Allá en la Casa Grande
En el ejido
de Santo Domingo, Tapachula, se recibe a los visitantes en la antigua cabecera de una hacienda: bienvenidos a un recorrido con aroma a café y panorámicas de montaña
Por: Gemma Gil
Cuando Enrique Braun hizo importar de Alemania la madera para construirse un hogar en su hacienda cafetalera de Soconusco (Chiapas) no sospechaba que lo habitaría por tan poco tiempo. La Casa Grande fue terminada en 1929, pero, apenas un lustro después, la reforma agraria impulsada por el presidente Lázaro Cárdenas repartiría el latifundio entre los campesinos del ejido de Santo Domingo.


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Siete décadas más tarde, las construcciones de la cabecera de la finca son un centro turístico que permiten al viajero pasear por medio de una historia con aroma a café y luchas sociales. La Casa Grande, una residencia de estilo californiano, hace las veces de restaurante. Sus baños de época, sus suelos de madera crujiente y sus corredores abiertos a la exuberancia del jardín, invitan a sentarse para ver pasar el tiempo mientras se degusta el suave sabor de la crema de café de manufactura local.
La parte alta de la casa, como todo buen desván literario, alberga fotos y piezas antiguas a modo de pequeño museo empeñado en preservar las herencias del pasado.
Las otras casonas de la finca, también de los tiempos del patrón alemán, son empleadas como un sencillo hotel, una bodega, un beneficio que conserva la vieja maquinaria de trabajo y un salón social para las actividades comunitarias.
Santo Domingo, ubicado a 45 kilómetros de ese gran bazar llamado Tapachula, es un tranquilo ejido de calles empedradas donde viven casi cinco mil habitantes que se dedican principalmente a la caficultura y, en menor medida, al turismo. Atractivos no le faltan.
Agazapado a orillas del Tacaná —ese guardián que estorba el tránsito a los huracanes y que se alza como el nexo que une Soconusco con Centroamérica— el pueblo disfruta de un clima fresco y es un excelente alto en el camino si se planea ascender los más de cuatro mil metros del volcán. No hace falta, no obstante, plantearse metas tan elevadas.
Panorámica de montaña
Basta asomarse a los corredores de La Casa Grande para admirar la silueta del Tacaná, aunque lo más recomendable es subir al mirador conocido como Pico de Loro.
Para llegar allí es preciso desplazarse hasta la cercana comunidad de Monte Perla. La carretera, de gran belleza, destaca por sus orillas impolutas, circunstancia a la que, sin duda, benefician los carteles que, cada pocos kilómetros, advierten que habrá multas de 90 días del salario mínimo por tirar basura.
El último tramo para ascender al mirador se ha de hacer a pie y transcurre entre cafetales que, de vez en cuando, se abren para exhibir unas espléndidas panorámicas de las serranías cubiertas de bosques que se pierden más allá de la frontera guatemalteca.
Desde Pico de Loro, además, se contempla una linda vista de Unión Juárez, localizado a sólo seis kilómetros de Santo Domingo y honrado con el título de cabecera municipal, pese a ser más pequeño.
Como singularidad, cabe señalar que este tranquilo pueblo —más conocido como la Suiza Chiapaneca, por sus casas de grandes tejados a dos aguas— proporciona una buena excusa para entregarse a la contemplación del paisaje, visitar el fronterizo río Suchiate o conocer la cascada del río Muxbal.

Enlace de Mesoamérica
De regreso hacia Tapachula, el refrescante aire de montaña queda atrás y la calidez pesa como una cortina húmeda e invisible; sin embargo, a orillas de la carretera se anuncia la posibilidad de visitar la zona arqueológica de Izapa.
Fundada mil 500 años a. C. se estima que este sitio fue uno de los más grandes de la llanura del Pacífico o, al menos, es el más importante que se ha investigado en la costa chiapaneca.
Tierra de encuentro de las culturas olmeca y maya, los vestigios que se pueden visitar incluyen montículos, plataformas, estelas y altares que, como ocurría en La Casa Grande, invitan al visitante a viajar por las edades de la Historia.

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