Odisea en tierra maya.
En 1525, Hernán Cortés, vencedor del imperio azteca, atravesó el territorio guatemalteco
Por: Sébastien Perrot-Minnotl
Fotos: Carlos Sebastián
Como lo escribió Julio Verne en Los amotinados de la Bounty (1879): “La realidad provee ciertas veces hechos tan novelescos que la misma imaginación no le podría agregar nada”.

Un importante episodio de la vida de Hernán Cortés lo llevó a atravesar el actual territorio guatemalteco. El conquistador relata su periplo en su Quinta Carta dirigida al emperador Carlos V de España. Por supuesto, cualquier texto histórico se debe apreciar con ojo crítico, teniendo en cuenta el entorno cultural y punto de vista del autor. Sin embargo, Cortés fue un observador curioso cuyo testimonio resulta de gran valor para entender la vida de las sociedades indígenas y su contacto con los europeos. En la Carta afirma que su estilo es relatar las cosas “en suma lo mejor que pudiere”.
En el 1524 y 1526, Cortés recorrió, en gran parte por tierra, cientos de kilómetros, entre Veracruz y Honduras. Pasó por los actuales departamentos de Petén, Izabal y Alta Verapaz (valle del Polochic). En estas comarcas, los nombres de las provincias laboriosamente atravesadas —Acalan, Mazatlán, Taica, Tahuytal, Acuculin…— casi cayeron en el olvido, con el paso de los siglos.
El novelesco servidor del emperador Carlos V partió de México con soldados ibéricos y más de tres mil indígenas. ¿Cuál fue la razón de esta verdadera cruzada tropical? Cortés no quería dejar impune la traición del capitán Cristóbal de Olid, quien estableció su poder en Honduras. Una previa expedición punitiva, al mando de Francisco de Las Casas, había concluido por un humillante fracaso, tras el cual este primo de Cortés fue encarcelado por Olid.

Así que decidió encargarse personalmente del asunto. Pero ¿sería ésta la única explicación? ¿Por qué no decidió efectuar el viaje por mar? Habría sido más fácil y rápido, a pesar de las opiniones expresadas en la Carta y las incertidumbres geográficas de la época. En realidad, podrían existir otras justificaciones para este épico viaje.
Hernán Cortés argumentaba que “se habían de ver y descubrir muchas tierras y provincias no sabidas”, y aseguraba que quería también convencer a los nativos de “adorar y creer en un solo Dios, criador y hacedor de todas las cosas”, y convertir a los caciques en súbditos del emperador. Pero Cortés miraba más allá. Acerca de un pueblo de Acalan nota, por ejemplo, que “tiene muy buen asiento para poblar en él españoles”.
Encontrar el buen camino hacia Honduras constituyó un constante desafío. Por lo general, los españoles, con la ayuda de intérpretes indígenas (en particular de Marina, o la Malinche, amante de Cortés), pedían a los pobladores que les mostraran el camino. Pero otras veces, tenían que avanzar casi a ciegas a través de un entorno hostil y oscuro, de selva y sierras.

Los ríos representaban poderosas barreras, que se pasaban en canoa, a nado o incluso, construyendo un puente (como en el caso del Usumacinta). A pesar de las dificultades, el rudo español no era indiferente a la belleza de la naturaleza, que expresa a veces en términos enfáticos.
A menudo, el hallazgo de un pueblo llenaba los corazones de alegría y esperanza, ya que en ciertas oportunidades, pasaron días de difícil recorrido a través de zonas despobladas. Sin embargo, casi siempre, los pueblos habían sido desertados antes de la llegada de la expedición; gracias a un asombroso sistema de mensajeros y las noticias de los mercaderes, los habitantes estaban enterados del arribo de los extraños días antes. Cortés describe casas de paja y madera, pero menciona igualmente las “mezquitas”, es decir, los templos de piedra.
Varios sitios tenían un carácter defensivo, por su situación en medio de laguna o encima de peñones, o por la existencia de fortificaciones. Cortés revela, además, varios aspectos de la vida de los indígenas: el comercio, la caza, la pesca, la agricultura, la organización política, la religión, la guerra y la esclavitud.
El contexto de la época, marcado por numerosos conflictos, no facilitaba la tarea de Cortés, y la venida de éste solía inspirar temor. Con una sorprendente velocidad habían corrido las noticias de las victorias militares de los españoles en México. No obstante, a pesar de algunos incidentes, Cortés se esforzaría por tener buenas relaciones con los indígenas, al demostrar cualidades de diplomático.
Hubo intercambios de presentes: los españoles obsequiaron “cosillas” o hasta un caballo, mientras que los pobladores ofrecían, casi siempre, víveres y “un poco de oro”. Ya es notoria la historia del caballo herido dejado al soberano itzá Canek, en la isla de Flores; el cuadrúpedo fue divinizado y luego de fallecer, su réplica se idolatró, lo que escandalizaría a los futuros misioneros.
Durante su viaje, Cortés destruyó “ídolos”, pero en general, según la Quinta Carta, los nativos “no mostraron mucha pena”. En los pueblos que visitaba, los ibéricos acostumbraban dejar una cruz.
En el trayecto, supuestamente para evitar un complot, Cortés decidió ahorcar a Guatemucin (Cuauhtémoc), último emperador azteca, lo que levantó las críticas de varios españoles. Las condiciones del viaje empeoraron con la pérdida de numerosos caballos, ahogados en los ríos, enfermos o muertos de hambre.
Después de tantos esfuerzos y dolores, al llegar a su destino en Honduras, Cortés se encontró con que Olid ya había sido ajusticiado por Las Casas, que se había evadido, y Gil González Dávila, que había sido nombrado anteriormente “gobernador del Río Dulce”. El ex gobernador de la Nueva España regresó a México por mar, no sin antes explorar zonas del Río Dulce y del Polochic. El relato de la Quinta Carta revela interesantes aspectos de la compleja personalidad de Hernán Cortés, hecha de violencia y ambición, pero también, de curiosidad, sensibilidad e inteligencia.
Hasta un firme opositor de Cortés, Bartolomé de Las Casas, reconoce que el primer gobernador de la Nueva España dominaba perfectamente el idioma latín.
Al cabo de su odisea en tierra maya, se hubiera podido aplicar a Cortés la divisa latina de la ciudad de París: “Fluctuat nec mergitur”, flota y no se hunde.
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