Mensajero de emociones
Aunque
se desarrolle en
el cerebro, altera el corazón, destapa conjuros antiguos e incluso reanima a la princesa muerta o dormida: el beso
Por: Viviana Ruiz
Infografía: Billy Melgar
Besar es algo natural inherente al hombre y a ciertos animales —se sabe que los chimpancés bonobos lo hacen con deleite— pero esta sencilla demostración afectiva, una de las más antiguas de la humanidad, puede transformarse en erotismo puro cuando entran en juego la testosterona, tanto del hombre como de la mujer, los neurotrasmisores y el corpúsculo de Krause (bulbo que constituyen las terminaciones nerviosas en el tejido submucoso de la boca, nariz y órganos genitales).
Con esta información, pues, el beso no es tan inocente como creíamos, ¿verdad? Se trata, ni más ni menos, de un fenómeno sexual. Al menos así lo define el escritor Alejandro Arribas Jimeno, quien en su libro Bésame mucho, expone que “besar puede llegar a ser la manera más elevada de hacer el amor”.
Pero no debemos confundirnos, hay besos y besos. Desde los maternos hasta los sagrados. Los hay mágicos, brujescos, labiales, linguales, sexuales, dulces, salvajes e incluso de traición. Pero, ¿cómo, cuándo
y por qué?
La palabra beso proviene del latín basium —acción de besar— y besar del latín basiare, tocar algunas cosas con los labios contrayéndolos y dilatándolos suavemente, para manifestar amor, amistad o reverencia. No se sabe a ciencia cierta dónde se generó la práctica de saludar con un beso o por qué los enamorados se demuestran afecto de esta manera. Desmond Morris ofrece algunas teorías en su ejemplar El mono desnudo, en el que explica que quizá tenga sus raíces en el modo como las primeras hembras del Cromagnon alimentaban a sus crías; mascaban previamente la comida destinada a sus hijos. Cuando el puré estaba a punto, lo pasaban de sus bocas a las de sus crías.
Desarrollo
El beso no evolucionó como expresión de cariño entre personas adultas, sino hasta el siglo VI en Europa, cuando surge como una forma de afecto entre hombres y mujeres y ya no sólo en niños, remite el ejemplar de Arribas Jimeno.En la Edad Media —continúa— el caballero que besaba a una dama estaba obligado a casarse con ella.
El beso, como saludo, difiere en cada cultura. Así, en Japón, su gente no es muy dada a este acto y menos en público. En cambio, en las culturas de Oriente Medio es costumbre saludarse entre hombres con tres besos: uno en cada mejilla y al final en la frente. En Francia, es usual besarse cuatro veces. Y en Rusia, que los hombres se demuestren su cariño y respeto al juntar sus labios.
 Fisiología
Para Arribas Jimeno, el beso erótico es una hazaña atlética. Nuestro centro motor, dice, moviliza no menos de 28 músculos: 17 para la lengua y 11 para los labios, sin contar los demás movimientos que necesitan un apoyo muscular.
Según algunos científicos, el beso se compone en 60 por ciento de agua; 0.7 por ciento de grasa; 0.4 por ciento de sal; 0.7 por ciento de proteínas y millones de bacterias. Los besos hacen que los labios se hinchen de sangre, se tiñan de rojo y brillen con la saliva que aumenta su secreción para drenar las células muertas y las bacterias. También mejora el aliento.
 Pero en este acto también entra en juego toda una serie de procedimientos químicos en el cerebro, porque las emociones tienen un sustrato orgánico en éste, afirma el neurólogo Otoniel Gramajo Santizo.
Cuando encontramos a la persona deseada, se dispara la señal de alarma y nuestro organismo entra entonces en ebullición. A través del sistema nervioso, el hipotálamo envía mensajes a las diferentes glándulas del cuerpo y ordena a las suprarrenales que aumenten inmediatamente la producción de adrenalina, dopamina, serotoninas, noradrenalinas y otras catecolaminas (neurotransmisores que comunican entre sí las células nerviosas).
Sus efectos se hacen notar al instante: el corazón late más deprisa (130 pulsaciones por minuto). La presión arterial sistólica (lo que conocemos como máxima) sube. Se liberan grasas y azúcares para aumentar la capacidad muscular. Se generan más glóbulos rojos a fin de mejorar el transporte de oxígeno por la corriente sanguínea.
Todas estas sensaciones producen lo que se conoce como placer y para que siga su curso participa el núcleo accumbens; éste es el responsable de que se deseen más besos, explica Gramajo Santizo, y de que, como dice Alejandro Arribas Jimeno: “Bajemos las persianas de los párpados para sentir en la penumbra la conmoción, el temblor de una lengua contra otra lengua, dando la sensación de que las cimentaciones de nuestro ser van a derrumbarse como un castillo de naipes. La emoción compartida se transforma en un estremecimiento mutuo de dos seres en un acto supremo de saborear y paladear el amor”. Dulce
Cuando los poetas describen al beso como dulce, no se trata de una figura retórica, sino de la realidad. En la punta de la lengua, donde abundan las papilas fungiformes, tiene como trabajo apreciar los sabores de esta categoría y es precisamente aquí donde se hacen los contactos linguales del beso. En contra
“Hay un poco de pensamiento mágico cuando se viste de científico al beso. No estoy de acuerdo con que se le quiera dar esta categoría, pues es un acto muy simple”, asegura el sexólogo Mauricio Aquino.
El beso, refiere, es la expresión primaria y elemental del afecto. Hay besos filiales y paternales, los que se dan entre amigos, hermanos o amigos, y el beso erótico, que es el que lleva la carga sexual. Para Aquino, este tipo de beso genera reacciones corporales que podría culminar o no en un acto sexual, según lo que quiera la pareja.
Científico o no, bese siempre como si fuera la primera o la última vez, porque si hay comunión mental y la suficiente atracción física en el beso, el alud de satisfacciones que experimentará lo dejará con ganas de más. |