Semanario de Prensa Libre • No. 166• 9 de septiembre de 2007

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D fondo

Sanadores Rurales
Algunos le adjudican orígenes mágicos a su autoridad sanadora, y hasta utilizan objetos sagrados; otros, aseguran que es un oficio heredado de sus antepasados

Por: Francisco Mauricio Martínez
Fotos: MIke Castillo y Carlos Sebastián

Sentado sobre una rústica banca de madera, Arsenio Gómez (18) espera que el suplicio termine. La rapidez con que agita su zapato derecho contra el piso, similar a la velocidad con que mueve un colibrí sus alas, muestra su impaciencia y nerviosismo. El origen de sus angustias es evidente. Con la mano derecha sostiene su brazo izquierdo, el cual luce morado e inflamado.


De entre las encaladas paredes de adobe de la casa se escucha: “Tu brazo va a quedar parejo, pero ¡cuídate!” Es la voz de un anciano alto, flaco, de piel tostada y con sombrero, que camina erguido, con una taza de peltre humeante entre sus manos, hacia donde está el joven campesino. “Vos sos arrecho”, le dice, como tratando de tranquilizar a Gómez, quien parece estar sin aliento.

“Y qué estabas haciendo... vos sí que no tenés cuidado”, comenta en tono paternal, mientras vierte el alcohol caliente que lleva en la taza en el brazo hinchado del muchacho. El líquido empieza a chorrear y el anciano aprovecha para hacerle un ligero masaje con sus manos callosas, lo cual relaja al campesino, tanto que hasta esboza una tensa sonrisa.

De pronto, el anciano grita: “¡Federico... Federico!” Y enseguida llega uno de sus hijos para ayudarlo a terminar con el trabajo. “Agarrame ahí (el hombro y el brazo izquierdo del labriego) y no vayas a soltar”. Con las yemas de sus manos empieza a presionar fuertemente el lugar de la fractura y a jalar hacia abajo la mano de Gómez. El rostro del joven cambia. Cierra los ojos, aprieta la boca, su frente empieza a sudar y la piel de su rostro se vuelve rojiza oscura. “Vos sos arrecho... sos arrecho”, le repite el octogenario, hasta que por fin ambos (padre e hijo) sueltan el brazo. “Ya está... ya casó tu brazo”, dice.

Es en ese momento cuando lo interrumpo para presentarme y explicarle el motivo de mi presencia, después de 45 minutos de observar su trabajo. “¿Es usted don Lico el huesero?”, le pregunto. “Sí... y si hay otro, lo degüello”, responde campechanamente. Federico Francisco Tello López es un “componehuesos” que nació el 18 de julio de 1925 en las faldas de Los Cuchumatanes, (Chiantla, Huehuetenango) que desde los 12 años se dedica a este oficio.


Desde el inicio

Los hueseros y sobadores (también los yerberos, curanderos y brujos), en el sentido antropológico, siempre han estado ligados a la salud comunitaria, no solamente del área rural, sino también urbana. “Estas figuras aparecen en el momento en que se forman los primeros asentamientos humanos y se heredan el conocimiento de las propiedades medicinales de las plantas”, indica el historiador Horacio Cabezas.

El huesero es conocido en el área rural del país, pues a él acude la mayoría de personas que sufren lesiones en el sistema óseo. Lorenzo Sunu Bixcul, huesero de San Pedro La Laguna, Sololá, cuenta que ellos casan los huesos cuando se “zafan” o se fracturan. “Con movimientos y masajes los regresamos a su lugar y, para inmovilizarlos, utilizamos tablillas”, explica.

Servando Z. Hinojosa, en su estudio Directivas Vocacionales entre los hueseros mayas de dos comunidades guatemaltecas, de la Fundación para el Avance de los Estudios Mesoamericanos (Famsi) define a estas personas como “aquellas que mueven huesos como una forma de tratamiento médico”. Este movimiento, agrega el investigador, tiene como objetivo tratar una dislocación o una fractura.
No todas las personas que efectúan este trabajo, a las que también

se les llama componehuesos, componedores de huesos, sobadores o sobanderos, se atreven a tratar roturas. Algunos solamente aplican masajes para curar problemas de meniscos, ligamentos o esguinces, como es el caso de Juan José Chávez, conocido en Villa Nueva como don Juanito.
Este personaje no se considera huesero, sino sobador o masajista. “Los que vienen fracturados los mando al hospital”, asegura. Sus pacientes (la mayoría futbolistas) lo visitan para que por medio de masajes, les trate problemas en la rodilla, tobillo, codo, cuello, espalda y cadera. En la actualidad, cuenta, las personas que sufren de estrés son las que más lo consultan. “Vienen con el cuello tieso o dolores de columna, es por los nervios”, explica.

Para solucionar los problemas de sus pacientes, los sobadores utilizan ingredientes muy sencillos. Don Lico, por ejemplo, emplea alcohol caliente para dar masaje. Don Juanito, sebo de res que consigue en las carnicerías y Lorenzo, un ungüento antirreumático que se puede comprar en cualquier farmacia.
En lo que sí coinciden estos artesanos de la salud es que cuando hay fractura deben inmovilizar la parte afectada y utilizan tablillas que, por lo general, ellos mismos fabrican con madera de pino. Otro ingrediente que les es común es el uso de bebidas embriagantes, a manera de anestesia, cuando el cliente no está dispuesto a soportar el dolor que provoca “regresar un hueso a su lugar”. Algunos toman entre tres y cinco octavos de alcohol. “Hasta los cristianos lo beben para no sentir dolor”, relata don Lico.

¿Don divino?

El concepto que ellos tienen de su quehacer varía de acuerdo a la comunidad donde viven. Algunos los consideran como un trabajo empírico que aprendieron desde pequeños o que heredaron de sus padres. Cabezas dice que en la medicina maya, por lo general, la persona que tiene estos conocimientos elige a uno de sus hijos para transmitirle toda su experiencia.

Este es el caso del huesero de Los Cuchumatanes, quien cuenta que el trabajo lo aprendió de su padre Ciriaco Tello y éste, a su vez, de su padre. Esta perspectiva también la tienen los kaqchikeles de San Juan Comalapa, Chimaltenango. En su estudio Hinojosa asegura que ellos “indican que el trabajo que realizan es altamente empírico, y que éste tiene relativamente poco que ver con lo divino”.
Otros, en cambio, como los tz’utujiles de San Pedro La Laguna, le otorgan un sentido mágico o sagrado. Sunu relata que curar huesos es un don que Dios le reveló por medio de un sueño, hace 20 años. “En este me indicó que fuera a la montaña y que ahí iba a encontrar una señal. Fui y encontré este hueso (objeto sin forma)”, cuenta.
Las lesiones humanas son tan antiguas como la humanidad misma. Dicho ésto, Hinojosa dice, “pocas dudas caben en cuanto a que entre los mayas han habido hueseros desde los tiempos más remotos”.


   

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