habría culminado en éxito si no se hubiera ofrecido una solución para el sector informal: su reubicación en centros comerciales populares. En opinión del alcalde metropolitano, Paco Moncayo, esta opción ofrecía ventajas para todos: “Ganan los vendedores que son ahora comerciantes minoristas prósperos; ganan los compradores que pueden acudir a los centros comerciales populares con seguridad; gana la ciudad que recupera para sí, para el país y el mundo su más preciado tesoro”. Sólo unos pocos salieron perdiendo: las mafias que traficaban con el espacio público y explotaban a los vendedores.
México DF

A mediados de los 90, el Gobierno de la Ciudad de México reconoció que el despoblamiento del centro histórico era un problema grave y que era necesario recuperar este espacio. El método elegido para financiar todo el proceso fue la creación de un fideicomiso con recursos tanto públicos como privados para comenzar, en el 2002, con la recuperación de 34 manzanas. En este núcleo se dio prioridad a mejorar la imagen externa, es decir: limpiar las calles, pintar las fachadas, mejorar la iluminación y reordenar los anuncios y otros elementos que distorsionaban el paisaje urbano.

A nivel estético, el resultado fue indudable; sin embargo, como señala Mario Catalán, subjefe del departamento de conservación de monumentos del Instituto de Antropología e Historia (IDAEH) de Guatemala, el modelo de México DF pecaba y sigue pecando de fachadismo: “se ha dejado un poco de lado la parte social y eso significa que el centro se ha recuperado estéticamente y durante el día está muy vivo, pero la población sigue sin vivir ahí”.
Aunque no todos son puntos negativos, una buena enseñanza que se puede aprender del caso mexicano es la claridad de ideas respecto a qué es patrimonio y cómo se debe restaurar. “La legislación es muy clara y muy sólida. Por ejemplo, si un predio está vacío, el propietario que vaya a construir debe alinearse al edificio próximo de mayor valor patrimonial. Eso ha conseguido crear conjuntos muy armónicos”, explica Catalán.

En el Distrito Federal, tampoco se puede obviar el peso que ha tenido la inversión privada, personificada por el magnate Carlos Slim, quien ha adquirido al menos un centenar de propiedades con el fin de restaurarlas. No cabe duda que el objetivo es claramente especulativo, pero el millonario se puede defender de las críticas sacando a relucir sus actividades filantrópicas, como su Fundación del centro histórico de la Ciudad de México, una asociación creada en 2002 con el propósito de elevar el nivel y la calidad de vida de los vecinos del área mediante actividades culturales.
El centro histórico más grande del continente tiene aún muchas cuentas pendientes, como el comercio informal —en este sentido, el Distrito Federal anunció el pasado octubre que apoyará con un programa de microcréditos a 15 mil vendedores ambulantes que han sido reubicados en corredores comerciales—; sin embargo, en la capital mexicana el proceso de recuperación también parece imparable.
Fuentes:
Espacio Público, de Francisco Soria Vasco (memoria de la recuperación del centro de Quito publicada en 2004). La rehabilitación del centro histórico de La Habana: una obra esencialmente humana, conferencia pronunciada por Eusebio Leal Spengler, historiador de la ciudad de La Habana (publicado en www.urban.cccb.org). El pasado en sus manos, artículo elaborado por Patricia Grogg para la agencia de noticias IPS (publicado en www.enkidumagazine.com). También: www. ohch.cu; www.granma.cubaweb.cu, www.quito.gov.ec; www.enlace.df.gob.mx; www.milenio.com y www.lajornada.unam.mx
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