La princesa Basilea
Entronizada en el encuentro de Suiza con Francia y Alemania, ha soñado por mil 700 años a la orilla del Rin
Texto: Gustavo Adolfo Montenegro
La princesa Basilea tiene los ojos claros de tanto ver el cielo reflejado en las aguas que no cesan de pasar y que, si uno se acerca lo suficiente, en silencio y con paciencia, puede escucharlas cantar. Ella tiene su corona en la Catedral del 1300, que debajo de sus cimientos guarda secretas sepulturas que datan del 900 y antes.
El Justo Juez se sienta en un juicio final de vidrio cuyo veredicto es dejar pasar la luz al interior del templo, que ahora ya no tiene uso religioso, pues fue convertido en museo, al igual que otras antiguas iglesias de esta ciudad, enclavada al norte de Suiza, muy cerca de las fronteras francesa y alemana, lo cual la convirtió en lugar de intenso comercio, pero también en refugio para quienes huían, en otra época, de oleadas de represión inquisitiva.

Precisión suiza
Son lugares comunes cualidades como democracia suiza, precisión suiza o neutralidad suiza; sin embargo, lo de la puntualidad tiene una prueba irrefutable todos los días en muchas partes: los tranvías que atraviesan la urbe pasan exactamente a la hora que indican los cronómetros electrónicos instalados en todas las paradas. Faltan 10 minutos, faltan cinco, faltan dos, indican, según la ruta que el transeúnte desee abordar.
El viaje en estos trenes constituye otra forma de ver, escuchar e incluso oler la ciudad: se puede conocer desde los civilizados suburbios en donde usted no ve una sola cerca, valla, muro ni mucho menos alambre razor ribbon como en nuestras latitudes.
Si es domingo, lo más probable es que encuentre muchos, muchísimos aficionados al futbol, claramente identificados con la camisola, bufanda y gorra de su equipo favorito: el FC Basilea, que curiosamente tiene colores similares al Barcelona.
Tranquilidad suiza
Es extraño, pero aquí prácticamente no hay semáforos. Tan sólo cinco o seis en algunos cruces estratégicos, pero el resto de avenidas y calles se regulan mediante la prudencia y urbanidad de los pilotos, amén de que aquí el transporte predilecto es la bicicleta.

Desde gerentes hasta dependientes de tiendas de ropa o supermercados, muchos basilienses optan por las dos ruedas, que aquí sí reciben mucho respeto. Eso sí, necesita una licencia vigente, una revisión semestral del estado de frenos, luces, pedales y estructura.
Feas, bonitas, coquetas, extrañas, viejas, montañesas, gigantes, enanas, despintadas o acabadas de pintar, las bicicletas se amontonan en los parqueos instalados de forma estratégica en supermercados, almacenes, edificios y barrios residenciales.
Democracia suiza
Ni un solo bocinazo se deja escuchar, aunque haya fila, aunque alguien estorbe el paso, aunque el peatón se atraviese sin ver. Lo más parecido resulta ser la campana del tranvía, que sirve para avisar que detendrá su marcha cien metros adelante o que los autos deben despejar la vía, en caso de que ésta sea para uso doble.
La tasa de asaltos es prácticamente inexistente y aunque hay policías, éstos tienen más trabajo con regañar a quienes están mal parqueados o aquellos que no recogieron los excrementos de su perro o bien lo pasearon en un área donde no está permitido tal exceso.
El río Rin se mantiene vivo, contento y cantante gracias a que toda la gente está plenamente convencida no sólo de que es hermoso, sino de que más abajo quedan poblados y países que también disfrutan de sus aguas. ¡Respete!, refiere un rótulo que prohíbe tirar basura, orinar, hacer escándalo u oír música con altoparlantes. Eso sí, se puede tomar un baño (si no hay mucho frío), pero, sin jabón, por favor.
Comer, beber y ver
En Basilea hay numerosos restaurantes. Le preparan desde un plato a la parrilla hasta un filete de ternera. Si le ofrecen la carne tártara, piénselo dos veces, pues se trata de carne molida cruda a la que añaden un par de ingredientes, la revuelven y ya. Claro, de pronto y con una de esas cervezas oscuras caseras, con sabor a frutas y a flores, de pronto y hasta la carne cruda pase por boquitas. Máxime si está en el distinguido Trois Rois, desde cuyas ventanas sigue pasando eternamente el río que enamora, que hipnotiza y nos asegura que este sitio es mucho más que un estado de Derecho ejemplar; y que Basilea, de las cunas donde se meció hace siglos la bebé Europa, arrullada por Erasmo de Rotterdam y unos cuantos santos ya olvidados por todos, excepto por el agua que sigue pasando y pasando como una cinta sinfin.
|