Semanario de Prensa Libre • No. 173 • 28 de octubre de 2007

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D personaje

Trazos de topógrafo e inventor

El ingeniero Claudio Urrutia recorrió el país palmo a palmo
e integró las comisiones para delimitar las fronteras de Guatemala con México y Honduras.

Por Ingrid Roldán Martínez
Fotos: Familia Urrutia

Descriptivo y acucioso en los detalles, Claudio Urrutia (1857-1934) dejó manuscritos que reflejan la Guatemala de principios del siglo XX, que transitó a lomo de caballo y a pie. El próximo 30 de octubre se cumplen 150 años del nacimiento de este incansable caminante.

El Libro Azul, publicado en 1915, lo describe como “uno de los ingenieros más competentes de Centro América”. Su amplio conocimiento de los rincones del país lo situaron como una autoridad en el tema. Cumplió con importantes misiones y cargos: fue jefe de la comisión para trazar los límites con México y Honduras; también se desempeñó como decano de la facultad de Ingeniería y fue subdirector en la construcción del Mapa en Relieve.

En su informe sobre la frontera del norte, presentado en 1900 al Ministerio de Relaciones Exteriores, la Historia General de Guatemala registra lo escrito por él: “Guatemala perdió por una parte cerca de 15 mil kilómetros y ganó por otra, cosa de cinco mil 140 kilómetros. Resultado: una pérdida de 10 mil 300 kilómetros. Guatemala perdió 14 pueblos, 19 aldeas y 54 rancherías, con más de 15 mil guatemaltecos, mientras que México perdió un pueblo y 28 rancherías con dos mil 500 habitantes: ‘júzguese la equidad en las compensaciones’, comentaba irónicamente Urrutia”. El mismo libro cita que cuando Urrutia presentó su informe ante el Gobierno de la República, criticó duramente el Tratado de Límites de 1882, “y con amplísimas conclusiones topográficas y científicas lo despedazó prácticamente, y dedujo las responsabilidades correspondientes al doctor Manuel Herrera y al ingeniero José Yrungaray quienes, por supuesto, habían actuado bajo la sombra del general Justo Rufino Barrios”.

Otro tema en el que era considerado un gran conocedor fue el de la línea divisoria con Belice. En 1933, funcionarios de gobierno de Jorge Ubico lo visitaron en su casa para preguntarle acerca de los mojones que servían de límite con ese territorio. Urrutia, que por entonces tenía 75 ó 76 años, viajó con su esposa y les mostró los lugares que había marcado años antes.

Trazos de la ciudad

Otra de las áreas en las que se desempeñó fue al delimitar algunos sectores de la capital. En 1894, publicó, en colaboración con el ingeniero Emilio Gómez Flores, un plano de la ciudad de Guatemala. De éste escribe el historiador Julio Galicia Díaz que registra los 12 cantones que componían la urbe, entre los que se cuentan Jocotenango, Candelaria, el Centro, Las Charcas y Tívoli, así como las áreas marginales. Agrega Galicia que en éste no aparecen “toda esa gama de terrenos, colonias y parajes, etc. que hoy pertenecen a las zonas 7, 3 y 11”.

La Historia General de Guatemala relata que el cantón Exposición, ubicado en la actual zona 4, al sur del cantón Libertad, fue creado con el nombre de Barrio Recreo, en terrenos de la finca estatal del mismo nombre, también llamada La Primavera. “Hasta 1886, contaba solamente con 40 casas. En 1890, el propio presidente Barillas decretó la formación del cantón Exposición para ubicar, en su parte central, el pabellón guatemalteco de la Exposición Mundial de París, de 1889. Allí se hizo, bajo la dirección del ingeniero Claudio Urrutia, el primer diseño de la ciudad, con las diagonales que hoy constituyen las ‘rutas’ y ‘vías’ de la zona 4”.

Rumbo a occidente

Conocedor y caminante, Urrutia escribió a mano un documento de 33 páginas en las que se refiere a la carretera de Guatemala a Los Altos. Comienza comentando, con cierto grado de ironía, la persistente amenaza de terremotos en la capital guatemalteca: “Como en este mundo todo tiene fin, lo tuvo hace pocos años —y seguramente para siempre— una frase que los eruditos y los hombres de peso soltaban en cuanto ocurría un temblor de tierra: ‘No hay que asustarse, aquí nunca habrá un terremoto porque la ciudad está rodeada de barrancos por todas partes’.

A lo que los oyentes, con movimientos de cabeza de arriba a abajo, manifestaban su asentimiento, a fin de hacer ver que no les eran ajenos tan profundos conocimientos en sismología y que aquello era una verdad tan grande como un templo. Pero vinieron tres en vez de un terremoto en los años 1917 y 1918 y el gran axioma no se repitió más, pues nadie tuvo el valor de reforzar que tal cosa dijo o que siquiera lo pensó”.
En el mismo documento agrega que “lo de los barrancos sí es casi una verdad; para salir de aquí tenemos que abarrancarnos, salvo que lo bajemos por la cuesta de Pinula o por el camino de San Pedro, ambas vías en el filo de la cordillera, todo lo demás son quebradas más o menos profundas e inaccesibles”.

Abunda en detalles sobre los distintos pueblos que se cruzaban en la ruta a occidente. De Quetzaltenango escribe: “La metrópoli de Occidente, la segunda ciudad de la República, la de los palacios, la tierra del frío, de los hombres audaces y del dinero, la del clima que cura todos lo males y hace vivir 100 años; el país de las muchachas bonitas y la patria del más vivo de todos, del buen limón y de don Manuel (Estrada Cabrera)”.


   

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