Semanario de Prensa Libre • No. 166• 9 de septiembre de 2007

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D cultura

Presto non troppo
Grieg

Por Paulo Alvarado
presto_non_troppo@yahoo.com

En tanto el 2006 vio un despliegue de celebraciones y homenajes por el 250 aniversario natal de Mozart, el pasado 4 de septiembre señala el centenario de la muerte de una figura mucho más discreta, pero de una personalidad musical singular: Edvard Grieg (1843-1907).

Noruego, de ancestro escocés, Grieg estudió en Alemania, vivió varios años en Dinamarca y pasó la mayor parte de su vida en su nórdica patria. En términos de desplazamiento llegaría hasta Italia, pero su actividad profesional —alejada de grandes polos culturales como París, Londres o Viena— se concentraría en Escandinavia. Aunque se sitúa en la segunda mitad del 19, sigue la línea de Chopin, Schumann, Liszt y Mendelssohn. Su expresión genuina se encuentra en la gran cantidad de piezas breves que concibió para el piano, inspiradas muchas en el folclor de su país, y en más de un centenar de canciones.

Su reputación, no obstante, descansa en dos o tres obras que le han dado la vuelta al mundo en innumerables interpretaciones y grabaciones. Las más famosas son su Concierto para piano (único ejemplar que compuso en ese género) y la muy especial música que creó para Peer Gynt, drama de su compatriota, el escritor Henrik Ibsen (una veintena de números, versionados generalmente en dos suites a cuatro piezas cada una).

A ésas podría agregarse Fra Holbergs Tid (Del tiempo de Holberg), obra casi excepcional en su catálogo, por consistir en una transcripción para orquesta de cuerdas que el propio autor hizo del original escrito para piano. En ésta se fusionan cautivadoramente la forma barroca (Ludvig Holberg era un escritor nacido a fines del 18 en el mismo pueblo que Grieg), la música popular noruega, y el lirismo —a la vez apasionado y contenido— que le caracteriza.

Para completar, basta agregar una sonata para piano, una para violonchelo, tres para violín, un cuarteto de cuerdas y algunas piezas orquestales.

Grieg no es un Tchaikovsky, un Verdi, ni un Wagner o un Brahms, pero en su música palpita una voz distintiva y una gracia poco común. Un siglo después de fallecido, nos sigue hablando al corazón.

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