Mortal Creatividad
Escritores, músicos, cantantes o actores tienen personalidades más proclives a cometer suicidio
Por: Gemma Gil
Cada año el número de muertes por suicidio supera las ocasionadas por las guerras, los actos terroristas y la violencia, al menos eso es lo que sostiene la Asociación internacional para la prevención del suicidio.

Morir por decisión propia es un problema de salud pública en el que influyen factores sociales, culturales y ambientales.
Así, al revisar las cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS), se advierte que las tasas de suicidios son notablemente más elevadas en los países nórdicos: 40 por ciento de los hombres letones le ponen fin a su vida, una cifra que se eleva 70 por ciento en el caso de sus vecinos lituanos, mientras que en países como Guatemala el porcentaje no llega al cuatro por ciento.
Si nos referimos a grupos de población más sensibles, los hombres se convierten en auténticos protagonistas. Las mujeres lo intentan el doble que los varones, pero a la hora de la verdad la tasa de suicidios masculinos cuadruplica la tasa femenina.
La predisposición genética, la depresión, la esquizofrenia o el trastorno bipolar suponen factores de riesgo, aunque no son los únicos.
El pasado mes de agosto, el actor Owen Wilson, popularmente conocido por películas como Starsky & Hutch o Wedding Crashers, fue encontrado en su apartamento de Los Ángeles con las muñecas cortadas. Si un familiar no se hubiera dado cuenta a tiempo habría estado a punto de sumarse a las celebridades del mundo de la cultura y la farándula que acabaron con sus vidas.
El peso de la sensibilidad artística
De acuerdo con la Fundación americana para la prevención del suicidio, en los últimos 25 años se ha demostrado que existe una relación entre las personalidades creativas y la tendencia a cometer suicidio, una relación que en último término se debe a que, a lo largo de la historia, muchos artistas han padecido un desorden maniaco-depresivo, lo que combinado con la búsqueda de paraísos artificiales no les ayudó a encontrar la paz emocional.

Los ejemplos abundan en todas las artes. En el campo de la actuación, grandes divas decidieron terminar su existencia en brazos de Morfeo —deidad onírica que, por cierto, era hermanastro de Tanatos, la muerte—, no sin antes vaciar un tubo de barbitúricos. Fue el final oficial de Marilyn Monroe (1926-1962) o de Judy Garland (1922-1969), quien tras protagonizar El Mago de Oz no solo se convirtió en una estrella juvenil sino en irremediable adicta a fármacos que le permitieran controlar su peso y aguantar el acelerado ritmo de los rodajes.

Mucho más reciente es el caso de River Phoenix, cuya muerte, en 1993, responde al patrón de suicidio accidental, pues el joven actor falleció como consecuencia de una sobredosis.
Un año más tarde, la opinión pública se conmovía por otro deceso, esta vez premeditado y consciente, el del vocalista de Nirvana, Kurt Cobain (1967-1994). La figura más emblemática del movimiento grunge, que era adicto a la heroína, decidió despedirse de este mundo disparándose un tiro en la cabeza.
En el campo musical menudean las situaciones de muerte por sobredosis (Jimmy Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison). Sin embargo, la autodestrucción por medio del consumo de drogas no es la única vía por la que algunos de los grandes declararon al mundo que no querían seguir viviendo.
Robert Schumann (1810-1856), uno de los máximos exponentes del romanticismo musical alemán, trató de acabar con su vida arrojándose al Rin en 1854. No lo consiguió, pero su estado mental obligó a su reclusión en una clínica para enfermos mentales hasta su muerte dos años más tarde.

Según algunas hipótesis quien sí tuvo éxito en su ánimo de despedirse de este mundo fue Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893), autor de piezas tan conocidas como El cascanueces o El lago de los cisnes. Aunque según el certificado de defunción murió de cólera, un año después de su fallecimiento, una periodista publicó que el compositor había sido acusado por un aristócrata ruso de tener relaciones sentimentales con su sobrino. Según esta versión, el músico se suicidó bebiendo arsénico presionado por la amenaza de hacer pública su relación homosexual.
Menos controvertidas son las muertes de pintores como Vincent Van Gogh (1853-1890), de quien no cabe ninguna duda que se disparó en el pecho, o de escritores como el premio Nobel Ernest Heminway (1899-1961), que también se disparó con una escopeta, y la británica Virginia Woolf (1882-1941), quien al igual que Schumann se lanzó a un río, esta vez el Ouse, pero para evitar intentos fallidos lo hizo con los bolsillos llenos de piedras.
Fuentes consultadas: Organización Panamericana de la Salud (www.paho.org), Asociación internacional para la prevención del suicidio (www.med.uio.no),Organización mundial de la salud/www.who.int/mental_health/prevention
/suicide/country_reports), Fundación americana para la prevención del suicidio (www.afsp.org), www.artehistoria.jcyl.es, www.epdlp.com/compclasico, www.biografiasyvidas.com y www.psiquiatria.com |