Algo se mueve en el lago
Atitlán se reinventa bajo el auspicio de nuevos movimientos culturales

Por: Gemma Gil
Fotos: Kattia Vargas
No son artesanos, ni pintores naïf, ni turistas con la mochila al hombro. Son artistas y comunicadores que trabajan en el lago y para el lago. Los proyectos culturales afloran en la cuenca de Atitlán, acuoso corazón del altiplano y los esfuerzos de grupos separados confluyen en la misma meta: construir una sociedad más participativa, consciente, orgullosa de su identidad y menos temerosa a la hora de indagar nuevas formas de expresión.
“Si tuviéramos conciencia del impacto que estamos provocando, nos asustaríamos. Los resultados se palpan en el grado de confianza, en la conciencia medioambiental y en la autoestima”, dice Lorena Roffé. La relación de esta actriz argentina con San Marcos La Laguna comenzó cuando el destino echó los dados del azar y vio un pequeño cartel del grupo artístico La Cambalacha en un supermercado de Chiapas. Intuyó que ese pedazo de papel hablaba para ella y decidió venir a este rincón del lago para involucrarse en un proyecto del que desde hace nueve meses es coordinadora.
Teatro, danza, música o pintura, el lema de La Cambalacha es “arte para tod@s” y su objetivo es lograr la integración social por medio de la expresión creativa, o lo que es lo mismo, perder el miedo a hablar y asumir el reto de desarrollarse individual y colectivamente. Como afirma Lorena, “el objetivo no es tanto formar artistas, como formar personas con un compromiso hacia lo que les rodea”.
En esta, como en otras iniciativas, el arte no es sólo un fin, sino un medio y eso bien lo sabe Gabriela Cordón, la creadora de La Cambalacha. Hace cinco años decidió cerrar su academia de danza en la ciudad de Guatemala y marcharse a San Marcos La Laguna para trabajar por la descentralización artística.
Gabriela empezó en el 2003 con 120 niños y jóvenes que llegaban por las tardes a recibir talleres y el asunto fue mucho más difícil de lo que esperaba: “En San Marcos nunca había pasado un circo ni un teatro, y decir a un niño y una niña que se tomaran de la mano y hablaran en voz alta era un problema”; sin embargo, un lustro más tarde, el proyecto atiende a tres mil niños y jóvenes, fundamentalmente de San Pablo, Tzununá, San Juan, Santa Clara y San Marcos La Laguna.

El trabajo se organiza por medio de talleres en espacios públicos (Cambalacha en tu barrio) u otros programas como Tardes de Creatividad y Amistad, en el que se imparten cursos de diversas disciplinas o Katok Pa’ (paso adelante), en el que cualquier persona puede solicitar apoyo técnico para organizar un montaje o una actividad cultural.
“Además, una de nuestras prioridades es formar talleristas que puedan dedicarse a trabajar en la zona”, explica Gabriela, por eso, desde el año pasado se otorgan 26 becas a niños y jóvenes que se preparan para convertirse en futuros educadores, gestores y promotores culturales. Es el caso de Juana Puzul, de 19 años, quien cada mañana llega hasta la sede de la organización para recibir formación o desplazarse a escuelas y barrios vecinos para poner en práctica lo aprendido.
“En pueblos como éste no se tiene la posibilidad de estudiar arte, pero todos tenemos derecho a experimentar y conocer”, dice Juana con la respiración entrecortada, porque acaba de terminar un ensayo de danza.

Disfruta con lo que hace, pero tampoco para ella el esfuerzo ha sido un camino de rosas: “Cuando empecé a tomar clases de yoga, unas amigas me dijeron que estaba adorando a Satanás y que al abrir las piernas iba a perder la virginidad”, relata. Después de todo, San Marcos aún no escapa totalmente de los estereotipos vinculados con el arte y la buena moral.
Al margen de las filias y las fobias, La Cambalacha ha logrado abrir un espacio de referencia para los pueblos vecinos y próximamente inaugurará una subsede en el cercano San Pablo. El grupo es una de las muchas corrientes que fluyen bajo el aparente estatismo de la superficie del lago. Son una simiente para la formación de ciudadanos sin miedo a expresarse desde su contexto cultural, algo en lo que el grupo Sotz’il de Sololá les ha resultado fuente de inspiración.
En la morada
del murciélago
En el patio de la casa de adobe, el gavilán, el murciélago y el venado se mueven al son de los tambores. La sede de Sotz’il, un grupo con una trayectoria consolidada, parece una isla rodeada de un mar de maizales. Durante el ensayo, la intensidad de los rostros y los dinámicos giros de los danzantes resultan hipnóticos. “Tratamos de alejarnos del folclorismo y de ideas preconcebidas, como que nuestra música es triste o que las danzas kaqchikeles son muy largas”, afirma Lisandro Guarcax, coordinador de Sotz’il (cuya traducción al castellano sería: la casa del murciélago).

En la elección del nombre del grupo tampoco falta cierta declaración de principios: cuando comenzaron su andadura, en el 2000, eligieron hacer honor a Kaji’ Imox, señor de Iximché perteneciente a la casa del murciélago, a quien la historia le deparaba la complicada tarea de hacer frente a la invasión encabezada por los hermanos Alvarado. El personaje fue protagonista de la anterior pieza escénica del grupo.
“La cosmovisión maya es holística. Todo está integrado: la astronomía, la medicina, la música, la espiritualidad… nuestro trabajo también combina diversas formas de expresión desde la recitación hasta la pintura”, continúa Guarcax.
Los siete integrantes ensayan a diario, elaboran sus instrumentos y sus ricas vestimentas y ahondan en el pasado, sin renunciar al presente, porque su objetivo no es decir a la sociedad que no consuma productos culturales ajenos, “sino que los consuma partiendo del conocimiento de la cultura propia”. Por eso, a la hora de preparar sus montajes, el método de trabajo incluye la investigación en fuentes bibliográficas y la recuperación de la tradición oral con los abuelos de las comunidades. Todo es válido para alcanzar lo que Gilberto Guarcax, enfundado en su atuendo de venado, define como “la esencia de la cultura”, una esencia que encandila y huele a poesía, porque ¿quién dijo que la tradición era aburrida?
“Música en kaqchikel es q’ojom que significa la palabra de todo lo existente en el universo”, dice Lisandro con ademanes cautivadores de prestidigitador. Es un placer dejarse llevar por sus palabras para conocer el significado que encierran los detalles, como por ejemplo descubrir la razón por la cual los peluqueros de Sololá no hacen negocio con ellos: la costumbre de llevar el pelo largo parte de la creencia de que “las generaciones anteriores se enredan en el cabello para guiarte en el camino de la vida”.
El vuelo del colibrí
Para los tzutujiles de San Pedro La Laguna, el animal de mayor valor simbólico no es el murciélago, sino un ave diurna, pequeña, ágil y colorida: el colibrí. Así que, cuando se tuvo que bautizar el museo que la organización Vivamos Mejor inauguró hace un año en el pueblo, se optó por Tz’unum Ya’ (colibrí del lago).

En este museo, centrado en la vulcanología y geología de la cuenca de Atitlán, los visitantes pueden aprender sobre placas tectónicas o sobre la edad del volcán San Pedro —que lleva 20 mil primaveras custodiando la zona—, pero también pueden instruirse sobre la cultura tzutujil y sus antiguas tradiciones, como la de lavar la ropa con el jugo de naranjas agrias. “Además, en otro tiempo, para no contaminar el agua se blanqueaba la ropa con orquídeas”, explica la directora Juana Chavajay a un grupo de niños.
Con una muestra interactiva y atractiva, Tz’unum Ya’ —que el año próximo será la oficina coordinadora de un programa de recolección de basura, porque la promoción cultural también es sinónimo de bienestar social— es sólo la última propuesta para que prenda mecha en un pueblo con una sólida tradición tanto artesanal como artística. Uno de los más conocidos referentes de esta última es el artista conceptual Benvenuto Chavajay, quien hace cuatro años puso en marcha en San Pedro el festival bianual para las artes Chi ya’ (a la orilla del lago). La iniciativa partió como respuesta a “la necesidad de que la gente de acá (la capital) sepa lo que se hace allá y viceversa. Con esto estoy tirando una piedra en el centro del lago y espero que las ondas lleguen a la orilla de todos los pueblos”.
Las propuestas estéticas de Chavajay no sólo han sido expuestas en la ciudad de Guatemala, sino que le han llevado a ser profesor de la Escuela Nacional de Artes Plásticas (ENAP), no obstante para él no era suficiente: necesitaba compartir lo que sabía. Así, empezó a impulsar cursos de creatividad e información cultural en su pueblo. El resultado no es ajeno a la graduación, el año pasado, de 10 jóvenes sampedranos de la ENAP.
Benvenuto salió de su pueblo con la intención de regresar para contribuir a su superación; un esfuerzo que tiene su contraparte entre quienes, no habiendo nacido a orillas del lago, han llegado para convertirlo en polo cultural. Es el caso de Juan Miguel Arrivillaga y Lucía Escobar.
Una voz, mucha cultura
Cuando en el 2006, la pareja se lanzó a la aventura de organizar en meses alternos el Festivalito —un espacio de encuentro en el que tienen cabida música, teatro, conferencias, cine o presentaciones de libros— y la publicación bimensual Ati no contaban con más recurso que su entusiasmo. El primer número de la revista nació en un cibercafé de Panajachel, después del paso de la tormenta tropical Stan. “La emergencia me tocó la conciencia. Evidenció los problemas de comunicación. Se generaba mucha información, pero no había por dónde canalizarla”, explica Juan Miguel.
Desde entonces, la publicación se ha mantenido fiel a sus cuatro ejes temáticos (ecología, cultura indígena, arte y libertad de expresión) y ha crecido de 300 a tres mil ejemplares, que se reparten de forma gratuita en Antigua, Quetzaltenango, ciudad de Guatemala, Sololá, Panajachel, Santiago Atitlán, San Marcos, San Pedro y San Juan La Laguna. “Se agotan en un par de días, porque la gente tiene mucha necesidad de contar y de hacer campañas informativas”, explica Lucía. El próximo febrero, cuando Ati cumpla dos años, aumentará de formato y pasará a tirar 10 mil ejemplares, porque temas y colaboraciones no faltan: algo se está moviendo en el lago y no es solo el agua. Aviso para navegantes: el xocomil creativo sopla fuerte.
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