Semanario de Prensa Libre • No. 166• 9 de septiembre de 2007

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D cultura

La vida en Rojo

Nunca es demasiado pronto para tomar el pincel. Muchos de ellos sólo tienen cinco años, pero su trabajo se puede admirar en la exposición itinerante Rojo 55

Por: Gemma Gil
Fotos: Carlos Sebastián

“El rojo es triste, por eso dibujé a una persona viva y a otra muerta”, explica Marcos, de seis años, frente a su obra Cuatro puertas para entrar al dolor. La contundencia de su respuesta hace inevitable la siguiente pregunta: ¿Por qué te parece triste? “Porque es el dolor”, contesta, quizá porque justo antes de pintar el cuadro se quebró un brazo. “Si ahora tuviera que hacer algo rojo sería una sandía”.

Pasión, muerte, dulzura, escondite, latido, dolor, inmensidad y tiempo comparten el escarlata de las manzanas, del universo o de los océanos; al menos, para los niños pintores que enseñan su trabajo en la exposición itinerante Rojo 55. El título, que no puede ser más descriptivo, alude al color que los maestros de la escuela Frida Kahlo eligieron para que cada niño reflejara su realidad subjetiva, y recoge el número de participantes de una muestra a la que el adjetivo que mejor le sienta es refrescante.

Sólo hay que escuchar a los niños: “El arte es jugar”, explica María Fernanda, de 13 años, aunque “también es lo que uno quiere que sea: alegría, frustración o misterio”, continúa Paulina, de 12; y, por supuesto, como agrega Lucía, seis años, “es algo muy lindo y divertido”.

¿Lo más admirable? Buena parte de los expositores no ha superado los 10 años, pero eso no les ha impedido mostrar sus pinturas en el Palacio de Correos, dentro del Festival del Centro Histórico, ni que su trabajo vaya a viajar hasta Santiago Atitlán, Cobán, Petén y Quetzaltenango.

De tú a tú

Ofelia se niega a decir una palabra. Intimidada por la presencia de los adultos se esconde detrás de su hermana mayor. Tiene dos años y medio, y sólo se anima a enseñarnos su rostro para señalar su cuadro, La flor, la hoja y la mariquita, una pintura que, pese a su corta edad, está a la altura de las circunstancias.

“Como padre, a veces uno no sabe si está haciendo un juicio objetivo, pero cuando la exposición estuvo en el Proyecto Cultural El Sitio, en Antigua, mucha gente comentaba que les costaba creer que los autores de los cuadros fueran niños”, explica Otto Santizo, progenitor de dos jóvenes expositores.

Las reacciones de admiración no son nuevas para Ronald Carrillo y su esposa Beatriz González, almas y maestros de la escuela de Niños Pintores Frida Kahlo, ubicada en la ciudad capital. “Cuando vamos a ofrecer la exposición, la gente espera que les enseñemos unas cartulinas muy pobres, pintadas con crayón, por eso se quedan tan sorprendidos”. Eso, a pesar de que —aviso para los escépticos—, las obras son fruto del trabajo personal de los pequeños. “El método se basa en el respeto a la libre creatividad. Cada vez que se propone un tema, el alumno lo formula y el maestro sólo interviene para instruir sobre la técnica o la combinación de colores”, aclara Beatriz.

El quid de la cuestión radica en la valoración que el mundo adulto tiene sobre la infancia. Como señala Ronald: “Los subestimamos. Muchas veces no nos damos cuenta de que ellos se expresan dentro de sus parámetros, pero tienen una vida interior y la expresan”. Un mundo interior que, cuando se trata del rojo, se pinta de fogatas, de barcos, de globos e incluso de dragones.

“Yo pinté un lagarto porque, como el rojo es energía, quería calentarle la sangre”, explica Paulo, quien a sus 15 años es uno de los participantes de mayor edad. Estar con niños pequeños lo hace sentir más responsable y, más que ser un fastidio, forma parte de la cultura de respeto que tratan de inculcarles en la escuela. “La verdad es que sí se aprende de ellos”, admite. Quizá porque no entorpecen sus fantasías con prejuicios, ni reglas o quizá porque no es un tópico afirmar que cuando se trata de expresar sentimientos y emociones, la edad no importa.

“Guatemala tiene que saber que existen jóvenes de gran calidad, capaces de hacer piezas de una belleza impactante y que pueden trabajar todos juntos sobre el mismo tema, pero sin renunciar a mostrar su individualidad. Al final, no se trata sólo de pintar, sino de construir el futuro de nuestro país”, explica Beatriz.

Es una mujer idealista, si se quiere, que afronta su trabajo no sólo como el reto de desarrollar una sensibilidad artística, sino como una manera de fomentar una cultura de paz y respeto. ¿Qué manera de hacerlo más lúdica que el arte?

Rojo 55 se volverá a exhibir el próximo
mes de noviembre en el Cerrito del
Carmen (zona 2), en el marco
del Festival Manifestarte.

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