Semanario de Prensa Libre • No. 168• 23 de septiembre de 2007

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D frente

Julia Montoya
"Lo que no se conoce no se ama"
Durante 20 años ha estudiado la cultura y los tejidos mayas, porque los trajes indígenas son mucho más que ropa: son el símbolo vivo de mitos y creencias ancestrales

Por: Gemma Gil
Fotos: Carlos Sebastián

Al oírla hablar de la interpretación del simbolismo de un huipil, cuesta imaginar que Julia Montoya comenzara su vida profesional como nutricionista para el Ministerio de Salud Pública. En 1977, la vida la llevó a Bélgica, donde, durante cinco años, estudió tapicería y técnicas textiles. Así, desde la lejanía, descubrió la riqueza de los tejidos guatemaltecos. Tras 20 años como investigadora independiente, su trabajo desembocó en la exposición y el libro de ensayos With their hands and their eyes, presentados en Amberes, en el 2003.

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Aunque el plan para inaugurar la exposición y presentar la edición castellana de la obra en el Museo de América de Madrid quedó frustrado por el cambio de gobierno en España, este año la editorial Cholnabaj decidió retomar el proyecto para publicar en español una obra, de autoría colectiva, que aborda el tema de los textiles mayas desde una perspectiva cultural, social y política.

Pasar del campo de la nutrición a los textiles no es un recorrido muy común.

Creo que para mí fue una manera de trabajar la nostalgia. Cuando aprendí a tejer me di cuenta de la creatividad y la habilidad de las mujeres mayas, porque son procesos muy complicados. Por ejemplo, los brocados, es decir, la selección de los hilos para meter hebras de colores y formar dibujos, son admirables.

¿Cómo le llegó la posibilidad de montar la exposición?

En el 2001, Mireille Holsbeke, curadora de las colecciones de América del Museo Etnográfico de Amberes, se comunicó conmigo para ver si estaba interesada en participar en una exposición sobre indumentaria maya. Vinimos a Guatemala a hacer un viaje de estudio por el interior y compramos 19 trajes completos. Después, decidimos buscar en Europa. En el Ethnologisches Museum de Berlín encontramos unas 300 piezas dentro de tres armarios que habían estado cerrados durante, por lo menos, 70 años. Muchas no estaban inventariadas todavía. Las más antiguas pertenecían a colecciones de alemanes que estuvieron en Cobán a finales del siglo XIX y principios del XX. Ahí encontramos un huipil de Cobán adquirido en 1890, de la colección Sapper. Había otras piezas muy antiguas de las colecciones de Reichmann y
Kühlman. También fuimos al Tropenmuseum KIT en Ámsterdam, y al Rijksmuseum voor Volkenkunde en Leyden y prestamos muchas piezas de seis colecciones privadas de Bélgica y Holanda.

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¿Cuántos trajes reunieron?

Unas 850 piezas, así que tuvimos que hacer una selección estricta. Al final, expusimos 55 trajes completos y 120 piezas individuales.

¿Cuál es su método de trabajo a la hora de investigar los motivos?

Cuando empecé a estudiar el simbolismo, muchas de las tejedoras no conocían el significado de los motivos. Para comprenderlos tenía que bucear en la cultura maya desde el Preclásico. Durante tres años dejé los tejidos de lado y me dediqué a leer todo lo que encontraba sobre la concepción del mundo en las culturas mesoamericanas y a buscar analogías en los vasos, los bailes drama, etc. Al volver a los tejidos, todo comenzó a encajar.

Si los mayas no son conscientes del significado de los símbolos, ¿hasta qué punto no se desvirtúan como elementos de identidad?

Desde 1940, las tejedoras han ido incorporando nuevos colores, tintes y materiales, pero a lo largo del tiempo se mantiene una especie de hilo conductor. Para la exposición pudimos comparar tejidos de Chichicastenango, desde los años 40 hasta el 2000. Al ponerlos a la par se veía la continuidad: los colores, el estilo y, fundamentalmente, los motivos, aún estaban ahí. Es decir, nunca rompieron con su tradición, al menos durante el siglo XX, porque en el 2000 empezó otro capítulo.

¿Qué ha cambiado con el nuevo siglo?

Comienza a darse el fenómeno del pan-mayanismo. El traje ya no se ve como una expresión de la identidad local, sino como el símbolo de una identidad social. Esto ha dado lugar a la combinación de huipiles con cortes de diferentes lugares.

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Volviendo a los símbolos, ¿cuáles son los más recurrentes?

Un motivo muy presente es la franja zigzag horizontal, que en kaqchikel se llama kumatz (serpiente o culebra). También está la estrella o flor, que tiene muchas variaciones. A veces es un rombo con un punto central que se repite dentro de una franja central prominente, combinada, en ocasiones, con la franja zigzag vertical (que simboliza el rayo) y con motivos de aves. Los motivos aislados no nos dicen mucho, pero cuando se combinan forman un contexto. Por ejemplo: los motivos de aves acuáticas o migratorias, las estrellas y las líneas en zigzag verticales pueden sugerirnos contextos de lluvia y fertilidad.

¿Los colores del cosmos (rojo para el este, negro para el oeste, blanco para el norte y amarillo para el sur) se usan intencionalmente en los tejidos?

Hasta ahora, no; sin embargo, es curioso que antes, en el traje de las mujeres jóvenes, predominaba el rojo, amarillo y verde. Por ejemplo, encontramos un huipil de tela blanca, de San Mateo Ixtatán, de la década de 1930 o 1940, pero la figura del cuello estaba bordada con rojo, verde y amarillo, colores que simbolizan la fertilidad y la abundancia de maíz. Las mujeres de mayor edad, sobre todo las que han enviudado, no usan rojo, sino una combinación de negro, blanco, lila, verde y azul (colores que suele simbolizar el luto).

¿Cómo se interpreta que el cuello en forma de estrella de algunos huipiles parezca situar a la mujer que lo lleva como centro del sol?

El estudio de Walter Morris con las tejedoras en Chiapas llegó a la conclusión que, para ellas, ponerse un huipil significa ubicarse en el centro, como un eje que comunica el cielo, la tierra y el inframundo.

¿Es cierto que el traje fue una imposición de los españoles?

Es una fábula que tuvo su origen en la década de 1970. Se ha buscado en los documentos coloniales la existencia de una orden de España que impusiera el uso del traje para identificar a los indígenas que estaban en las reducciones, pero no se ha encontrado nada semejante. No parece probable que los soldados españoles, en un siglo tan traumático como el XIV, cuando todavía estaban en guerra, se tomaran la molestia de determinar que los de un pueblo tenían que usar un chompipe azul y, los de otro, blanco. Lo que sí es cierto es que los españoles obligaron a las mujeres a usar un velo blanco para entrar en las iglesias y a cubrirse el torso con el huipil, que era la prenda que usaban las indígenas de la elite.
Además, la diversidad de los trajes evolucionó paulatinamente. A principios del siglo XX aún eran muy sencillos: básicamente un huipil blanco con el corte azul. Poco a poco se fue plasmando la identidad local hasta llegar a ser indumentarias muy ricas y complejas.

¿Hasta qué punto el traje es un símbolo de resistencia?

Durante la conquista fueron destruidos casi todos los documentos, así que la creatividad maya buscó otras formas de transmitir sus concepciones y se refugió en los textiles.

¿Se va a perder su uso?

No creo, ahora hay una recuperación de la identidad y se experimenta con nuevos motivos; por ejemplo, las chaquetas con los cuellos y los puños con trozos de tela típica. Ésa es una forma de decir “soy maya”. Claro que, en el futuro, todo dependerá del avance en la lucha por el respeto a los derechos humanos. Todavía no se han superado ciertas actitudes de discriminación. Esa es una cuestión de actitud, por parte del grupo no indígena, que tiene que ver con el desconocimiento de la otra cultura. Como dicen los belgas: Lo que no se conoce, no se ama.

   

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